Los ojos vuelven de nuevo al Poder Judicial donde al igual que en los otros poderes del Estado hay enormes fisuras en su propósito esencial y en su rumbo. La crisis en general de liderazgo es posiblemente un factor sistémico pero el tema de la ética y los valores pareciera ser una carencia que lastimosamente es abundante acá también; salvo las contadas y honrosas excepciones.

Ahora un relevo presidencial; como ocurre en el Poder Judicial, asemeja una especie de carrera de intereses desconectados del principio de la probidad y del ejercicio de la justicia, a los que debiera estar llamado.  A lo largo del tiempo hay intereses externos que se han venido incubando dentro de la institucionalidad, creando una especie de eficientes termitas, las cuales terminan devorándolo todo a su paso;  incluyendo los factores esenciales, sobre los cuales descansa los más valioso del poder formal en una democracia. No en vano la situación que atraviesa en Costa Rica el Estado Social de Derecho sea inobjetablemente crítica.

Será que alguno de los candidatos o candidatas actuales a la Presidencia de la Corte Suprema de Justicia, se encuentra en genuina y real capacidad de representar lo mejor de esa institucionalidad, en profunda deuda consigo misma y con la sociedad. La elección del Presidente o Presidenta de la Corte será por lo demás secreta, porque la opacidad es paradójicamente la norma que rige la elección a tan importante cargo.  Ojalá que el mismo principio no se aplique a la elección del Fiscal General por parte de los magistrados; otro espacio fundamental sobre el que existen de nuevo grandes expectativas. El prolongado tiempo de sucesión que ha tomado esta elección, desde la partida del personaje anterior, sea quizás el pretexto, por el cual ahora haya mayor recato sobre una escogencia que en todo caso no es menos crucial.

Alguna vez una figura de la política partidista habló de encarnar al  candidato “menos malo”  entre sus pares, y  hoy en día pareciera que las opciones en el caso del Poder Judicial entran quizás en el rango de lo “menos peor”; dicho esto a juzgar esencialmente por el nivel de responsabilidad y de entereza que exige la investidura presidencial en la Corte Suprema de Justicia en estos tiempos, y en relación con las probabilidades existentes para atender la tarea. La crisis política del liderazgo en la democracia actual, dicho sea de paso, no es un tema menor  a nivel de la institucionalidad del país. Con las excepciones del caso entonces, la sociedad costarricense manifiesta una sostenida decadencia, en lo que concierne a elecciones a puestos de mayor responsabilidad pública.

Desde afuera siempre habrá interés y también incidencia para apoyar tal o cual tendencia o candidatura, y por eso; a menos que ocurra un milagro, perderemos también la oportunidad de reivindicar el Poder Judicial y a la justicia misma desde esos espacios. Los tiempos de opacidad continuarán por buen tiempo… a menos que sea válida la premonición a las palabras del poeta, cuando expresara: “hijo las estrellas han partido, pero nunca se pone tan oscuro que como cuando va a amanecer”.

 

 

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Por Redacción

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