Editorial: ¿Democracia en coma?

En todo caso a todo lo que se aspira,  es que el menos peor de los sistemas políticos, pueda ayudar a preservar lo mejor que aún poseemos como sociedad.  El futuro posible depende de ello y los retos como vemos, son enormes.

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Independiente de las preferencias ideológicas de cada quien, es notorio que la democracia como sistema político se encuentra en una situación realmente delicada; en coma, dirían algunos analistas. Los resultados relativamente recientes en diferentes partes del mundo muestran  su fragilidad, cuando han venido dando paso a regímenes dirigidos por algún liderazgo de corte autoritario, que por lo general emerge de la insatisfacción y el vacío que experimenta el sistema.

El Estado en la sociedad occidental se ha convertido, ya no en esa especie de árbitro sobre el equilibrio social, sino en un poderoso protector del status quo, cada vez más disfuncional en brindar resultados deseables a los sectores más vulnerables. El resquebrajamiento ideológico y el deterioro gradual de los partidos políticos como instrumental de cambio; deja además en evidencia, la presencia de liderazgos débiles, incoherentes por ratos, y sin la suficiente capacidad de asumir los retos necesarios que posibiliten ese necesario balance. Winston Churchill, Ex Primer Ministro Británico,  manifestó hace mucho tiempo, que la democracia es el menos malo de todos los sistemas políticos. Lo dijo así en la Cámara de los Comunes en el año de 1947: “De hecho se ha dicho que la democracia es la peor forma de gobierno, excepto por todas las otras formas que han sido probadas de vez en cuando”.

Claro está que la complejidad de este Siglo XXI, de transformaciones profundas y continuas,  donde la información y la comunicación son subordinadas a la tiranía de la falsedad; provocan un inmenso daño a la democracia política de hoy, al apelar al inmediatismo y a lo emocional sobre cualquier otra cosa. Hay muchos indicios que algo profundo y no tan positivo;  de la mano de la revolución tecnológica y científica, agrava paradójicamente los modelos mismos de educación y cultura conocidos. La desinformación y la ignorancia se propagan como epidemia, distorsionando los anhelos  de quienes esperaban un siglo más generoso con respecto a la compasión y al progreso humano.

Quizás el proceso mismo de globalización, creó el espejismo de cierta uniformidad de los procesos comerciales; que estarían concatenados por la urgencia de las grandes economías para dinamizar además de sus intereses, el progreso de la sociedad. Paradójicamente lo cierto es que hacia adentro lo que ha ocurrido, es que la colectividad se vea disgregada, fragmentada, huérfana, amorfa si se quiere y carente de identidad propia, como resultado de ese mismo proceso. De hecho, la cultura tal y como la conocíamos ha volado en pedazos. Por otra parte el cambio climático, el crimen organizado internacional ligado al narcotráfico, y los acelerados cambios etarios, así como la pobreza, son factores que se suman entre otros a  la problemática nacional  e inciden en la suerte de las nuevas generaciones. Son aspectos a los que por lo demás, deben hacer frente los sistemas políticos en la actualidad y por supuesto también las debilitadas democracias.

En nuestro caso los cimientos de una institucionalidad democrática, aunque maltrecha, hace frente todavía a las contingencias de la época. Este bastión no puede caer, porque ha sido capaz de soportar los vientos huracanados de las nuevas condiciones,  pero también  a esos liderazgos enclenques que se posesionan del poder formal, a la espera de mejores condiciones, como si fuese cuestión de escampar. Hay maltratadas democracias que como la nuestra, continúan aferradas a fórmulas pretéritas y prácticas obsoletas para los tiempos que vivimos.

La democracia representativa por ejemplo es ya un mito, que se desplaza muy lentamente hacia la nada, para ser sustituida con urgencia por la participación ciudadana directa; aunque las mayorías ilustradas de los más jóvenes, no hayan como desprenderse ni un segundo  de sus pantallas y artefactos electrónicos. Los libros y la lectura han sido condenados al destierro y eso hace aún más difícil recuperar la energía necesaria y tomar el camino correcto.

Cómo dar entonces un segundo aire a la democracia?

Un primer paso es que la gente más sensata, los dirigentes de los partidos políticos tradicionales y también los más progresistas, así como los líderes de las diferentes organizaciones de la sociedad civil, posean la conciencia necesaria, como para comprender no sólo el carácter crítico del momento, sino el papel trascendental que juegan los procesos electorales y las conquistas democráticas. El país debe continuar por la senda de los ajustes que se ha propuesto, alejándose del nefasto populismo, como también de los hombres de negro (FMI).  La cuestión es distanciarse de aquellas opciones que puedan acercar al país a ese punto de no retorno, a una situación no sólo indeseable sino irreversible. Las alianzas entre sectores diversos de gente con valor y responsabilidad suficiente, son por ello indispensables.

Un segundo paso es la convicción y acción política, que permita a la democracia; a través de la participación ciudadana, la posibilidad de discernir sobre las preferencias de forma responsable. Se debe aspirar entonces a un mayor involucramiento ciudadano, así como emprender mejores esfuerzos que conduzcan a la transparencia, la rendición de cuentas y hacia la educación política. La participación ciudadana es fundamental para sanar procesos democráticos. Más grupos de personas deben verse las caras, discutir, polemizar y construir, porque estar guindado de las redes sociales no es suficiente.

En tercer lugar se debe volver por los fueros de la formación política y la calidad de la educación, así como la búsqueda de la verdad en la información diversa; tareas indispensables a una nueva concepción de ciudadanía. Estas responsabilidades sin embargo son de todos y no sólo del Estado. En todo caso a todo lo que se aspira,  es que el menos peor de los sistemas políticos, pueda ayudar a preservar lo mejor que aún poseemos como sociedad.  El futuro posible depende de ello y los retos como vemos, son enormes.

Aprendamos del pasado para aferrarnos con pensamiento y obra a fortalecer esta invaluable democracia. Es hora.

 

 

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