Editorial: Alto

La obligación es crear los espacios, tender los puentes, entre actores y sectores,  abrir las puertas sin miedo y construir el tejido del futuro. Es un imperativo moral con los que vienen. Es el reto de todos sin excepción.

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La sociedad costarricense está atravesando un momento difícil, sin embargo no tanto como muchas otras, y un poco más que otras cuantas. Como en cualquier sitio del mundo, hay días oscuros y tristes y también los hay hermosos y despejados. Hay vidas de familias que fluyen en comodidad y otras que sobreviven en condiciones muy duras. Eso es tan cierto como el hecho de que vivimos en un país extraordinario.

Los habitantes del Valle Central pueden volver su mirada hacia las montañas, admirar los cerros  y contemplar la verde tonalidad que les circunda.  Los de las costas ver hacia el mar e inspirarse con pensamientos positivos,  al tiempo que reciben la brisa generosa, disfrutando las mágicas tonalidades del atardecer. Los del norte pueden recrear su mirada en la pampa infinita o en el cielo despejado hasta donde la vista ya no da y rehacer si lo desean, sus intenciones cotidianas. Ésta continúa siendo a fin de cuentas una tierra pintada color de esperanza y de amor. Lo es para muchos que han tenido que desarraigarse de su propio suelo, pero también para quienes  día a día trabajan con denuedo por su sustento.

Igualmente hay gente que inflige daño cada día a otras personas, con un tipo de odio y frialdad hasta hace poco impensables. El crimen organizado y la actividad maldita de las drogas, esa que produce dinero y placer temporal,  concluyendo casi siempre en un charco de sangre con secuelas de sufrimiento a inocentes, son también parte de nuestro escenario cotidiano. Hay otros que sufren la exclusión y la marginalidad de sus semejantes; son otro tipo de víctimas, las de un modelo injusto de una sociedad a la deriva.

La mayoría sin embargo continúa haciendo lo único cierto: luchar por salir adelante y vivir una vida decente aún bajo las acongojantes y a veces groseras condiciones económicas y sociales que les limitan. Además hay grupos que invierten mucha energía en los desacuerdos, en el resentimiento  y sobretodo en la protección única de sus intereses. No se ha podido acuñar una moneda espiritual, para comprar realidad y convertirla en algo prometedor a las jóvenes generaciones y a los que aún no llegan. Por ratos nos extraviamos y en esos instantes no se sabe a ciencia cierta en donde nos encontramos.

Quizás los tiempos  han pasado ya el punto de inflexión, y la civilidad y la tranquilidad van  quedando atrás. Bajo estas condiciones, la política se ha convertido curiosamente en la  herramienta fundamental, la cual obliga a la ciudadanía a tener que asumirla sin reparos. El conformismo y la indiferencia no tienen ya espacio. El ciudadano común debe hoy en día, asumir una posición, cumplir sus deberes y exigir los derechos necesarios, aportando lo mejor de sí en su propio entorno, a su familia, a su comunidad, o su espacio laboral o social. La participación es imperativa y la política como actividad por tanto,  lejos de ser satanizada debe ser adoptada para construir un futuro promisorio.

La cuestión a fin de cuentas, es que Costa Rica, a pesar de todo,  continúa por mucho, siendo un país maravilloso y lleno de oportunidades para quienes tienen anhelos. Existe la energía necesaria en el ambiente, como para transformar, edificar y alcanzar una sociedad mejor.  El propósito de constituir una sociedad democrática y civilizada no puede por tanto bajo estas circunstancias, ser abandonado. La exigencia es levantar la mirada, abandonar las críticas, los reproches y el llanto, para divisar la luz de la esperanza en el horizonte. No queda más.

Es momento de abandonar la turbiedad que generan las redes tecnológicas; esas que consumen el espíritu y masifican las emociones de forma negativa. Hay que inhalar aire puro, y tirar el ropaje de la apariencia, hacer a un lado la mentira y el  resentimiento como argumentos cotidianos.

La obligación es crear los espacios, tender los puentes, entre actores y sectores,  abrir las puertas sin miedo y construir el tejido del futuro. Es un imperativo moral con los que vienen. Es el reto de todos sin excepción. La nuestra es una sociedad de contrastes, pero la brillante luz del mañana promisorio debe ser la inspiración y la guía de cada quien esté donde esté y también de los actores sociales. Sólo tres ingredientes son necesarios para llegar: visión, conciencia y responsabilidad.

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