En efecto, cuatro años no son suficientes para desandar lo andado y por tanto es difícil dar resultados concretos a problemas estructurales en el breve lapso de doce meses; ni siquiera en un cuatrienio, y posiblemente se dificulte más con un gobierno cuya visión de la política es radicalmente distinta. También es cierto que el país arrastra muchos males del pasado, con los cuales debe lidiar la actual Administración. Algunos de ellos en virtud de su complejidad, han venido deteriorando en forma alarmante el sistema democrático  en el que se fundamenta el Estado costarricense, lo cual  incide en la situación actual del país.

Todo ello le ha facilitado al actual gobierno, hacer de los males y las culpas una narrativa cotidiana. Lo hace sin mostrar un plan global, ni una ruta coherente para procurar enmendar el rumbo. Se va haciendo evidente la inexistencia de una visión país, o de algo más allá de las decisiones sobre temas puntuales, que sí atraen la atención de un sector bastante frustrado de la sociedad con el estado actual de las cosas. estridente, le hecha sal a las heridas, provoca más resentimientos y agudiza la contienda social en lo que luce  como inexplicable gestión premeditada. Ello posibilita la distracción, el desgaste de energía del poder, la cual debiera usarse para atender aquello que no funciona. Eso no significa – y es importante señalarlo- que el Presidente deba renunciar a mostrar su  mano firme para evitar, mediante los procedimientos e instrumentos legales a su alcance, la impunidad de quienes hayan cometido dolo en la gestión institucional, o bien para exigir rendición de cuentas a funcionarios públicos. Lo evidente es, que al agudizar la confrontación y estimular el resentimiento, y  de paso debilitar la institucionalidad; cargando contra los otros poderes, obedece a un comportamiento y una ruta de elevado riesgo. Todo ello acompañado de una eficiente campaña tecnológica en materia de comunicación, pero dudosa en lo que a su propósito ulterior respecta.

Es innegable que hay un reacomodo o ajuste significativo en torno a los intereses económicos y grupos de interés que gradualmente desplazan a otros, que han venido permeando y usufructuando de la institucionalidad. Lamentablemente el bienestar de la población no es el factor prioritario a ser considerado.  Cuesta aún así, valorar y visualizar los logros, que en los distintos campos señala el Presidente durante su primer año de gobierno. Su consigna apela a una concepción maniqueísta de la realidad; al pretender ser el adalid de los buenos, en lucha constante contra  quienes juzga como contrarios a sus posiciones.

Don Fernando Cruz Castro Expresidente del Poder Judicial publicó en días pasados, una excelente exposición sobre la presente coyuntura y el papel de su autonomía frente al desequilibrio riesgoso por el que transita Costa Rica. Don Rodrigo Arias Presidente del Congreso, igualmente señaló de forma diáfana, que no se puede andar improvisando, o con manifestaciones de odio hacia todo lo que luzca contrario a los intereses del Poder Ejecutivo.

Un año sí es suficiente sin embargo, para abandonar la retórica de confrontación, y asumir de forma responsable lo que se está haciendo y manifestar por qué se hace. Es tiempo para levantar nuevos puentes en vez de dinamitarlos; aunque torpedear es una herramienta usada por el Presidente con cierto deleite y frecuencia.  Cada ciudadano tiene asimismo en la dinámica de la sociedad civil, la gran responsabilidad de ser vigilantes activos de cuanto acontece, pues es algo que a todos nos concierne.

 

 

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Por Redacción

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