Editorial: ¿Cuándo fenece una democracia?

Nuestra democracia en Costa Rica poco a poco fenece y sólo un milagro podría hacerla resucitar, como uno de esos que han ocurrido en el pasado.

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Es posible que una democracia comience a fenecer cuando los ciudadanos no sólo dejan de creer en ella, sino que se niegan a asumir el rol que les corresponde para mantenerla en pie y fortalecerla.  Quienes lo hacen con marcada indiferencia sobre el padecimiento de muchos, olvidan fácilmente que fue la educación pública la que nutrió sus conocimientos y abrió las anchas avenidas de sus oportunidades; a pesar de que hoy sólo vean al Estado como basurero o huaca para saquear. Hay quienes hasta “piratean” a funcionarios de la institucionalidad pública, para procurar en sus espacios privados mayores ganancias financieras.

Una democracia entre en coma, cuando los dirigentes de los partidos políticos; una vez en el gobierno, olvidan, ignoran y hasta desprecian la prometida misión ante quienes le permitieron llegar al poder. Con el tiempo van minando no sólo las instituciones sino también sus recursos: desperdician, despilfarran o bien de forma despreciable se ufanan de sangrar las finanzas públicas.  Se convierte a las democracias en cuerpos enfermos e inútiles cuando educadores y liderazgos, desdeñan la sagrada misión para con sus educandos, les dejan a merced del analfabetismo y les condenan a la pobreza…no sólo a una, sino a varias generaciones.

Las democracias también perecen cuando los burócratas y los funcionarios públicos en general trabajan sólo pensando en su salario, o en los beneficios inmediatos que ofrecen sus puestos, pero olvidando que prestan un servicio público y que es responsabilidad suya procurar desde su trabajo; cualquiera que esta sea, el bienestar general de la población. Y aunque hayan excepciones esto ciertamente ocurre. Igual fenecen las democracias, cuando grupos empresariales ven en el Estado tan sólo una herramienta operando en su estricto beneficio, o bien cuando claman por cercenar aquellos servicios públicos que no contribuyen a sus propios fines. Es la artera actitud de unos cuantos por mutilar el propósito social conque han sido concebidas las organizaciones estatales.

También perecen estos sistemas de democracia política, con el avance de fuerzas nefastas tales como el narcotráfico, el crimen organizado y la corrupción, y sobre todo mediante la desatención de la miseria que abriga a tantos. Sin embargo cuando realmente le damos un golpe letal a la democracia, es en el momento que los ciudadanos suponemos que confiriéndole el poder a alguien, con el fin que lo resuelva todo, a nuestro nombre, y comprándose la “bronca”, le delegamos el hacerse cargo de nuestras culpas e indiferencia. Es decir somos cómplices,  cuando se desdeña la participación propia, dejando en manos de un tercero; mediante el voto y la representatividad, la responsabilidad de realizar lo que sea a nuestro nombre. Se da además el “democraticidio”, cuando el ciudadano se nutre de los vicios y las deficiencias del propio sistema para usufructuar, violar la ley o ignorar la justicia, o cuando atropella los derechos humanos, mediante el matonismo, el racismo, el machismo, la pedantería, y otras manifestaciones de violencia en contra del prójimo y la colectividad.

Nuestra democracia en Costa Rica poco a poco fenece y sólo un milagro podría hacerla resucitar, como uno de esos que han ocurrido en el pasado. Sí tan sólo pudiéramos tener claridad sobre el extraordinario sitio donde hemos nacido y por un momento nos percatáramos de que no estamos atravesando la suerte de decenas de miles de desafortunados; como estos días en Turquía y Siria, o bien como está sucediendo en Ucrania, en Haití o en otras partes del mundo, sin negar por supuesto las desgracias que acontecen en nuestro suelo patrio…

Quizás sólo entonces, percatándonos del valor de este sitio; sagrada herencia de nuestros ancestros y teniendo conciencia de lo bendecidos que hemos sido, tal vez así podríamos despertar de nuestra propia pesadilla y haríamos ejercicio activo y responsable de nuestra ciudadanía. Y cuando ese inmenso milagro ocurra, respetaríamos y fortaleceríamos quizás una nueva forma de concebir la democracia sin dejarla nunca más a su suerte.

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