Yuval Noah Harari, una de las voces más calificadas de nuestro tiempo sobre lo que ocurre con la especie humana -su comportamiento, el desarrollo de la inteligencia artificial y el futuro que aguarda- hace un interesante análisis sobre la situación que experimenta su país Israel, hoy en guerra con Hamas. Lo hace en un artículo publicado en estos días en el Washington Post. Sus acotaciones son muy interesantes y tienen que ver con las características del liderazgo de Benjamín Netanyahu y más específicamente sobre su personalidad y gestión gubernamental. Le califica de soberbio y le señala atractivo como relacionista público; pero igualmente capaz de conducir a su nación al desastre, por estar anclado de la forma en que está a su ego.

Harari por supuesto condena la horripilante violencia terrorista de Hamás, cuyo objetivo principal es negar la existencia al pueblo israelita y procurar su destrucción, pero también indica sobre cómo; a través de sus actos y decisiones, Netanyahu procura satisfacer su ego y fortalecer a toda costa su propio poder. Anular al Poder Judicial y concentrar fuerza alrededor de su figura, con el apoyo de sus incondicionales, ha dividido prácticamente a la nación. Un sector significativo de la población le señala como corrupto y han habido marchas multitudinarias en contra de sus pretensiones. La cuestión es que el desgaste de la democracia en Israel, posibilita simultáneamente la desatención a las principales aflicciones de los israelitas.

Algo similar ha procurado hacer Netanyahu en la Knéset o parlamento judío, en donde sus alianzas con las fuerzas del conservadurismo extremo, han generado un mayor descontento con respecto a la política de coexistencia con la población palestina, a la cual se le ha negado la conformación de un Estado protector también de sus intereses y derechos. Claro está que ante este problema de orden estructural, lo que ha hecho “Bibi” y sus aliados, ha sido mirar por encima del hombro y con mucho desdén a los palestinos.

Estos, han sido arrinconados sin mayores oportunidades, en situación de marginalidad y exclusión social, como resultado de políticas erróneas de vieja data sobre las que hoy cabalga Netanyahu, y que retratan su liderazgo autoritario a un costo demasiado elevado. Por eso también le asiste la razón al Presidente Biden, al expresar durante su visita a Israel, que “ojalá la furia no les consuma” refiriéndose al Gobierno del Primer Ministro. Les invita a que mediten bien sus políticas, que podrían traer a la vuelta de la esquina más terrorismo y mayor intransigencia de los contrarios. “Hemos aprendido de nuestros propios errores” advirtió Biden y tienen un costo muy elevado, refiriéndose a los hechos que precedieron el doloroso 9/11.

Harari señala entonces, que se están cometiendo graves equivocaciones, y que la principal fuerza de la nación: su seguridad, ha sido seriamente vulnerada. La moraleja es por tanto, que los gobiernos populistas provocan la división del propio pueblo, polarizan las fuerzas, distraen a la gente de los problemas fundamentales, se ocupan de engordar neciamente el poder por el poder y por consecuencia distraen a sus pueblos de la atención a los temas estructurales que les afligen, como en este caso su propia seguridad. ¿Acaso suena conocido?

 

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