Editorial: Democracia vs arrebatos populistas (Podcast)

La indiferencia ese mal que carcome a la ciudadanía, ahora cautivada por las pantallas y las redes sociales, debe ser traducida en acción con conocimiento por ella misma.

“Los pueblos que olvidan su historia están obligados a repetirla”

La embestida que sufre hoy en día la institucionalidad democrática en América Latina y Costa Rica no es la excepción, constituye un fenómeno de causas económicas y sociales profundas pero también políticas, que son fácilmente identificables. Lo cierto es que los sistemas políticos también se erosionan; se desgastan las organizaciones partidistas, partidos, las sociales, y el mismo Estado se ha vulnerado (la corrupción pública y privada también ha jugado un papel) para hacer frente a sus desafíos en aras del bienestar de la colectividad. Es el caso de la educación, la atención de la brecha social que ensancha la pobreza, la justicia, la salud, el ambiente, y el deterioro de la cultura que atenta contra la identidad de los pueblos. No obstante, cada sociedad posee sus propias características, y por tanto la forma en que se manifiestan las contradicciones son distintas en virtud de la identidad histórica de cada una de ellas.

En Costa Rica los cimientos de la institucionalidad, particularmente después de la segunda mitad del Siglo XX, fruto de la Guerra del 48, posibilita la abolición del ejército, la creación del código de trabajo, las garantías sociales; incluida la creación de la CCSS, pero además, el nacimiento del Tribunal Supremo de Elecciones, la Contraloría General de la República, entre otras instituciones fundamentales, y sobre las que se levanta esa democracia de la que los auténticos costarricenses nos sentimos orgullosos, porque nos hizo destacar con progreso y desarrollo en el concierto de las naciones.

Hoy las corrientes populistas en el continente y fuera de él, pretenden borrar la historia; que en nuestro caso como nación, nos vincula a esas invaluables conquistas históricas y sobre el valor que estas poseen para la colectividad. Se dedican a alimentar el odio y el resentimiento de los pueblos; no para mejorar sus condiciones de vida, porque no saben cómo; su gestión es torpe y mienten a diario, se ensañan contra el sistema político y la institucionalidad para destruirlos porque les estorba en su afán de nutrir entonces su ilimitado afán por el poder. Lo hacen de la mano de figuras que acuden a la estridencia y asocio con fuerzas económicas a las que igualmente conviene el negocio. Se nutren de sus propias mentiras, mientras provocan mayor desinformación y elaborando una narrativa para su propia audiencia.

Aquí es donde viene entonces el principal reto de la ciudadanía consciente y de los diferentes grupos de la sociedad civil, cual es ser más activos y vigilantes con respecto a los enemigos de la democracia, sea por acción o por omisión. La democracia nos posibilita a luchar por el mejoramiento de nuestra comunidad, en nuestro espacio laboral, en las instituciones públicas, en las organizaciones sociales, ya no con la tradicional indiferencia sino conociendo, estudiando y participando. El liderazgo responsable es un factor estratégico e indispensable para la defensa de la institucionalidad. La indiferencia ese mal que carcome a la ciudadanía, ahora cautivada por las pantallas y las redes sociales, debe ser traducida en acción con conocimiento por ella misma. La enajenación causada por la postverdad y la tecnología finamente manipulada también por troles, debe ser sustituida por la formación política generada por las organizaciones no formales, y liderazgos positivos de opinión, quienes pueden contribuir a ese noble propósito. Hay que asumir posición ante los acontecimientos generados por ese modelo político pernicioso, y es aquí en donde la formación cívica y la educación política, juegan un papel trascendental en la revitalización de la democracia.

 

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