Editorial: La nave social y el Bicentenario.

La nave social continua  a la deriva y la Isla del Bicentenario, se aleja cada vez más porque no existe el impulso ni la destreza para llevar la nave social hacia allá.

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Una sociedad democrática se caracteriza no sólo por que las personas puedan expresarse como quieran, o ir donde quieran y festejar lo que deseen, sino además y más importante, vivir en forma digna, así como participar ayudando en su construcción. Es cuestión de equilibrios y al parecer los estamos perdiendo y  la situación del país va evidenciando una riesgosa polarización en donde los que están bien, están demasiado  bien y los que no lo están, realmente la están  pasando muy mal.

Nos hemos abandonado a la suerte, en vez de luchar por lograr restablecer ese importante equilibrio, el cual ha caracterizado a la sociedad costarricense a lo largo de su historia. Esto obviamente tiene que ver con el manejo del Estado y por consecuencia de la sabia o prudente gestión del Gobierno y además con el aporte de los diferentes actores sociales.

Por otra parte en los tiempos en que nos correspondió vivir, semejan esas condiciones manifiestos ante una tormenta que se avecina. El cielo oscurece y  la nave social se bambolea en un mar agitado,  mientras los vientos que anuncian la inminente tempestad. Dependen el manejo y la destreza sobre las velas,  de un preparado capitán y  una tripulación dispuesta  a enfrentar lo que sigue. Aquí el capitán es el Gobierno y la tripulación somos todos, la nave por supuesto el país, aunque no parece que estemos  tan conscientes del peligro al acecho.

Hay sin embargo un curioso comportamiento, como aquel de resignarse a una especie de profecía auto-cumplidora; donde todos somos conscientes del rumbo equivocado pero donde a nadie pareciera interesarle enderezar el timón. Sólo se espera que pase lo peor, mientras nos desplazamos voluntariosamente hacia el ojo de la tormenta, precisamente para que la profecía de que todo está mal se cumpla. Es un curioso masoquismo colectivo, donde los responsables principales de asegurar que superamos los obstáculos,  no lucen tampoco interesados  en afirmar con fiereza el timón y tensar las velas, para asegurar la mejor  ruta posible para alejarnos del peligro.

Y es que no de otra forma puede interpretarse lo que está sucediendo con la situación que estamos experimentando. Sucede que el impulso dado por la Reforma Fiscal; promovida por el Gobierno, lejos de permitirle a los distintos sectores tomar impulso para afianzar el rumbo; uno nuevo y distinto, curiosamente ha servido, una vez pasada la Ley, para que el capitán de su espalda a la tormenta. Paradójicamente sostiene el timón con una mano mientras en la otra tiene una copa de vino. Y entonces lo que habíamos avanzado, lo hemos de nuevo retrocedido inexplicablemente. Es una suerte de abandono, a pesar de las fuertes ráfagas que se manifiestan en el entorno.

No menos importante es recordar que al inicio este Gobierno, el del Bicentenario, se había señalado el interés por una ruta clara, para celebrar con creces esos doscientos años de vida independiente, y  la expectativa de hacerlo de forma excepcional, como corresponde, lo cual se ha venido también a pique. Nada más propicio que aprender a pensar diferente, en medio de las dificultades, para imaginar una sociedad distinta a partir del Bicentenario Patrio. Es una lástima perder esta valiosa oportunidad, de construir un proyecto acorde a las circunstancias y con una narrativa oportuna, en vez de  estar a la espera de un milagro que le permita al Gobierno, llegar a la otra orilla. Toda esa fuerza y el entusiasmo iniciales, parecen haber sido  puestos en la dirección contraria, porque la sensación es que retrocedemos. El comportamiento político, social y cultural evidencia el  manojo de contradicciones ante las manifestaciones de tormenta, lo cual impide a la vez que  vayamos todos navegando con la voluntad de  asegurar el rumbo en la misma dirección.

Y es que la primera responsabilidad sin duda alguna la tiene el Gobierno de la República a quien se le ha delegado la función de buen capitán, donde la experiencia, la destreza, el valor y la determinación, el coraje debieran jugar un papel fundamental. Se avecinan ráfagas más fuertes, un oleaje más impetuoso, y condiciones que no parecen mejorar en el corto plazo.  El islote del anhelado Bicentenario está muy cerca, y quizás desde allí podamos trazar una ruta nueva y distinta para arribar a buen puerto.

La Reforma Fiscal fue un buen inicio para tensar las cuerdas; propicias para el oleaje, sólo que el Gobierno parece haberse agotado en energía y en ideas y pareciera en ese comportamiento, evidenciar una especie de confort y conveniencia, como esperando las condiciones cambien un tantito. Desea tomar un bote salvavidas. Esto es lo que es realmente lamentable, porque lo primero y más importante es la actitud, la firmeza necesaria para enfrentar la adversidad y lo segundo inspirar a la tripulación hacia el sacrificio, pero también al mismo tiempo hacia la esperanza. La nave social continua  a la deriva y la Isla del Bicentenario, se aleja cada vez más porque no existe el impulso ni la destreza para llevar la nave social hacia allá.

Más esfuerzos, mayores sacrificios, visión, liderazgo consistente, actores sociales con sentido de la responsabilidad social y compromiso con los que vienen, eso es lo esperado. Por qué será que esto luce imposible cuando precisamente más lo necesitamos. Nos alejamos de la Isla del Bicentenario y nos adentramos en la incertidumbre del mar picado, con la plena complacencia de este Gobierno.

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