Editorial: Archipiélago político (incluye podcast)

El país debe confiar en que nuevos dirigentes tengan capacidad de articular esfuerzos y no en paladines de causas utópicas.  No se debe dejar espacio alguno a personalismos perniciosos. Demos un sí a la democracia, a esa en la cual creemos todavía para juntar islotes y convertirlos en Continente.

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La sociedad costarricense se evidencia desde el punto de vista político hoy, cual archipiélago, conformado por islotes; cada vez más aislados, en un momento histórico verdaderamente difícil para el país. No se vislumbran liderazgos con capacidad  de unirlos, o lo que es lo mismo, juntar a sus habitantes bajo una misma agenda o causa.  Cada quien en el suyo, se siente dueño de esa pequeña realidad. Lo cierto es que difícilmente la sociedad pueda, bajo estas condiciones, encauzar su rumbo  a buen puerto.

En la presente contienda electoral, los problemas inmediatos que el país viene sufriendo, nos fragmentan aún más:  el  déficit fiscal, la pandemia, la crisis educativa, el desempleo, el narcotráfico, y otros, a los que  ahora suma la  situación de emergencia, causada por las inundaciones recientes. Todo ello nos pone frente ante una crisis de carácter multidimensional, en donde la cuestión evidente es, que el país no pareciera contar con el liderazgo que posea la capacidad necesaria, para asumir tales desafíos, en su dimensión real. Es una coyuntura sin embargo, propensa a los populismos baratos, porque tampoco podemos ignorar, que el desencanto democrático está servido sobre la mesa.

Esta mega-crisis que nos afecta, incide en las prioridades país, sin duda alteradas por cada nuevo acontecimiento, el cual contribuya –dicho sea de paso-  a excitar el morbo colectivo en las redes y su insaciable deseo de sangre. El gobierno por su parte en este contexto, maneja una agenda propia, la cual no responde por supuesto al clamor ciudadano. La brecha entre las decisiones del Ejecutivo y las necesidades de las mayorías es cada vez más evidente.  Ante esta circunstancia, sólo se vislumbra un futuro político mucho más fragmentado.  Las fuerzas políticas  tienden a disgregarse, o bien, se atrincheran en sus islotes; mientras que sus cuadros se encuentran ahora, preocupados por su futuro político a partir del 2022.

El primer domingo de Febrero del 2022 se vislumbra bajo estas condiciones, como otro evento más en el calendario, un cambio de fecha intrascendente, sin que de ello pueda derivarse optimismo alguno. El término del período constitucional de la presente administración, capítulo que muchos costarricenses anhelan, no genera grandes expectativas en lo que respecta al porvenir. Lamentablemente entonces, ninguna fuerza político partidista; en el actual escenario, parece estar en capacidad de unificar, trazar una ruta, o siquiera de  visualizar una agenda país interesante.

Las nuevas condiciones por  lo tanto, otorgan una importante fuente de responsabilidad a la sociedad civil y a sus grupos organizados, para  presionar en las diferentes tiendas político-partidistas, con el afán de urgirles, a encauzar su visión en torno a las necesidades reales y tangibles que afectan al país. Esta presión es necesario mantenerla a nivel de todos los partidos políticos en contienda, así como sobre sus agendas y liderazgos, durante la presente campaña electoral.  Necesitamos armadores o articuladores, que dicho sea de paso, escasean en la compleja coyuntura en que se encuentra el país. Lo que finalmente debemos reconocer todos, es que existe una enorme fragmentación y además, las fuerzas políticas se encuentran todas neutralizadas entre sí. La pregunta pertinente es entonces: Cómo puede el país enfilarse hacia un futuro distinto, en el caso de no existir la voluntad en el archipiélago político para articular esfuerzos conjuntos y una agenda de convergencia. Las circunstancias demandan una importante resiliencia y una mentalidad absolutamente distinta para poder enfrentar la coyuntura. La capacidad de articular se convierte en un artículo de primera necesidad en las condiciones que determina el momento histórico que estamos viviendo.

El país necesita armadores, articuladores, y facilitadores, es decir liderazgos con capacidad de sumar los fragmentos políticos así como a los distintos sectores sociales. La capacidad de armar el rompecabezas de una agenda nacional,  para así trazar el rumbo que el país  demanda. Debemos sacar ventaja a la fragmentación actual y verla como una oportunidad, antes que desventaja.  Este individualismo está llamado a jugar un papel importante en la coyuntura. Es preferible unir islotes del archipiélago; para darles forma de continente, antes que aparezcan personajes populistas, quienes con cantos de sirena, puedan encantar a los incautos. Ante circunstancias extraordinarias, actitudes extraordinarias…tiempo de que cada quien manifieste su voluntad de unir esfuerzos junto a otras fuerzas distintas. Quizás entre todos podemos armar el rompecabezas que la coyuntura y la circunstancia demandan. De nuevo hay mucho que ganar y nada que perder.

El país debe confiar en que nuevos dirigentes tengan capacidad de articular esfuerzos y no en paladines de causas utópicas.  No se debe dejar espacio alguno a personalismos perniciosos. Demos un sí a la democracia, a esa en la cual creemos todavía para juntar islotes y convertirlos en Continente.

 

 

 

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