Editorial: El grito de la Amazonia

Los Trump, los Bolsonaro, deben tarde o temprano, ojalá más temprano que tarde, puedan ser lanzados al basurero de la Historia para detener entonces; entre todos, esta desfachatez por destruir el Planeta. Esto debe terminar pronto, para restablecer equilibrios; a sabiendas que nunca lo será para tratar de hacer algo por nuestros hijos o para mirar de frente a los ojos de las generaciones que están por llegar.

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Las pequeñas manchas naranja que desde algún satélite, se ven esparcidas sobre el inmenso territorio de la Amazonia, en medio de una impresionante humareda, estremecen todas nuestras sensaciones sin que podamos alcanzar a dimensionar la magnitud de esa imagen apocalíptica. Esas gráficas no permiten siquiera a la imaginación, suponer la cantidad de vida en plantas y animales que está siendo sacrificado por el fuego. Es una aniquilación biológica quizás sin precedentes, la cual avergüenza e indigna en lo más íntimo, al sector más consciente de nuestra especie.

El desesperado mensaje de un joven indígena pidiendo al mundo que se detenga el desastre, con la plena conciencia de que los hermanos árboles y las especies menores están siendo inmisericordemente destruidos, se suma a la que simbolizan Greta Thunberg y Eliane Brum, y para que todos los hijos de la Madre Tierra, sumen igualmente su voz,  al desgarrador llanto de la Amazonia. Las imágenes que recorren todas las autopistas de la comunicación en el mundo, son una fuerte bofetada a la conciencia, y nos hacen al mismo tiempo recapacitar, de que aún los pequeños actos en contra de la madre naturaleza; cometidos todos los días del año, no son distintos a esto. En su esencia son pequeñas llamas de un fuego que encendemos con el mismo y nefasto propósito destructivo gradual.

Y aquí también es imposible no volver la mirada hacia los políticos inescrupulosos, esos que representan a las fuerzas más perversas, las que niegan el cambio climático y sus efectos, los que promueven el afán mercantil sobre cualquier otro; aquellos que todo lo ven en términos de la materialidad como valor único. Su estupidez no sólo es bestial, sino además demasiado destructiva.  Brasil en el Sur, mantiene hoy en día un tipo de liderazgo que propicia sin duda alguna esta destrucción sin el menor escrúpulo, y tiene por compañía en el Norte a otro energúmeno.

Lo indignante es darse cuenta que la humanidad no reacciona lo suficiente, que no se rebela lo necesario, que se manifiesta en medio de las llamas, de forma timorata. No grita, ni se levanta en contra de semejante atrocidad contra el Hogar de los que aún no han nacido. Los malditos populismos se arrogan el mando que les brinda la ciega colectividad y los poderes fácticos que les mantiene en el poder, concediéndoles la licencia para aniquilar la vida, inclusive desde su más sagrado altar: La Amazonia.

Debemos empezar a actuar, como sí cada acto ambientalmente indebido de nuestra vida fuese también contra la Amazonia. No puede haber ni doble discurso ni doble moral. Debemos actuar al unísono, reaccionar fuertemente. Son tiempos para la ciudadanía activa y consciente y ya no para los timoratos, o para las iniciativas políticas superfluas de espaldas a la naturaleza. Elevemos nuestra voz lo más alto que podamos, pero más aún nuestros actos. Seamos partícipes, de forma activa, por medio de organizaciones a través de las cuales podamos lograr unir nuestra fuerza y crear la fuerza necesaria para cambiar. Hacerlo en consecuencia.

Los Trump, los Bolsonaro, deben tarde o temprano, ojalá más temprano que tarde, puedan ser lanzados al basurero de la Historia para detener entonces; entre todos, esta desfachatez por destruir el Planeta. Esto debe terminar pronto, para restablecer equilibrios; a sabiendas que nunca lo será para tratar de hacer algo por nuestros hijos o para mirar de frente a los ojos de las generaciones que están por llegar. Actuemos.

 

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