Editorial: Atisbos para lidiar con las dificultades de nuestro tiempo (Incluye podcast)

Lo primero y más importante es recordar que la desesperanza nunca será una opción, y por tanto muchos tenemos un enorme compromiso y responsabilidad con respecto a nosotros mismos, a nuestros seres amados, pero igualmente sobre las generaciones nuevas.

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Vivimos tiempos ciertamente convulsos para la humanidad y de rebote con suficientes problemas locales. Estos factores hacen que podamos fácilmente extraviarnos y decepcionarnos hasta acercarnos a una sensación de desilusión y desesperanza sobre cuanto ocurre a nuestro alrededor. Es claro que hay algunas importantes tendencias que inciden en nuestro ánimo y realidad las cuales afectan asimismo a nivel global.

Es el caso de la crisis climática, la pandemia, el proceso de pauperización de la sociedad que conocimos, la criminalidad y ante todo la pérdida de un sentido de la ética y los valores aquellos, los cuales nos fueron inculcados o aprendidos durante nuestra formación. Lo cierto es que no parecemos estar preparados para vivir en un mundo tan convulso y de cambios tan profundos como sucesivos. Por eso es hora de que admitamos en la conciencia, la necesidad inequívoca de lidiar con la frustración y el desencanto cotidiano, producto de estos y algunos otros factores.

Lo primero y más importante es recordar que la desesperanza nunca será una opción, y por tanto muchos tenemos un enorme compromiso y responsabilidad con respecto a nosotros mismos, a nuestros seres amados, pero igualmente sobre las generaciones nuevas. En este sentido, la buena información, la energía positiva, el afán de lucha y la convicción sobre el liderazgo que cada quien posee y el cual debe asumir sin reservas en su entorno inmediato, son aspectos indispensables.

Lo segundo, es tener claro que el trabajo en equipo; ahí dondequiera que estemos,  se convierte en estos tiempos en una de las principales opciones y herramientas, para contribuir entre todos a salir adelante en momentos difíciles. Cada persona y cada grupo por pequeño que sea, tiene en su liderazgo,  la responsabilidad de recomponer el tejido social que se daña.

Un tercer aspecto es ineludiblemente renunciar a maldecir, a contaminar, a insultar, o a “basurear” constantemente a los demás. Es imposible construir sólo destruyendo. Lamentablemente los niveles de contaminación interior a los que hemos llegado, hacen notar con mucha facilidad este comportamiento colectivo, el cual tiene por motor un propósito nocivo y  sostenido sobre cualquier opción o posibilidad de trascender.

El valor de un proyecto nacional entre personas y grupos, quienes poseen las mismas aspiraciones y deseos, requiere que esos islotes de energía y de buenas intenciones, vayan creando y generando puentes entre ellos. Ese archipiélago de deseos, debe convertirse en continente de realizaciones para lograr enrumbar el destino de la colectividad.

Es inevitable asumir en la búsqueda del mejor derrotero, una postura ideológica, el seguimiento a una doctrina o bien a un pensamiento social y político, que resuma mejor los postulados de aquellos con los cuales comulgamos. Tener eso sí presente, la importancia en la capacidad de transigir, de lograr acuerdos, de concertar con otros y sobre aquello posible para poder avanzar a pesar de las diferencias y la diversidad de intereses.  No es momento para la pusilanimidad, pero sí para resumir lo mejor de nosotros mismos y enfrentar el mundo que anhelamos transformar.

Debemos ser actores conscientes, líderes comprometidos, con una estrategia clara sobre el mapa de nuestros anhelos; atisbos quizás necesarios para aprender a lidiar con tanta adversidad.

 

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