Editorial: Entre culturas…el ayer y el hoy (incluye podcast)

Resulta necio quizás por eso, insistir como lo desean algunos, en suponer que nuestra civilización y cultura hubieran sido hoy maravillosas, si esa colisión no se hubiera dado, lo cual es  una fascinante pero en todo caso, vana hipótesis.

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El profesor de Ciencias Políticas Ricardo López-Calleja, solía decir a sus estudiantes; con motivo de la llegada de los europeos en América hace unos siglos, “que ellos no trajeron la cultura, sino su cultura”. Esa afirmación sintetiza sin duda una realidad inobjetable, lo cual implica como en otros tantos casos de la Historia, el choque entre sociedades absolutamente distintas en su evolución y cosmovisión,  así como la evocación sobre acontecimientos que resultaron muy dolorosos a los pueblos autóctonos; que ciertamente aún hoy se recuerdan, con inevitable dolor y rabia.

Los encuentros sucedidos de esta manera; por la vía de la cruz y la espada, como tantas otras veces en la Historia se dieron, van dando paso de forma inexorable a una nueva identidad; fruto de ambas; la intrusa y la originaria, que con el paso del tiempo y la presencia de nuevas generaciones se va solidificando como la lava de los volcanes, para dejar sobre el espacio y el tiempo, un escenario distinto. La cuestión; siempre motivo de polémica y análisis es, si ese acontecimiento ocurrido hace tanto tiempo debe ser celebrado o repudiado. El Presidente mexicano insiste en que los españoles por ejemplo, deben pedir perdón, como recientemente lo ha hecho en estos días el  Papa, sobre los atropellos y vejámenes cometidos por la Iglesia Católica desde entonces, o bien como en sentido contrario se opone a hacerlo, la Presidenta de la Comunidad Autónoma de Madrid, y quien en su forma de expresarlo, más bien ha hecho sangrar la vieja herida.

Cuánto vale la pena revivir el pasado para continuar, es en efecto un tema de carácter cultural y ontológico, que ocupará siempre las arenas de discusión en la academia, la intelectualidad y sin duda prevaleciente en la memoria del indigenismo en la América Latina de hoy.  Hay heridas que también tardan siglos en cicatrizar y sin embargo es menester aceptar, que ningún pueblo puede mirar hacia el horizonte, teniendo sus ojos puestos en el ayer. Recordar eso sí, es un ejercicio necesario, si se tiene en mente las lecciones aprendidas de la historia, pues ello permite dimensionar; no sólo lo doloroso y negativo de lo pretérito, sino también los hechos y los efectos positivos de la síntesis cultural, que van dejando las centurias. Es decir, la esencia como fruto de las contradicciones entre ambas culturas.

Resulta necio quizás por eso, insistir como lo desean algunos, en suponer que nuestra civilización y cultura hubieran sido hoy maravillosas, si esa colisión no se hubiera dado, lo cual es  una fascinante pero en todo caso, vana hipótesis. Tan sólo somos un reflejo de lo mejor y lo peor de quienes trajeron su cultura y un reflejo de lo mejor y lo peor de quienes forjaron nuestra herencia indigenista.

La verdad es que continuamos nutriéndonos culturalmente; ahora lo hacemos con los micro-encuentros, en virtud de las migraciones de otras naciones, cuyas personas han sido desplazadas de su país, aportando para bien y algunas veces para mal; como también ocurre, a nuestra propia identidad. Lo maravilloso a fin de cuentas,  es que cada pueblo,  a la vez resultado de ancestrales encuentros entre civilizaciones y culturas, lo cual permite conformar, lo que el escritor libanés Amin Maalouf,  ha dado en llamar, la identidad humana, la cual es a fin de cuentas, la más importante y poderosa de todas las identidades.

 

 

 

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