Independientemente de las creencias religiosas que profesen las personas, siempre por esta época, es grato percatarse del movimiento de miles de romeros hacia Cartago, sea para manifestar su devoción o simplemente para expresar su gratitud a la Virgen de los Ángeles con la convicción de los favores concedidos. Y es que en medio de los sucesos violentos con que nos bañan cada mañana los noticieros, notamos que una inmensa mayoría de costarricenses, acude a la Basílica, al igual que sábados y domingos muchas personas asisten a sus respectivos templos y cultos, para orar por la salud y bienestar de los seres queridos.

En el caso de los creyentes que se desplazan el dos de Agosto a la vieja metrópoli es conmovedor escuchar  los testimonios de adultos mayores, de hombres o mujeres de diversa condición económica y social, pero también de personas jóvenes.  Los extensos recorridos; para algunos durante semanas, con el propósito de llegar, son además de extenuantes y hasta dolorosos. La verdad es impresionante y positivo en muchos sentidos. 

Significa además que pese a la compleja situación que atraviesa el país, cientos de miles de personas  en Costa Rica, piensan en lo mejor para si mismas así como también para los demás.  Rezan, para que la sociedad costarricense pueda  sea salvada de caer en un hoyo negro y están convencidas de que la fe mueve montañas, reconociendo eso sí, esa extraña paradoja social de oscilación entre el desprecio absoluto por la vida practicado por algunos, y el amor de otros, a quienes acompaña esa enorme esperanza del peregrinaje.   

El país ha venido siendo arrastrado hacia lo que podríamos llamar un desprecio por los valores que nos inculcaron los abuelos, padres y maestros.  Eso se refleja en los sucesos cotidianos, pues hay un alejamiento innegable hacia el respeto y la dignidad, también hacia el amor al prójimo. Por eso, cuando se evidencian estos espacios colectivos de espiritualidad y fe en la población lo menos que podemos pensar es, que contamos con suficientes reservas morales para salir adelante. La crisis que experimentamos como nación simboliza una condición temporal, la cual habrá de ser superada sin ambages más temprano que tarde y la lucha constructiva también conlleva convicciones espirituales.

Es curioso cuando se dice que en nuestro país, la gente no participa por pereza por negligencia y además por indiferencia. Sin embargo cuando caemos en cuenta durante esta época del año,  de este comportamiento individual y colectivo movido por una fuerza espiritual interna e ignota, podemos reconocer que hay motivaciones superiores que mueven a la especie.  Ojalá que este movimiento extraordinario de cientos de miles de peregrinos se traduzca en una fuerza superior, la cual nos permita enfrentar problemas que hoy nos retratan como como sociedad de elevado riesgo, particularmente en materia de seguridad.  Esta energía colectiva impresionante de fe, depositada con una fuerza extraordinaria en la venerada imagen por tantas personas buenas, debiera de ser capaz de inspirarnos para disolver toda fuerza perversa de nuestra pequeña aldea. 

Costa Rica debe posibilitar que los diferentes actores sociales, dejen de constituirse en archipiélago y convertirse en continente, para poder contribuir así a cambiar el rumbo de las cosas. Esta misma energía transformadora, puede habilitarse como una corriente o fuerza, capaz de hacer que la sociedad costarricense tome un rumbo cierto.  De hecho todas las diversas manifestaciones honestas de fe en el país, debieran correr y sumar exactamente en la misma dirección. Quizás sea tiempo de abandonar ese individualismo fatalista y peligroso para empezar a caminar en la dirección correcta de la unidad nacional o al menos de los grandes acuerdos sociales. A lo mejor es el momento histórico propicio  para cambiar de traje; evocando el bello poema del poeta turrialbeño Jorge Debravo en su alusión a la  urgencia de un cambio imperativo.  

Debemos desprendernos  de ese traje que se ha adherido a la piel de la nación y  tirarlo; cambiarlo por uno nuevo.  Es por ello que esta huelga de esperanza, devoción y  desprendimiento en la vieja capital, juega un papel importante en la renovación de la fe y de ésta en la sociedad costarricense…por eso lo mejor es celebrarla sin prejuicios. 

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Por Redacción

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