Editorial: Divagaciones de laberinto

Salir todos del laberinto exige asimismo un estado mental reposado por parte de quienes nos dirigen, pero contando con el concurso inevitable de otros liderazgos, quienes son igualmente responsables del estado actual de cosas.

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“Vivimos en una época peligrosa. El hombre ha aprendido a dominar la naturaleza, mucho antes de dominarse asimismo” 
Albert Schweitzer

Es evidente que las personas  videntes no somos muy duchas en andar a tientas, y aun reconociendo que la oscuridad tiene su propia belleza, la verdad es que nunca imaginamos estar en una situación donde hay tanta ausencia de luz.  Quizás pretendemos ignorar  que hemos hecho todo lo necesario para estar donde estamos como especie y  en un plano más preciso, como nación. Como seres humanos nos hemos venido acostumbrando a dilapidar y despreciar con nuestro comportamiento, los recursos que anteriores generaciones y la Naturaleza misma generosamente nos ha otorgado.

Nuestro comportamiento al decir del desaparecido escritor portugués Saramago, es de absoluta indiferencia,  lo cual calificaba además como el mal de la época.  En esta nación, las generaciones más viejas nos hemos encargado de tirar a la basura las más preciadas conquistas sociales heredadas de nuestros padres y abuelos. Lo hemos hecho gradualmente, mientras que a las nuevas tampoco les hemos enseñado nada sobe aprecio o  apego al legado que reciben. A los más vulnerables tal parece que  les hemos abandonado  a su suerte. No es de extrañar entonces que no tengan estos jóvenes, registrada en su conciencia una  responsabilidad solidaria que no supimos o no quisimos transmitirles.

Lo más fácil por supuesto hoy en día  es tirar las culpas hacia lo demás y los demás, y por supuesto  a quien nos gobierna, a pesar de que como gobernados hemos optado también por partidos y gobiernos algunas veces  insulsos y  nocivos al interés nacional. Claro está que de por medio también hay un sistema económico despiadado, que tiene sus raíces en Occidente, y  que se ha extendido como una hiedra, atrapando la movilidad del espíritu e impidiendo la realización de muchas personas en el mundo. Lo ha venido haciendo gradualmente a través del consumismo exacerbado generado en el mercado donde absolutamente todo; sin excepción es mercancía, incluidos los valores. La globalización de este sistema multifacético, posee también tiene una dimensión económica que da a la vida y a todo lo demás,  un precio de mercado. Aunque se encuentra en crisis, continúa haciendo mucho daño en naciones completas.

Pero también y desde otra perspectiva, nos encontramos en la situación que conocemos aquí en Costa Rica, resultado de una cadena de torpezas y errores más que de aciertos, además de actitudes displicentes y negligentes, acumuladas a lo largo de varias décadas. En efecto nuestro ligero modo de vida, hizo que jugáramos en el bosque, invitando al lobo a que también lo hiciera. Perdimos de vista quizás que la individualidad también, usada sin mayor responsabilidad y freno;   desempeña un papel trascendente y  gradual en los resultados, siendo claro que al lote de los comunes sufrimientos también cada quien contribuye en alguna forma. Lo que nos enseñaron y más importante lo que nos legaron quienes nos precedieron en este mismo suelo, es decir sus anhelos, esfuerzos y su propia visión del mundo, decidimos dejarlos de lado y vivir más bien a la sombra del árbol de esos sueños, recostándonos a luchas pretéritas y a esfuerzos ajenos. Eso es sin duda alguna cómodo y no genera ningún compromiso.

Nuestra generación ya mayor, heredó un modo de vida, una forma de ver el mundo y un patrimonio significativo, el cual no hemos sabido aprovechar en forma sostenible, sino sólo en nuestro exclusivo beneficio. Cada generación tiene por supuesto sus defectos y aquellas también, pero debemos asumir que la nuestra y las más jóvenes son quizás sean peores en arrogancia y desinterés por aquello más valioso, heredado del pasado.

Se ha dicho hasta la saciedad, que las naciones ignorantes sobre su pasado, peligran con repetirlo. Sin embargo no es tan sencillo como parece, achacar a tal o cual Gobierno la culpabilidad de cuanto acontece, o bien endilgarlo a la sumatoria de varias administraciones. En el estado de cosas de hoy,  todos tenemos una importante responsabilidad en reparar, lo cual implica una tarea de participación consciente, tanto individual como colectiva. Particularmente nos obliga a quienes hemos disfrutado las bondades de las oportunidades que nuestros abuelos heredaron a nuestros padres y aquellos a nosotros.  Quizás sea mucho pedir, porque una vez ingresados a un estado de beneficios tangibles y de confort, es fácil trasladar a otros la lucha y el sacrificio que nos corresponden.

La bendita pandemia, lo que hizo fue abrirnos los ojos y desnudar nuestras profundas carencias, tanto las humanas como las ciudadanas. Vino a agudizar nuestras contradicciones de forma tal, que ahora nos sentimos absolutamente postrados ante algo que juzgamos es cuestión del destino y no de nuestras propias acciones. Que es la voluntad de Dios creen muchos y se apresuran a hacer su propia romería física o virtual, para expiar culpas, y asumiendo que de esta forma podemos resolver lo incomprensible.

Estamos sin lugar a dudas en un laberinto, y desplazándonos a tientas, confiando tan sólo en los instintos, esos mismos que siempre han conspirado contra la solidaridad y la voluntad para hacer las cosas como corresponde. No hay duda que salir adelante y sobrevivir en estas circunstancias, implica un cambio radical y profundo en el comportamiento, tanto individual como colectivo, donde el mejor medio para salir adelante, es la política misma que nos ha conducido hasta acá. Ahora debemos hacer uso del lado bueno de este instrumento social para cortar por lo sano y para avanzar gradualmente.

Albert Schweitzer también lo dijo alguna vez  “ Estamos todos muy juntos, pero todos estamos muriendo de soledad ”. Nunca es tarde para aprender a pensar, nunca lo es para cambiar de rumbo y nunca lo es para vislumbrar un futuro nuevo y distinto, una nueva tierra prometida, lejos de nuestros pensamientos y comportamientos, esos que nos han conducido hasta aquí.

Esta convulsión de hoy en día tendrá que ser superada, porque ya la especie humana ha enfrentado similares situaciones en el pasado. Quizás en esta oportunidad, la arrogancia del desarrollo material a los niveles alcanzados,  llevó a la humanidad suponer que sólo podrían ocurrir las guerras que se le antojara inventar y soslayó aquellas invisibles, como ésta, producto de la manipulación de animales vivos para alimento en diferentes mercado del mundo; particularmente los asiáticos.  Habiendo llamado la atención sobre ello, debemos sin embargo enfocarnos en el plano nacional para tratar de salir de nuestro propio laberinto, a sabiendas de que hay salida pues siempre la hay, sólo que implica costo y sacrificio de los diferentes actores políticos, económicos y sociales.

Lo primero es darnos cuenta que debemos encontrar  en la oscuridad, un claro propósito para unirnos y  encontrar la  salida. La realidad es que estamos aquí porque hasta acá han conducido nuestras propias decisiones.  Estamos eso sí convencidos,  que encontrarnos sin aparente salida no quiere decir  que no exista, y obviamente sí la hay.  Salir todos del laberinto exige asimismo un estado mental reposado por parte de quienes nos dirigen, pero contando con el concurso inevitable de otros liderazgos, quienes son igualmente responsables del estado actual de cosas. Conlleva además como hemos subrayado, en hacer las cosas de una manera diferente, es hablar con otras mentes preclaras;  porque la exigencia es pensar colectivamente antes que individualmente. Son necesarios además un par de ingredientes excepcionales: la solidaridad y  la compasión humanas.  Exige asimismo conciencia y conocimiento del entorno para tomar las decisiones más apropiadas, aún a sabiendas de que hay ausencia de certidumbre.

A diferencia de otros laberintos mágicos, este surrealista ha sido creado por nosotros mismos. Sí se tiene certeza de cómo fue construido, se podrá igualmente encontrar la forma de salir de él. Posiblemente habrá que tomar decisiones audaces, las cuales aumenten los riesgos y sin embargo son necesarios por cuanto se trata de desandar lo andado. Finalmente, habrá que tener presente en estas complejas circunstancias las palabras de la antropóloga Margaret Mead: “No hay mayor visión del futuro que reconocer que cuando salvamos a nuestros hijos, nos salvamos a nosotros mismos”. Esa es precisamente la tarea para encontrar la salida cuanto antes a nuestro propio laberinto.

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