Editorial: El inmediatismo vs lo inmediato

El liderazgo, la visión, la ética y la responsabilidad de los responsables en la toma de decisiones son condiciones necesarias para poder trascender ante una coyuntura tan compleja como ésta, de repercusiones estructurales.

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Es cierto que la pandemia pone todo patas arriba y cuesta arriba, prácticamente en todos los sentidos. Simplemente ha coincidido que todos los problemas arrastrados desde hace muchos años, han venido a desembocar, precisamente en un momento histórico de características excepcionales, lo cual genera una peligrosa combustión a la situación social ya existente.

Al gobierno, que no las tiene todas consigo, se le ha venido gradualmente complicando su gestión; en parte por situaciones ajenas o bien debido a  algunas torpezas.  Aun así mal que bien, el Sector Salud representado por el Ministro Daniel Salas y el Presidente de la Caja Costarricense del seguro Social; pese a todas las críticas que se le puedan hacer, ha venido sorteando en forma relativamente bien la crisis sanitaria, y sin embargo esa es sólo una de las dimensiones del problema que estamos experimentando, lo cual tampoco es ninguna novedad.

Las críticas a la presente Administración se relacionan principalmente por una ausencia de manejo integral del problema, dado que salud es sólo uno de los componentes de la situación que experimenta Costa Rica, siendo evidente el desequilibrio manifiesto con respecto a las otras patas del banco, es decir la económica y la social, además de la sanitaria.  La pandemia ha venido obligando al Gobierno a consumir una importante cantidad de recursos por el impacto y las secuelas  que el virus viene dejando a su paso y no parece existir la voluntad ni la disposición a hacer más allá de lo que la emergencia determina.  No sólo se trata de las personas afectadas por la enfermedad, o de  lamentar el hecho de las múltiples víctimas mortales, sino también  la agudización del desempleo y la contracción de la actividad económica, por sus implicaciones y riesgos para toda la población.

Diferentes sectores, a través de sus liderazgos han insistido hasta la saciedad, en la necesidad de atender el problema mediante una visión más integral y vislumbrar sus efectos en el mediano y largo plazo, visión de la cual parece carecer el gobierno. No menos importante es la necesidad de trazar una ruta estratégica coherente, que le permita  afrontar el problema en sus distintos aspectos.  Una situación como la que estamos viviendo, merece estudiarse  para evitar las ocurrencias y las improvisaciones que lucen estar a la orden del día.  Así por ejemplo,  sabemos que los pocos ahorros alcanzados, como resultado de la ley 9635,  están siendo sacrificados de muy diversas formas.

El Gobierno de alguna forma ha recurrido al inmediatismo en muchas de sus acciones, dejando de lado cualquier posibilidad de atender con criterios de sostenibilidad, la crisis presente y por consecuencia sus implicaciones futuras para un cantidad importante de ciudadanos.  Las presiones son muchas, muy diversas y proceden prácticamente de todos los sectores. Es obligación del estado atenderlos.

Existe por supuesto una relación ineludible entre la crisis sanitaria y la situación socio-económica, que el país experimenta a raíz de los cierres y medidas, que se han venido dando, de la mano con una serie de restricciones y  alertas a diferentes sitios geográficos. Ello incide sin duda alguna de muy diversas formas y evidencia que sin reapertura la reactivación económica es difícil de alcanzar.  En este sentido, los cortes abruptos de presupuesto en el sector público, eventuales impuestos y reducción de las jornadas de los funcionarios públicos, son medidas manifiestas a la luz y ausencia de un plan articulado y razonado por parte de la Administración.  Esto equivale  a actuar con criterios muy reducidos, para enfrentar la situación cuya complejidad es mucho mayor a lo siquiera imaginable.

Hay una especie de negación a la gravedad del problema, porque de otra manera no podría explicarse la forma en que se reacciona dándole la espalda al diálogo franco y abierto con los muy diferentes actores que constituyen igualmente parte del problema y de su solución. No se puede salir adelante, sin la luz apropiada a la circunstancia, por cuanto la obligación es avanzar, trascender e ir más allá de la incertidumbre coyuntural. El gran riesgo al que se enfrenta la presente Administración, es continuar navegando en el más absoluto inmediatismo y escudarse entonces en la pandemia, como problema único a la situación que nos aflige.  El inmediatismo por tanto es muy distinto a poseer la actitud necesaria de comprender la naturaleza del problema estructural (corto plazo) que nos aflige desde hace una buena cantidad de tiempo.

Es una enorme tentación, para quienes detentan el poder formal, tratar de usar todos los recursos disponibles  mediante un sentido de mera urgencia y premura, soslayando la importancia de preservar suficientes recursos para el mañana, y para las generaciones que nos habrán de suceder. Por eso es increíble e inexplicable, ese afán de refugiarse en la reacción súbita y ocurrente, sin considerar la prevención de las implicaciones en las decisiones que se asumen.  Hay una especie de comportamiento que procura el tratar de resolver hoy, con menosprecio a las consecuencias  sobre el mañana a la colectividad. Ese en resumen es un comportamiento absolutamente irresponsable y desarticulado de la realidad global.

El liderazgo, la visión, la ética y la responsabilidad de los responsables en la toma de decisiones son condiciones necesarias para poder trascender ante una coyuntura tan compleja como ésta, de repercusiones estructurales. Es injusto tomar decisiones que comprometan la sostenibilidad de los recursos, que exige importantes sacrificios y una voluntad superior a las exigencias cotidianas.

Debemos como colectividad evitar la toma de decisiones, tendiente a agravar las condiciones sociales y  económicas. Hay ejemplos en el mundo sobre situaciones inesperadas que terminan agravando a términos insostenibles a la institucionalidad y a la democracia misma. La impaciencia y el desencanto están a flor de piel, ojalá que nada agudice la estabilidad misma de nuestro sistema político, aunque sólo el tiempo lo sabrá. Nada cuesta un esfuerzo concertador, y nada tampoco, contar con una visión que trascienda las absurdas limitaciones generadas por el inmediatismo y la indiferencia de quienes ostentan el poder formal. Se pueda rectificar y debe hacerse antes que sea muy tarde.

 

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