Editorial: ¿Arias?

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El morbo colectivo y también el afán protagónico de la Fiscalía General, por propia decisión, ha hecho que las baterías se concentren en una de las pocas figuras a los que la historia moderna de Costa Rica debe más, mucho, mucho más que aquello que se le procura indilgar. Es increíble toda la capacidad destructiva que se posee, cuando ese morbo lo alimentan los flashes y la presencia de cámaras fotográficas que transforman las noticias en linchamientos. Un afán dañino y poderoso que promueven todos aquellos que prefieren el no hacer, optan por el serrucho o esconden sus odios en dobles morales, disfrazadas de ideología.

Es indispensable poner sobre el balance de la historia, sí en una sociedad democrática donde priva la economía mixta, se tiene la verdadera posibilidad de optar entre la explotación inteligente de un recurso mineral en beneficio de la colectividad, o la explotación torpe e irracional del mismo, o bien valorar sí del todo no debía tocarse, sin abandonar tampoco el propósito de cómo coadyuvar al progreso de la comunidad y de sus habitantes, pensando también en los más jóvenes.

Corresponde en todo caso a los pobladores mismos de las comunidades, cuando hay abandono y olvido, participar y determinar con su propia decisión esa preferencia. En el conocido caso de la minería, de alguna forma lo hicieron los habitantes de Crucitas, al alcanzar un acuerdo promovido por la empresa, optando por lo primero a cambio de su propia superación socio económica y optando por un anhelado desarrollo. Hoy eso luce imposible, porque la segunda opción, vino a ocupar todos los espacios de la primera y la tercera quizás no se dio como debió darse, es decir como iniciativa de la propia comunidad.

Pero, por otra parte, jamás puede ser obviado ni olvidado que la positiva terquedad e inteligencia de Arias, en aquel preciso momento del Siglo XX, hizo que la historia moderna de Costa Rica tuviese otro curso. Un curso sin sangre ni tragedia para Costa Rica, un millón de veces superior, al destino que hubiese esperado a Centroamérica, promovido por los guerreristas de entonces. Nadie puede negar que el inteligente accionar de Arias impidió que nos viéramos involucrados en una guerra promovida desde el Norte y cuyas consecuencias hubiesen cambiado por completo el futuro de Costa Rica como nación. Nadie puede negar, ni sus peores detractores, que el mundo volvió sus ojos hacia esta región y particularmente hacia este país, y que el turismo cobró un auge inusitado, reforzándose además su vocación pacífica y civilista.

Lo que sí está claro hoy, es que hay un odio innegablemente visceral que llega hasta el Ex Presidente. Se manifiestan una cantidad de prejuicios y fanatismos, mientras que los tóxicos populismos se expanden como una peste y ofuscan la razón porque el enojo y el desencanto habitan de hace buen rato en el alma social. Hasta el sistema judicial forma parte de un prolongado show, que se alimenta del sensacionalismo mediático, para paliar y encubrir esa manifestación de la justicia criolla, que viene desdibujándose desde hace mucho.

Por eso es bueno preguntarse, ¿cómo se puede medir el daño causado por la irracionalidad y la destrucción más salvaje que estamos presenciando en Crucitas, en perjuicio del ambiente y la salud de miles? ¿Qué se han hecho los adalides de la justicia y de la protección ambiental?  ¿En medio de este teatro lleno de cinismo, quien castiga? Cabe cuestionarse igualmente cómo se puede medir y castigar el profundo daño causado, al suspender la educación a miles de estudiantes durante varios meses…o cómo se puede medir y castigar el daño causado en la Caja Costarricense del Seguro Social cuando se suspende abruptamente las citas y las intervenciones quirúrgicas o el tratamiento de prolongadas esperas a ciudadanos afligidos por alguna enfermedad.

Igualmente indagar dónde se ha encontrado la justicia, cuando con regularidad hay jueces que liberan a quienes destruyen la vida de tantos inocentes o bien son incapaces de prevenir la obvia agresión contra las mujeres cuando acuden por protección. Esto es a fin de cuentas la muestra del cinismo y la doble moral en que se vive.

Y es que el principal oficio es destruir, destruir a todo lo que parezca o se mantiene en alto. Destruir todo lo que parezca diferente, destruir todo lo que no envenene el espíritu, destruir, destruir, destruir.

Lo de Arias es simplemente un ejemplo de ese afán ya mórbido y cotidiano; pero que no puede ignorarse, porque ningún odio ni enseñamiento podría borrar como en este caso, lo que la Historia ya tiene impreso como su legado desde los finales de los ochenta. Para eso son las balanzas.

 

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