El Día de la Tierra es siempre un acontecimiento internacional de mucha trascendencia, aunque la celebración no vaya necesariamente de la mano de acciones sustantivas que la Pacha Mama requiere para restablecer un delicado equilibrio.  La ciencia ha venido demostrando la certeza de hechos ligados al comportamiento humano por décadas y sin embargo la inacción es la evidencia.

Los síntomas del mal del planeta son muy diversos, así las noticias relacionadas con la crisis climática nos hacen saber de las fuertes temperaturas en algunas regiones de España durante su primavera, rompiendo datos históricos, por lo que es dable pensar lo que pueda acontecer en el verano.  La situación es tal que la sequía está obligando a dar usos diferentes al agua de las piscinas públicas y privadas;  incluyendo la atención de cultivos, dando prioridad a algunos y dejando a su suerte  otros.

La situación del deshielo gradual en ciertas regiones del Ártico obligan a tomar previsiones en algunas regiones del mundo sobre lo que podría significar que el mar eleve su nivel en unos cuantos milímetros, situación pronosticada igualmente con antelación. Hay islas en el Pacífico anticipando este fenómeno  al desaparecer la vegetación cuando la salinidad del mar alcanza las raíces de los árboles.  Ello anticipa un desastre para diversas aldeas cuya impotencia es mayúscula, por cuanto no está en sus manos detener el problema. Situación similar ocurre en algunas regiones andinas en donde los indígenas han dejado de acudir por hielo a las montañas y picos helados, y el agua que discurre desde las cumbres ha venido mermando.  Una “bocanada de aire fresco” lo ha producido el interés del nuevo gobierno brasileño de invertir recursos en el Amazonas que durante el Gobierno de Bolsonaro, produjera un incremento alarmante de la deforestación en este pulmón mundial. El Presidente Lula ha venido encontrado apoyo en organismos internacionales, para generar recursos suficientes que puedan poner un alto a la destrucción de los bosques y la protección de los ríos y afluentes del Amazonas.

Los países altamente industrializados, siendo los mayores contaminantes, han decidido no proponerse metas para tratar de asumir cada uno y por sí mismo la responsabilidad de controlar la emisión de gases que contribuyen al calentamiento global; tarea hasta ahora realmente incontrolable. Greta Thunberg y otros activistas ambientales en el mundo, continúan luchando día a día, pero las respuestas son  tibias e insuficientes. Degradamos el planeta a pasos agigantados, sin que sea posible detener la actividad depredadora que a fin de cuentas se convierte en “boomerang” para toda la humanidad.

Los mares, la promesa de vida de las futuras generaciones, se encuentran en condición de alerta debido a la cantidad de deshechos que llegan a ellos, afectando hoy en día a peces, arrecifes coralinas y muy diversas formas de vida.  Ni que decir sobre los combustibles fósiles, que todavía constituyen la forma de dotar de energía a las personas, siendo la sustitución de energía aún otra utopía.

El tiempo se agota y tal parece que a nuestra especie le cuesta comprender y cambiar.  A la ciudadanía y a las nuevas generaciones les corresponde una inmensa tarea de conciencia, pues pareciera que no existe premura real por parte de los gobiernos en darle vida al planeta que nos la da.   El tiempo al parecer se agotó, y ahora sólo resta mitigar los impactos de alguna forma. Lo cierto es que difícilmente podamos reducir las consecuencias de nuestra irracionalidad.  La educación, el conocimiento la experiencia y la tecnología constituyen la herramienta fundamental de nuestra especie para corregir el curso.

Podemos todos y cada uno actuar como no lo hemos hecho en el pasado, porque lo cierto es que no hay alternativa,  y sería además el efectivo tributo que valdría la pena un  Día de la Tierra.

 

 

 

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Por Redacción

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