La ciudadanía debe incidir en lo que acontece. Son tiempos aciagos, hay demasiada agitación, el ambiente en general está muy revuelto. La gente desconfía y expresa su temor a que estemos perdiendo el país. Hay una especie de consigna invisible en el entorno que nos conduce hacia una creciente división entre los mismos ciudadanos. Algo grave está ocurriendo y no necesariamente estamos atinando en lo que pueda en realidad estar pasando. Lo intuimos pero no lo sabemos con certeza.

Lo cierto es que hoy día hay una general decepción por los resultados, que nos están alejando cada vez más de ser una sociedad progresista y ejemplar. Hemos abandonado esa vereda.  Nos están  enseñando además a sólo ver lo malo, los diablos y la perversión de individuos y grupos, pero no a rescatar lo extraordinario y maravilloso del legado que dejaron nuestros antepasados. Sin más ni más nos creemos una sociedad casi “satanizada” y ya ni siquiera somos conscientes de que nuestros logros y conquistas sociales nos honran y diferencian de otras sociedades.

Se desprecian herencias importantes del ayer y se mancilla constantemente el honor de todas las personas sin excepción. La basura ha llegado a nuestras pantallas…y la consumimos día a día, sin tener la capacidad, el juicio o la simple determinación para investigar los hechos. Ni siquiera estudiamos o leemos en serio para forjar criterio. Nos han metido en un ciclón de sensaciones en donde filosas puntas nos cercenan las ideas y la motivación, pero además nos separan a unos de los otros. Aprendimos a detestar a los demás por no pensar como nosotros.  Y es que eso es también provocado, porque nos han inducen a creer que no debemos confiar ni respaldar nuestra esperanza en nadie, sólo en un liderazgo estridente y personalista, cuyo ego político parece alimentarse de la división, del rencor, el escándalo nuevo y la venganza. El propósito es por lo general opaco.

Los anacrónicos partidos políticos son incapaces de renovar y remozar sus liderazgos y así entonces nos acercamos a un punto de no retorno; aunque algunos de ellos muestran estar reaccionando y aceptar que no todo es diabólico entre ellos, y que pueden cambiar su rumbo. Es precisamente en este punto, donde los ciudadanos conscientes deben hacer su propio alto en el camino, para no caer en el juego de la escisión profunda entre nosotros y estudiar la forma de reorganizar el poder. El ciudadano es la base, el ara de todo sistema político, máxime al no funcionar ya la representatividad, sobre la cual se fundamentó por tanto tiempo nuestro Estado Social de Derecho. Hoy la participación activa y plena juega un role determinante.

Cada ciudadano ha de estar plenamente consciente; abandonando el individualismo tantas veces insensato, para trabajar junto a otros: en su comunidad, en su trabajo, en su organización, y hasta en su propia familia, para así recuperar espacios perdidos de dignidad y decencia, que contribuyan a la vez a  mejorar y progresar.  El poder de cada quien, el poder de uno, puede ir gradualmente enderezando la nave social. Para ello se deben dejar a un lado los cantos de sirena, y mantenerse lejos de los altavoces del populismo mesiánico.

Es cierto que la tecnología, y particularmente desde nuestro celular y computadoras, se ha convertido en una peligrosa herramienta de enajenación. Entonces es tiempo de conversar más, de usar inteligentemente las pantallas y compartir entre nosotros ideas sobre el destino del país y por consecuencia de nuestros hijos. Nadie nos va a salvar sino nosotros mismos. Dialoguemos, discutamos respetuosamente,  abandonemos los resentimientos y usemos el razonamiento junto al respeto mutuo. Debemos despertar y reaccionar. Es claro que podemos lograrlo porque este país ya lo ha hecho otras veces en el pasado y esta no sería en todo caso la excepción.  Ejerzamos una ciudadanía, activa, beligerante, responsable y solidaria, porque no hay otra vía para salvar a Costa Rica.

 

 

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