Editorial: Estrategia para la sobrevivencia

Quedan muchos días y muchas noches antes que podamos ganar esta batalla, la humanidad entera está en eso y por supuesto también nosotros.

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Quizás ninguno de nosotros haya vivido una época tan difícil como ésta y sin embargo no es difícil comprender que el temple no siempre viene incorporado al carácter, pero es algo que se puede adquirir día con día, porque la resiliencia es además una capacidad inédita que se puede expresar por la sola necesidad a sobrevivir. El Dalai Lama enfatiza en la importancia de llevar un día a la vez, por cuanto ni el ayer ni el mañana tienen sentido para la lucha o la felicidad. Alguien nos recordará que pese ante la adversidad, a nadie se le puede hincar sino es contra su propia voluntad.

En nuestro hoy, la incertidumbre parece llenar todos los espacios y sin embargo en algún sitio de nuestra memoria colectiva; hay una verdad ineludible depositada por ahí y es el hecho, de que ya hemos recorrido, en algún momento, estos oscuros pasadizos de la Historia. La especie humana siempre ha sido capaz de superar todos los momentos dolorosos, incluidas las guerras y las pandemias. Lo único diferente, es que ahora nos corresponde a nosotros mismos, ser objetos y sujetos de este tránsito histórico en procura de nuestra propia. Aclarando eso sí, que la lucha siempre será desigual para unos más que otros. Hay una diferencia radical en el modo de vida de las presentes generaciones, donde ciertamente al igual que otras épocas, existen la pobreza y la miseria extrema, además del exacerbado consumismo, producto del sistema económico prevalente con su ley de jungla, caracterizado por comodidades mil para las minorías y de marginalización y exclusión para las mayorías.

Las comodidades y necesidades superfluas se encuentran afortunadamente también en riesgo. Esto es para bien. Y es que a lo mejor la naturaleza ha decidido recordarle al depredador inserto en nuestra especie, que ya es momento para cambiar de rumbo, y renunciar a lo superfluo. Filosóficamente ya ha sido dicho, vinimos sin nada al mundo y nada nos llevaremos, de modo que la vida nos da un empate, sin pérdida de ninguna clase. Estamos tablas con la vida y aun así seguimos temerosos de perder la vida. La exigencia de un nuevo modo de vida a que nos induce la pandemia, sea quizás la ineludible ruta a seguir.

A diferencia de otras calamidades, esta nos compele a desprendernos de algo cada día que no es sólo material. Nos obliga a distanciarnos y también a ser desalojados poco a poco de nuestras fuentes de sustento afectivo, en una especie de rito, en el que la gradualidad juega un papel trascendente. Es una lentitud silenciosa y perezosa que compele a despojarnos de sensaciones muy preciadas.

Un mal como el presente simboliza el miedo de enfrentar la muerte como un hecho que acontece con certeza en muchos lugares del mundo. Una agonía que viene en forma de asfixia, como aquella nube de la peste que evocan citas apocalípticas y cuyo manto, en forma despaciosa va tiñendo todo de miedo. Y aun así, es una especie de gradualidad, al menos permite de algún modo prepararse, para poder seriamente optar por sobrevivir o sucumbir. Hay poblaciones enteras que ante determinados fenómenos naturales, no han tenido tiempo de nada y sufren el impacto de golpe, arrastrando sus vidas en instantes. Este no es el caso y podemos desarrollar la capacidad necesaria que demanda la circunstancia.

También hay certeza de una lucha cada vez más aguda aunque desigual por los recursos disponibles para atender la supervivencia, y en ese contexto personas y grupos se aferran a lo propio, dejando que sean otros quienes sufran el golpe de lleno, porque aun y cuando la atención del problema demanda una cuota de sacrificio de todos, muchos por supuesto no están dispuestos a asumir de forma equitativa ese costo. Es hora quizás, como alguien ya lo ha dicho, que los muchos que tienen poco y los pocos que tienen poco se unan para salir adelante por cuanto en esta tempestad, el barco en que navegamos, es el mismo.

En términos matemáticos pareciera cierto el dato científico, de que el virus ataca a un pequeño porcentaje de la población y muere un grupo aún mucho más pequeño, aunque los niveles de contagio en las grandes ciudades o en poblados donde no han sido tomadas las medidas de precaución correspondientes, el mal adquiere un rostro realmente tenebroso. El mensaje desolador en esas circunstancias, es que si no se fallece en una cama, se puede perecer de hambre y de miseria por falta de trabajo. La verdad más irrefutable sin embargo, es que a nadie le interesa ser parte de esas estadísticas por pequeñas que parezcan. Y tampoco nadie puede negar la crueldad de ver cómo van cayendo los más vulnerables, por la vulnerabilidad de los sistemas de seguridad social y por la negligencia de liderazgos pérfidos.

Tenemos una opción para la sobrevivencia, por cuanto por ahora sabemos que no hay vacuna, ni tratamiento efectivo, así como hemos aprendido que tampoco hay edad para ser. De lo único que disponemos de momento, es de las antiguas y básicas medidas, las de distanciamiento social, el fortalecimiento del sistema inmunológico y las medidas de higiene, a las que no siempre tienen acceso los diferentes grupos de la población. Siendo esto lo único entonces es obvio en nuestro caso, aferrarnos a eso. La “pandemia económica” va de la mano con la sanitaria, pero conocer mejor las características del mal, nos permite enfrentarlo de una manera mucho más inteligente en ambos sentidos. Afortunadamente aquí, todavía contamos con un sistema de seguridad social, así como con un promedio de educación y cultura importantes para comprender, que con cierta disciplina podremos sobrellevar el día a día. Sabemos además, que debemos evitar fortalecer cualquier manifestación de autoritarismo que vaya en perjuicio de la institucionalidad democrática, por cuanto es la oportunidad también de los miserables para aferrarse al poder, como ya está ocurriendo en algunos lugares del planeta.

En este país nuestra historia cuenta y sin duda cumple un papel relevante, porque de nada valdrían las intenciones subjetivas sino hay un entorno propicio y una memoria histórica, indispensables para la sobrevivencia digna. La única posibilidad que tenemos es protegernos entonces con nuestros valores, con las viejas y valiosas conquistas sociales y con la disciplina constante, recordada todos los días por las autoridades de salud. Este es el elemento aglutinador para la supervivencia. Conlleva abandonar la ignorancia y actuar responsablemente con y frente a los demás. Implica además, el más absoluto optimismo en que todo esto pasará y no dejará de ser sino sólo un mal recuerdo.

Las sociedades debemos aprender no sólo de nuestra propia historia y experiencia, y además observando también en el espejo de otras historias y experiencias. A veces la comparación es una cosa aborrecible pero a la postre necesaria para recordarnos la importancia y el valor de lo que somos en virtud del legado recibido. Por eso la historia propia cuenta y pesa cuando no se aprenden oportunamente las enseñanzas que derivan de ella. La naturaleza humana es la misma, pero en la evolución de las naciones, también cada cual posee su propia narrativa. La nuestra quizás sea la que a la postre nos salve.

Quedan muchos días y muchas noches antes que podamos ganar esta batalla, la humanidad entera está en eso y por supuesto también nosotros. Estamos en capacidad de hacerlo. Por eso nuestros investigadores y científicos no se arrugan ante nada y están construyendo como siempre con su propia letra y música la esperanza que será el factor definitivo, acompañado por la lucha y la convicción de superar este duro momento, el cual dejará incontables enseñanza sobre nuestra vulnerabilidad y el fugaz sentido de la vida. Eso nos hará más fuertes después para resistir nuevos embates, y tal vez para ser más resistentes y reacios a cometer los mismos errores. Así en todo caso debiera ser, porque de ello depende la supervivencia.

 

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