Editorial: El riesgoso desequilibrio de los Poderes

El Poder Ejecutivo en lo que le corresponde, debe asumir seriamente la conducción de las contradicciones sociales y políticas en legítimo beneficio de las mayorías y del necesario equilibrio económico y social. Debe hacer abandono del peligroso juego de la ambivalencia en la que cae, al disfrazar sus afanes populistas.

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Sí tal y como sostienen algunos la democracia costarricense está realmente grave, dejar que muera es una responsabilidad muy costosa. Sin negar sus males, lo cierto es que en el concierto de las naciones con profundos males económicos políticos y sociales,  la nuestra sigue gozando de posibilidades importantes de recuperación; pero eso depende de manera importante, de la posición que asuma la ciudadanía consciente, y no esas minorías que procuran asestarle un golpe definitivo. En este sentido y con más razón en lo sucesivo, la capacidad para elegir bien se convierte en una fórmula esencial a la revitalización de la democracia. Debe tenerse presente que para algunos, un orden político distinto; fundamentado en el caos, es posiblemente ideal a la manipulación de sus perversos intereses. También hay quienes por inercia y agudo pesimismo, a lo mejor quisieran que se cumpla el catastrofismo que auguran. Profecía auto-cumplidora le llaman.

Por supuesto que el equilibrio y la salud del sistema democrático, descansa también en la institucionalidad  y sobretodo en la capacidad del Estado como un instrumento de justicia y solidaridad; tarea en la que ha venido fallando de forma evidente. En esto sin duda juegan un papel fundamental los tres poderes que dan base al sistema republicano en el que aún se sustentan las democracias como la nuestra.

El Poder Ejecutivo en los últimos años en Costa Rica se ha mostrado errático y ambivalente, porque el grupo que accedió al poder con el objetivo de reemplazar partidos con enfoques trasnochados y contaminados por la corrupción, ha venido naufragando con síntomas similares a los que pretendió combatir.  Le gusta además jugar al populismo, evidenciando que hacia el horizonte y en lo sustantivo carece de rumbo cierto y su liderazgo por lo demás, parece quedar debiendo.

La cuestión es que últimamente el poder ha sido alcanzado ante situaciones inéditas, basadas en agendas coyunturalmente sensibles, emocionales e inmediatistas.  A pesar de ello debe reconocerse la posición del Poder Ejecutivo en materializar ante el Congreso la necesaria reforma fiscal, que permite amortiguar en principio, la profunda crisis de las finanzas públicas. Este tema continúa siendo el talón de Aquiles a la estabilidad del Estado, y particularmente en el cumplimiento de su función social. Debe notarse además que el Ejecutivo pone un interesante énfasis en derechos humanos, aunque igualmente debe reconocerse que lo hace en detrimento de la agenda social intacta; esa que afecta a las grandes mayorías: marginalidad y exclusión social.

Producto del mismo fenómeno, y del deterioro de los partidos tradicionales, el Poder legislativo se encuentra cada vez más atomizado en pequeños islotes que nada tienen en común entre sí. Es un poder de minorías desorganizadas. Ahí pareciera que se carece de conocimiento, de formación y sobretodo de criterios nacionales. Privan intereses regionales, religiosos y el diseño de pequeños proyectos, en los cuales se  anteponen dogmas religiosos y prejuicios políticos de diferente orden, lo cual pone aún más en evidencia, la paupérrima formación de sus proponentes. Aun así, este mismo poder, ha sido capaz de reunir consensos para coadyuvar en la reforma fiscal, reformar el reglamento legislativo para agilizar la tramitación de leyes y de poner coto al desmedido afán de los voraces grupos sindicales, los cuales pretenden secuestrar el poder en beneficio de sus intereses y en detrimento del resto de la sociedad.  Ha generado además interesantes proyectos como el de Educación Dual.

El Poder Judicial por su parte parece haber estado aislado en su torre de marfil y se consideraba hasta hace poco tiempo intocable, hasta que le llego la pesadilla de  la corrupción interna, que ha minado buena parte de su solidez. Hoy lucha sin tregua por su independencia, en un contexto donde su credibilidad y confianza han sido seriamente cuestionadas.  Aun bajo esas condiciones ha sostenido con vehemencia no sólo el valor que posee la independencia del Poder Judicial, sino además lucha por limpiar un tanto, sus propias  aguas contaminadas y procura resolver con el liderazgo de una minoría visionaria y calificada, sus grandes y profundas contradicciones.

Esos poderes deben de alguna forma ayudarse entre sí y la ciudadanía juega un papel trascendental. Lo primero por supuesto es el ejercicio del poder ciudadano para discernir y elegir, pero también en la participación. El Poder Legislativo debe, entre otras grandes tareas, donde el control político es fundamental,  reformar la legislación con ayuda del mismo Poder Judicial en materia de nombramientos de magistrados e impedir la absurda manipulación politiquera, orientada a nombramientos mediocres en el Poder Judicial.  Este Poder por su parte, además de resolver con celeridad temas sustantivos en manos de la Sala Constitucional (que entraban el sistema político) renunciar de algún modo y legalmente, a un sistema salarial con pluses y pensiones escandalosas, los cuales constituyen un verdadero insulto a la población. El Poder Ejecutivo en lo que le corresponde, debe asumir seriamente la conducción de las contradicciones sociales y políticas en legítimo beneficio de las mayorías y del necesario equilibrio económico y social. Debe hacer abandono del peligroso juego de la ambivalencia en la que cae, al disfrazar sus afanes populistas.

Nada de lo anterior es imposible, sólo que la ciudadanía consciente, como verdadero poder de la democracia, debe para ello asumir un verdadero papel activo  y lograr oxigenar el sistema político en su totalidad, forzando a reparar estas columnas que sustentan la democracia. Los medios de comunicación colectiva por su parte han de transformarse en la herramienta que contribuya a generar una opinión pública responsable y capaz. Lo mismo se esperaría de mentes sanas que utilizan las redes sociales.

Finalmente y en todo caso; aunque todo esto suene a utopía, sólo pensar en dirección a esta utopía, es que se puede posibilitar el restablecimiento del equilibrio, tan indispensable para el buen gobierno. En ello urge armonía y madurez en la relación entre los tres poderes y de la atención activa de sus propias contradicciones, contando por supuesto el factor determinante de la ciudadanía activa.

 

 

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