Editorial: La fe sin apellidos

Algunos   grupos indígenas de la Amazonia ven esto más simple: La palabra viene de la Madre Tierra, porque Dios en su tradición, se acomoda de acuerdo a lo que cada pueblo desee creer para sí.

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Siempre la cercanía de Agosto provoca una sensación espiritual contagiosa,  que deriva sin duda alguna de la devoción  de los peregrinos en su camino hacia Cartago; trascendiendo por supuesto las cuitas religiosas de absurda beatería.

Hace un tiempo, a raíz de la visita de un grupo de invitados especiales a la Basílica de la Virgen de los Ángeles, el  sacerdote encargado; señalando hacia la entrada principal desde el Altar Mayor,  explicaba que los milagros de la Virgen no era sino el depósito de la fe acumulada a lo largo de los siglos, por millones de visitantes al momento de atravesar esa puerta, y cuya energía se focalizaba  en esa piedra pequeña y verdosa con trazos bien definidos, en la forma de una madre con un niño en sus brazos.  Tal cantidad de energía se transforma; decía mientras sostenía la pétrea imagen de centímetros en sus manos, al punto de ser capaz de sanar y asistir a quien la necesite.

Hay quienes sin embargo, prefieren casarse con los escritos en su libro sagrado  y se amarran espiritualmente a ello. Otros no desean saber nada de imágenes o de representaciones, porque su fe es cuestión de oración. El Corán, La Torá,  La Biblia y seguramente otros textos, cumplen esa función para el creyente, de crear un vínculo entre lo terrenal y lo divino. Asimismo hay un factor de intermediación entre quien cree y su Hacedor. Esa es la tarea del sacerdote, del pastor, o del “enviado”,   interpretando y transmitiendo aquello en lo cual  se enfatiza.  Este por lo general subraya en aquello que deba aceptarse como verdad irrefutable, ya sea sobre la vida o sobre la muerte, el bien o el mal, lo correcto e incorrecto, sobre el pecado o la salvación. Tal parece que todo, absolutamente todo, se encuentra en manos de traductores, intermediarios o voceros de la fe que se profesa.  Ligado a lo anterior, viene la cuestión de los dogmas; aquellas premisas de fe, las cuales deben ser aceptadas sin cuestionamiento alguno. Este tipo de comportamiento también conduce al fanatismo religioso; incluye códigos, para desaprobar y castigar a los que se salgan de lo predeterminado.  La intolerancia es producto precisamente de la convicción sobre la verdad divina del pastor, cura u imán, confinando al contrario al escarnio, tratándole en el fondo, como a un miserable pecador o demonio. Múltiples ejemplos de ello nos ofrece la Historia y también el día a día.

Importante sin embargo, es el papel de grupos religiosos en los diferentes sectores sociales. Por un lado en comunidades deprimidas donde los guías religiosos  han llevado no sólo sosiego al espíritu, sino también algo de comer a las barriadas pobres o a los sitios donde la exclusión y la marginalización hacen estragos. Acá los adeptos se multiplican. Similar fenómeno ocurre con relación a otros sectores sociales, donde se trata la prosperidad y la riqueza como una bendición de espíritus escogidos, lo cual también permite conquistar  almas, generando grandes dividendos económicos y templos monumentales. Por eso los grupos religiosos se han multiplicado,  al poder ofrecer en el mercado y a cada quien, la salvación a medida de sastre, tanto  a pobres como a ricos.  Es por lo demás, una herramienta política poderosa.

En una época de tantas carencias y vacíos, la necesidad de depender de algo más allá de lo material y mundano, parece haber echado raíces aún más profundas en la sociedad actual.  Se han multiplicado los rebaños, y hasta se han hecho incompatibles entre sí, al punto que la intolerancia empieza a jugar un papel perverso.  La última elección en Costa Rica tuvo matices de esta naturaleza y hasta se dio una pequeña reyerta, la cual influyó en el electorado a la hora de decidir. A ello sumó una agenda con el tema de los derechos humanos que polarizó la escogencia. La fe seguirá moviendo montañas, los líderes religiosos; cualquiera sea su orientación, parecen generar caudal al promover diferencias con las demás. Ante eso, hay quienes también  abogan por sacar todo lo religioso del Estado y a Dios de la Constitución misma. Esto ocurre a la vez que millares  de peregrinos, rinden tributo sin intermediarios a su Virgen de los Ángeles y teniendo sólo en mente  su fe absoluta en ella.

Algunos   grupos indígenas de la Amazonia ven esto más simple: La palabra viene de la Madre Tierra, porque Dios en su tradición, se acomoda de acuerdo a lo que cada pueblo desee creer para sí.  La palabra en cambio, viene de los sagrados alimentos que provee la Pacha Mama y esa palabra entonces debe pasar por el corazón antes de tocar la lengua. De no suceder así no hay  paz, ni amor ni nada. He aquí una inmensa enseñanza a la cual vale la pena adherirse; aferrada a las creencias y a la tradición de pueblos autóctonos. No basta entonces creer sino también crecer espiritualmente y mejor sin intermediarios.

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