Editorial: La Costa Rica que envejece

Costa Rica debe asumir este nuevo reto, poco a poco, para recuperar de este modo, el perdido sentido de la compasión que poseen las colectividades civilizadas. En resumen vejez merece acompañamiento y además da frutos exquisitos.

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La CCSS indica que los hospitales públicos están llenos de adultos mayores. La población envejece a un ritmo acelerado, en proporción a la joven que ha disminuido gradualmente su crecimiento.   Un reciente estudio de la Contraloría General de la República, indica que envejecemos sin que el país tome medidas para garantizar la calidad de vida de este grupo etario, y que pronto el sistema de las  pensiones; en virtud del agotamiento del bono demográfico, estará en riesgo.

La ecuación es simple, envejecemos, porque las generaciones anteriores provienen por lo general, de familias numerosas y sin embargo hoy ya no. Las parejas jóvenes no desean tener hijos o a lo sumo uno o dos. Así se nota que la incursión de las juventudes al campo laboral es gradualmente menor, sin dejar de lado la cuestión del desempleo, que por supuesto le afecta.

Las escuelas tienen más aulas vacías y algunas han tenido que cerrar. Por otro lado, la mayor parte de las víctimas que acaban con sus vidas en accidentes de tránsito principalmente en motos y en el círculo de la violencia del crimen organizado (y no organizado)  son jóvenes. Las noticias nos dan cuenta de que esta realidad  es una especie de pandemia, que conspira contra quienes apenas comienzan a  transitar por el trayecto de sus vidas.

En estos términos se dan varias interrogantes, dos de ellas apremiantes: Cómo brindar calidad de vida a las personas al llegar al invierno de sus vidas, máxime considerando un deterioro en el sistema de seguridad social, del que tanto orgullo ha ostentado el país. Otra es, cómo se mantendrá el modelo de pensiones en el mediano plazo, y por consecuencia cómo se blindará la protección de los adultos mayores en el futuro?.  Debe considerarse que la vejez siempre está a la vuelta de la esquina.

Culturalmente además hay una perversidad, característica prevaleciente de los tiempos de abandono a la otredad.  Hay para quienes los viejos cuentan en cuanto aportan, y si dejan de hacerlo son desconectados del sistema familiar. Por consecuencia, son abandonados a su suerte. Algunos podrán ir a dar a esas residencias, donde los rótulos, las paredes pintadas y las frases trilladas no van a sustituir el calor de la habitación del hogar, mientras otros, son simplemente abandonados en centros hospitalarios. Muchos son explotados, y despojados de sus pertenencias.  Una significativa dimensión de la sociedad materializada y por tanto desvalorizada no tiene reparos en ello, porque si en algo ha prosperado la sociedad, es precisamente en deshumanizarse.

Y no es que no haya opciones. Algunas sociedades, han depositado esperanza en  la madurez y  la experiencia de los más viejos, y mantienen puentes intergeneracionales,  lo cual implica una valiosa interrelación entre la experiencia y la juventud a través del arte, la cultura, o bien por medio de la transmisión de oficios, o simplemente mediante actividades diversas, con suficiente calor humano. También se han diseñado entornos donde el hogar de los mayores, mantenga contacto directo con la naturaleza, existan programas recreativos y  atención a la salud. Ello les permite a la vez, compartir y mantener una forma digna de vida, hasta que ésta decida apagarse.

Si bien es cierto la dinámica de la sociedad contemporánea es vertiginosa, el desafío más importante, desde un punto de vista generacional, es quizás reformular el valor que cada generación posee, para seguir brindando esperanza; no sólo a los que vienen sino, a quienes ya han cumplido con creces su paso por la existencia. Nadie mejor para cuidar y enseñar a los niños que los abuelos, y nada más útil para los más jóvenes, que proteger el tesoro de la experiencia y la sabiduría de sus mayores.  Hay situaciones que el Estado quizás no pueda resolver, pero sí aportar para mitigar el peso de los años, allanando el camino y la carga interior que implica inevitablemente el silencio dorado. Esta responsabilidad debe ser sobrellevada por cada ciudadano responsable, por  cada unidad familiar y por cada comunidad, aunque  esto en el campo es mucho más sencillo que en la ciudad.

Costa Rica debe asumir este nuevo reto, poco a poco, para recuperar de este modo, el perdido sentido de la compasión que poseen las colectividades civilizadas. En resumen vejez merece acompañamiento y además da frutos exquisitos.

 

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