Editorial: Elecciones Municipales · Malos y Buenos

Hay que lanzarse a las urnas y votar por lo considerado justo. Veremos cuál será al final el resultado. Lo realmente bueno es el momento para despertar.

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Ha dicho alguien por ahí, y ahora lo escuchamos con mayor frecuencia, que los malos siempre ganan con la complicidad absoluta y total de los buenos, por cuanto la indiferencia de estos es el mejor insumo que aquellos pueden recibir.

Definimos por malos aquellos que representan con sus actos, la mediocridad, la desfachatez, la opacidad, la espalda a cualquier cosa que se acerque a real rendición de cuentas, actos corruptos y conductas semejantes.  Definimos por buenos, aquellos que no quieren meterse en nada que la política les parece fea e indigna, aquellos que valoran lo que hacen y ayudan a sus amigos, que en algunas comunidades a lo mejor colaboran en obras sociales pero son renuentes a cambiar el rumbo de las cosas en la comunidad.

Buenos son los jóvenes a los que asquea la política y que tratan de ver cómo llegan arriba cuanto antes posible, sin ver hacia los lados y poniendo la mirada sólo en esa dirección. Buenos también son aquellos que reciclan y se preocupan por el ambiente, pero se les acaba el impulso para nada más. Buenos son también los que opinan todos los días en las redes sociales, que están dispuestos a criticar y censurar actos deleznables de todo tipo, y a condenar a quien sea,  pero que no lo están para asumir compromiso de involucrarse en la participación ciudadana activa, de estudiar los acontecimientos con responsabilidad, o por lo menos de leer más a fondo y poder así  cambiar el rumbo de las cosas con su participación.

Desde esta óptica los buenos entonces, el principal apoyo que dan por omisión, es dejar que los malos tomen el poder, desde las alcaldías por ejemplo, para que puedan desde allí manejar recursos públicos y cometer toda clase de irregularidades. De paso los malos siempre hacen algún par de cosas grandes o invierten en infraestructura en años preelectorales, para que los buenos y los demás, estén quietos y se conformen con el estado de cosas; que a fin de cuentas es el propósito y lo que interesa.

Los buenos tienen ahora una oportunidad, es la de escudriñar en las papeletas de tantos colores y personajes, buscar aquellos que de alguna forma comparten sus ideales y forma de ver el mundo. Las próximas elecciones municipales son una magnífica oportunidad, para hacer posible que muy buenos, lleguen al poder.  Buenos de conciencia, es decir, aquellos quienes poseen la actitud y determinación suficiente, como para enterarse que no todo anda bien y su aporte podría sustancialmente cambiar el rumbo de las cosas, uniendo a su causa al mayor número de buenos posible para derrotar a los malos.

En las papeletas municipales hay muchos rostros conocidos, que no por conocidos signifique que sean buenos y muchos desconocidos, que por tener esa condición no necesariamente son malos. A fin de cuentas es la trayectoria, la experiencia personal, los pequeños actos también los cuales identifican a alguien que merezca contar con el apoyo de la colectividad. La gente tiene capacidad de discernimiento más no voluntad para emprender los cambios necesarios. La disponibilidad al acceso tecnológico acompañado de una estrategia inteligente de personas conscientes, permitiría cambiar el rumbo de las cosas.

Los buenos no sólo deben ser buenos, deben serlo a conciencia, con un mayor nivel de preparación, responsabilidad y visión. Están hechos de cierta madera especial que otros deberían igualmente reconocer. Su calidad es muy superior a la de los demás. Por eso es que lograr, ubicar al mayor número de buenos con clase a la cabeza de los gobiernos locales, podría ser un buen comienzo para fortalecer la desteñida y vulnerable democracia, que nos han dejado los malos y los malísimos en posiciones de poder.

Entiéndase por malísimos aquellos que están dispuestos a llegar al poder a cualquier coste, a manipular a ultranza el carácter vulnerable de muchas personas; inclusive buenos y malos, para sobre ellas sitiarse en el sitio que les permita ejercitar su ambición personal. Estos son expertos en cantos de sirena, en barnizar de hermosura aparente lo que convenga, y hacer pirotecnia alrededor de su pobrísima gestión. Los acólitos les sobran, y tienen esa innegable cualidad de repartir para mantenerse en el poder.  El carnaval a fin de cuentas es un comportamiento válido en la política de los malos, por cuanto hay buenos también a quienes les encanta la comparsa. A veces se distraen fácilmente y eso facilita el trabajo de los malos y de los malísimos.

Tal vez la que viene sea una oportunidad de oro, y tal vez entonces, lo que viene sea el síntoma que los tiempos han comenzado a cambiar radicalmente y por eso a lo mejor los buenos; sin dejar de serlo, ocupen el verdadero sitial que la comunidad y también las organizaciones reclaman. Para ello habrá que tumbar la indiferencia, esa negación hacia la importancia del Poder; indispensable para lograr mayores avances y ser mejores.

Quizás el inicio del momento para los buenos sea este y que de una vez por todas, saquen de sus puestos,  aquellos que le impiden a la comunidad y al país avanzar en dirección del progreso y del bienestar de la colectividad.

Hay que lanzarse a las urnas y votar por lo considerado justo. Veremos cuál será al final el resultado. Lo realmente bueno es el momento para despertar.

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