Editorial: Esperando a Godot

Encontrarnos ante un túnel, sin que se vea ninguna luz al final o hacia el fondo, obliga necesariamente a replantear la vida y la forma en que ésta se lleva.

0

El extraordinario aporte del laureado y polifacético dramaturgo irlandés Samuel Beckett (1906-1989), publicado en 1952, llamado “Esperando a Godot”, nos traslada a este presente no menos surrealista, para reflexionar sobre dos temas intrínsecos de enorme importancia para la humanidad: la espera y la esperanza. Todos los seres humanos experimentamos en diferente intensidad ambas sensaciones, pero posiblemente más cuando creemos no poseer control sobre la aflicción.

La obra llevada al teatro en dos actos, cuenta con dos personajes centrales y tres complementarios, un par de vagabundos, Vladimir (Didi) y Estragon (Gogo), más Pozzo un explotador, Lucky, un pobre diablo y finalmente un muchacho de nombre ignorado. Existe un personaje invisible que es el mismísimo Godot.  Didi y Gogo, en el medio de un desolado paisaje, se encuentran varias veces frente a un árbol desramado y solitario a lo largo de la historia, manteniendo un diálogo insulso realmente absurdo sobre lo cotidiano mientras esperan a Godot, quien simboliza a alguien o aquello que habrá de llegar y les resolverá todos sus problemas. Godot, aunque se hace anunciar que llegará, no va a aparecer nunca, pues de eso se trata la historia que nos da buena cuenta sobre las interrogantes sin respuesta que nos trae la vida, mientras esperamos ya sea a un Dios que nos conceda una respuesta,  la solución metafísica a un problema o al menos la cristalización de algún anhelo.

Hoy, de forma similar frente al mal que aflige a la humanidad, esperamos con esperanza a que se resuelva como si se tratase de un mal sueño y de alguna forma actuamos como esperando a Godot. Mientras tanto cuando la vida transcurre,  esperando la solución o  por una vacuna, nos ocupamos de cosas innecesarias priorizadas de forma insensata, desperdiciando el valor del tiempo y la calidad de los momentos que ella nos ofrece. La esperanza que acompaña a la espera, se convierte en una especie de fetiche que motiva la existencia, pero es al mismo tiempo un enemigo que impide vivir a plenitud el tiempo y disfrutar aquello que tenemos a mano, dándolo por descontado. El momento de la obra ilustra en criterio de algunos, las angustias vividas en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, mientras se asentaba la calma que precede al caos. Se reflejan esos momentos tan difíciles de administrar por la conciencia individual y colectiva, cuando más se siente la soledad de la existencia y priva la urgencia de algo que ocurrirá. Así  el ser se detiene inconscientemente a esperar.

Hay muchos simbolismos en esta lectura, los cuáles podrían resumirse y relacionarse entre sí, tales como el paisaje desolado, el árbol deshojado y solitario; el cual aparece con sus hojas verdes en el segundo acto, así como en el rol de cada uno de los únicos cinco personajes, pero principalmente en Didi y Gogo, quienes en su diálogo lleno de sentimientos y contradicciones ocupan el lapso interactuando, mientras esperan. La espera se traduce en esperanza pero como esa especie de acto mágico intangible y superior, que vendrá en auxilio de sus preocupaciones terrenales. Pozzo y Lucky son la expresión del capital y del trabajo llevados cada uno, a su más miserable condición.

Los dos vagabundos en aquel entorno geográfico estéril y desolado, frente aquel árbol única y tangible manifestación de vida, constituye el escenario para todo. Transcurren así los días y las noches mediante un diálogo monótono y cansino sobre estupideces cotidianas. Nos hace caer en cuenta inevitable del símil y donde pareciera en el fondo, que la única opción es esperar, hasta que algo bueno y diferente ocurra para solucionar nuestras inquietudes y penurias. Los otros dos personajes de Godot, Pozzo y Lucky, nos dan cuenta posiblemente, del  sistema económico prevaleciente, el cual ata y aliena la humanidad. Se hace una magnífica alusión a la falaz libertad y felicidad que provoca la materialidad (Pozzo), atado de forma simbiótica a la esclavitud del otro (Lucky), pero donde ni el amo ni el siervo llegarán a estar satisfechos nunca de nada. Pozzo quien representa la opulencia y la gula, esa voracidad alusiva a élites del poder económico, concluye su vida ciego y quizás un poco más sensible al prójimo, sin renunciar a mantener el lazo sobre el maltrecho cuello de Lucky, quien terminará mudo sin poder ya expresar una palabra más, de las que al menos daban rienda suelta a su pensamiento. El último de los personajes, el muchacho, parece simbolizar esas señales que percibimos interiormente de cuando en cuando, de que a lo mejor la espera no es vana, y aquello mágico llegará a ocurrir en algún momento; siendo lo único que acontece en realidad, la prolongación de la ansiedad en virtud de la espera.

Pedro Lain Entralgo, hace un análisis sobre la obra de Beckett en 1989 y ha sido reproducida recientemente por El País, diario de España, en el cual se refiere a la esperanza humana bajo dos acepciones: La primera la mosaica, que deriva de la esperanza en promesas que no llegan a cumplirse y luego la hesiódica, aquella que se fundamenta en la confianza puesta en el trabajo que se hace. Ambas constituyen una excelente reflexión para nuestros tiempos y nada más pictórico, para los que estamos viviendo, esta rutina basada de repeticiones constantes, cargadas de pesimismo y noticias negativas, pero igualmente trata sobre la prolongada espera y una enorme esperanza, en que el mundo volverá en algún momento a ser tan “normal” como el de antes. Esto ha sido igualmente tratado magistralmente por Beckett, quien con cierta ironía nos hace añorar  los males del pasado como un bien y al igual que nuestros personajes de la obra, nos permite abrazar esos momentos con cierta gratitud.

La construcción de la esperanza se convierte entonces en algo fundamental, y esa quizás sea la mayor lección de la vida real, lo cual plantea dos interrogantes esenciales. Una muy sencilla que radica en el quehacer mientras tanto: debemos orar, construir, maldecir o bien esperar que algo o alguien venga a resolver nuestra aflicción? (una vacuna tal vez?), pero la otra, no menos importante es, en qué podemos utilizar la vida a pesar de las condiciones extraordinarias del entorno?  En otras palabras, cuáles son verdaderamente nuestras prioridades ante la probabilidad del dolor, el sufrimiento y la muerte misma golpeando a nuestra puerta en forma de pandemia.

Encontrarnos ante un túnel, sin que se vea ninguna luz al final o hacia el fondo, obliga necesariamente a replantear la vida y la forma en que ésta se lleva. Tal es la principal enseñanza que por default, nos deja la maravillosa obra de Becket y su expresión del absurdo guion, que al final ni deja de serlo y tampoco lo es tanto. El dilema sin embargo no se manifiesta sólo a nivel individual sino también colectivo, por cuanto se da una responsabilidad igualmente social que  involucra a cada quien y a todos a la vez.  Debe decidirse sí se trata de esperar o de construir, o bien si priorizar realmente o  seguir participando de lo insensato en vez de atender lo realmente trascendente; lo cual no deja de ser también una valiosa enseñanza política.

El juego que hace el perro tratándose de morder la cola, semeja en mucho eso que cotidianamente hacemos al ejercitar una perniciosa rutina, igualmente inútil frente a la acción que es urgente y necesaria.  Qué hacemos ? se preguntan Vladimir y Estragón en el último pasaje de la obra, hartos de esperar a Godot y representada la escena en la oscuridad nocturna al lado de su árbol amigo. Nos vamos o esperamos? se preguntan y concluyen entonces que deben marcharse. “Vámonos” dicen, pero lo hacen sin moverse para ningún lado.  La enseñanza es contundente, no se puede marchar, sin antes haberse desamarrado existencialmente en procura de aquello de lo cual se está convencido es mejor. La espera en este caso ha sido inútil y la esperanza, es decir la respuesta ilusoria, continuará siendo enemiga de la acción. Aquí radica precisamente el absurdo y el símil a nuestra realidad.

Lo político se convierte entonces hoy día, en algo así como en promesa y dávida a la vez; mercadería de esperanza sobre mañanas que nunca vendrán, o una especie de suerte que nos aleja de la construcción de ese mundo posible.  La verdad a fin de cuentas es que entre todos debemos y podemos cambiar el futuro; así como el pasado en que se convertirá este presente. Se requiere visión, compromiso, responsabilidad, gratitud, compasión y mucho amor, sin la necesidad de esperar a Godot.

 

COVID-19
Suscribase COVID-19

También podría gustarte Más del autor

Comentarios

Cargando...