Editorial: El Sentido de la Semana Santa en tiempos nuevos

A lo mejor hasta salgamos gananciosos de las nuevas circunstancias que el destino nos ha deparado de forma tan cruel

0

Es paradójico… Abuelos y padres nos enseñaron que la Semana Santa era tiempo de recogimiento, para dedicarlo al fervor religioso que acompañaba sus más profundas creencias, esas mismas que nos fueron transmitidas, moldeando como plasticina nuestras mentes infantiles. Para algunos continúa siendo una época del año que podía bien ser dedicada a la meditación y así siguieron haciéndolo. Para la gran mayoría se fue convirtiendo poco a poco en una época de felices vacaciones, de disfrute, de liberación personal, aunque también de esparcimiento en familia.

Las procesiones y las viejas películas sobre soldados romanos, judíos y crucificados, o de esclavos y emperadores convertidos, así como de mujeres bellas e intrigantes magnificadas por el celuloide, fueron poco a poco siendo sustituidas por las idas a la playa, las montañas, los balnearios y sobre todo para vaciar físicamente la ciudad, dejando la religiosidad para los creyentes y sus templos.  No sólo quedaba vacía la urbe, sino también el espíritu; de alguna manera en abandono durante esos días, que para nuestros ancestros solían ser sagrados. En tiempos recientes las actividades religiosas habían perdido prácticamente significado y encanto, excepto en alguna comunidades donde las tradiciones se han resistido a perecer ante los embates de la postmodernidad y también del hedonismo.

Y es paradójico, porque ahora hemos sido obligados a una etapa de absoluto recogimiento en casa, con los seres más allegados y a cierta distancia permitida, para poder asegurar nuestra vida y nuestro futuro. Habrá que usar este hermoso tiempo para pensar y para repasar lo que está sucediendo y la forma en que este acontecimiento extraño y único, ha venido a cambiar gradual y radicalmente nuestra vida, teniendo como cierto que se trata de un profundo cambio apenas en su génesis. Ahora las playas y las montañas, los balnearios, los sitios abarrotados de personas, se han extinguido por la presencia del coronavirus. Sólo reina una absoluta paz y soledad en todos esos lugares que acostumbran ser de solaz esparcimiento.  Nadie pudo haber concebido para el tiempo de nuestras vidas una cosa semejante. Ahora sí es cierto además, que la generación de los más mayores lo habrá visto todo en el lapso de su existencia entre milenios.

Ha sido tal el impacto que de repente hemos dejado también como colectividad, las otras  agendas en el olvido.  Así ha quedado atrás por ahora el déficit generado por la situación de las finanzas públicas, o a nivel más global la del cambio climático, igual como muchos otros temas que cada quien juzgará como importantes. Las consecuencias humanas y económicas podrían ser similares a la de las guerras mundiales del Siglo XX, tal es la proyección que de ellas sacan los experto más pesimistas. Las agendas personales y familiares quedarán colgando como papeles en un clavo, mientras se aclaran los nublados de este eterno día, donde lo único que suma son más enfermos y más muertos. Las otras agendas por ahora están congeladas, hasta que nos vuelva el coletazo de dragón con mayor fuerza a la vuelta de la esquina.

Los países altamente industrializados han visto estremecidos todos sus cimientos en materia de seguridad social, el cual  ha venido a menos en el competitivo mundo capitalista, donde lo que ha contado es la atención para los que tienen, dejando a su suerte a los que no. Vaya paradoja, esa que hoy abarrota centros hospitalarios en el Primer Mundo.  Nos encontramos además ante un fenómeno que afecta sin discriminación de ninguna especie a personas y grupos sociales, y aunque se ensaña con los más viejos y vulnerables de salud, su impacto es sin duda colectivo y se da en forma simultánea, provocando ese efecto de barajas que van cayendo ante un único comando.  Esto en nada se parece a tradicionales calamidades, ni aquellas generadas de alguna manera por el mismo afán de lucro y carencia espiritual que campean por el orbe, como la pobreza y la miseria extremas, las cuales serán más azotadas aún por la pandemia.

Lo cierto es que esta Semana Santa es diferente, jamás ha habido en la historia reciente una igual a ésta, en la que se debe renunciar prácticamente a todo, exigiendo el confinamiento y la distancia social.  Deja sin embargo este momento de infortunio, mucho tiempo para la oración y para la meditación y para que podamos irnos adaptando poco a poco a un mundo distinto, donde la materialidad parece perder sentido e igual lo superfluo; al menos por semanas, quizás por meses o por tiempo indefinido. A lo mejor eso nos habrá de cambiar por completo; no lo sabemos aún, pero algo sucederá en nuestra conciencia que de algún modo nos ayudará a ser mejores.

Son tiempos como hace unos cuantos días dijera Pepe Mujica a un periodista argentino, para hablar con nosotros mismos, para escuchar nuestra voz interior, para ponernos atención y que esto quizás nos ha de servir en nuestra nueva relación con el otro que sufre lo mismo que sufro yo en términos de miedos y angustias y de compasión,  y de si nuestra vida podrá o no continuar.

Algo bueno habrá de quedar en nosotros para ayudar a cambiar todo el andamiaje político y social, poniendo más atención a la ciencia,  al humanismo del que también quedan parcelas en el continente  de la humanidad y a los liderazgos diferentes para los tiempos nuevos.  Eso sí, debe tenerse presente que es tan grande la oportunidad como los riesgos de un retroceso en nuestra forma política y social de organizarnos. De ahí la importancia que la institucionalidad misma salga fortalecida con la participación ciudadana consciente, como para poder continuar por rumbo cierto.

Cada quien ha de hacer de su Semana Santa lo que desee, hablar con Dios o hacerlo consigo mismo, o ambos, o conversar con los otros; aunque sea digitalmente.  Adquirir eso sí un compromiso con los demás recordando el propósito originario de la época. La iluminación seguirá siendo necesaria siempre y cuando decidamos ayudarnos y apoyarnos unos a otros, dejando en “hold”  la  vanidad, la soberbia y la estupidez humana. A lo mejor hasta salgamos gananciosos de las nuevas circunstancias que el destino nos ha deparado de forma tan cruel y no nos quedaría entonces más que bendecir esta extraordinaria oportunidad de ser mejores humanos. Eso más temprano que tarde lo llegaremos todos a saber.

 

Si le interesa recibir información diariamente:

También podría gustarte Más del autor

Comentarios

Cargando...