Editorial: Las señales de los tiempos

El aberrante individualismo y el escepticismo no son de mayor ayuda a las señales de estos tiempos

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La incertidumbre es lo único cierto. Nadie podía imaginar este nivel de postración de la arrogancia, de la vanidad, de la soberbia humana, arrodillada hoy ante una partícula viva que asusta a toda  la sociedad. Pero es el miedo sobre todo, el nuevo fantasma que recorre el mundo en este pequeño instante del segundo milenio y el cual se desplaza como una nube que lenta recorre el planeta, sembrando desconcierto en las gentes de todas las nacionalidades y culturas. Países pobres y países ricos se ven sorprendidos de repente por el contagio masivo de sus gentes, haciendo un esfuerzo hasta ahora inútil por contenerlo.  Los científicos sorprendidos tratan aceleradamente de resolver el acertijo que envuelve a todos por igual. Políticos asustados recurren a acciones improvisadas para tratar de enfrentar aquello que hoy  maltrata sus discursos vacíos, por cuanto este mal es superior y hace caso omiso de sus más absurdas decisiones. Costa Rica pareciera ser en esto hasta ahora, una importante excepción y debe reconocerse, aunque aún se ignore el devenir de toda esta situación.

Lo cierto es que la confusión por ahora es global, y sin importa lo que se haga hay que sobrellevar las consecuencias de este pequeño y poderoso enemigo. Las naciones económicamente poderosas sufren también, resienten el fruto de su propia negligencia, así como el desdén por la investigación y la ciencia,  y por ese Estado que producía bienestar.  Las estructuras burocráticas formales, los grupos de poder y la sociedad en general están siendo tomados por asalto. El virus ha traído una buena dosis de humildad que tanta falta había venido haciendo e igualmente ha evidenciado; como suelen hacerlo las crisis, la parte más linda y también la más fea del ser humano: el egoísmo, la actitud miserable del me salvo yo y que se hundan los demás, pero también el altruismo, el compromiso, la compasión emergen de la nada. Asimismo, como se sugiere en la nueva obra La Cuerda de Terciopelo de la Economía: La desigualdad convertida en gran negocio del Dr. Nelson D. Schwartz, como recientemente lo expusiera en una entrevista de CNN. El contenido de su obra, se resume a que los viajes, el placer, la educación, el trabajo y la salud de repente se transforman mediante en ilimitados privilegios para los poderosos y cada vez en algo impensablemente  peor para los demás. La desigualdad se convierte en una brecha infinita entre unos y otros. Se van agudizando las desigualdades y las elites opulentas procuran refugiarse en bunkers, para guarecerse y separarse de todo aquello que se relacione con la otredad.

Emula lo que acontece hoy en día, a la obra El Ensayo a la Ceguera del laureado escritor Portugués José de Sousa Saramago, referido a un  mal que enceguece a las personas en una epidemia tipo coronavirus, el cual se extiende poco a poco produciendo que las personas pierdan la vista, lo cual a fin de cuentas permite sacar; no lo mejor sino lo peor del ser humano en su relación con los demás. La esperanza sin embargo se mantiene, inclusive en esa increíble pieza de literatura cuando la única persona vidente puede conducir a una solución realmente humana.  Esa pareciera ser la utopía, y al mismo tiempo la única salvación. Siempre hay quienes lucharán por no desistir, y para hacer que la compasión y la solidaridad prevalezcan, así como la tenacidad,  indispensable para procurar una respuesta positiva a la angustia de la colectividad.

Todo está cambiando rápidamente y el impensable escenario en que nos encontramos,  nos hace caer en cuenta, de algún modo,  que vamos en contra del curso que debiera merecer la humanidad, lo cual obliga no sólo a crear una nueva narrativa de convivencia, sino una actitud espiritualmente distinta como para poder sobrevivir y permitir a las nuevas generaciones, el modelo de sociedad al que podamos idealmente aspirar. Aspirar al mismo tiempo a diluir la arrogancia y  miseria incrustadas en la mente.

Los científicos, volviendo a nuestra situación, buscan una fórmula con forma de vacuna, que controle el mal, al tiempo que filósofos y personas de fe, lo hacen dentro de sí mismas para ofrecer a los demás una forma de comportamiento aplicable afuera y con los demás.  También lo harán los políticos de nuevo cuño, aquellos con sentidos de responsabilidad social; que los hay, porque a fin de cuentas la gestión política es indispensable para lograr salir delante de este descomunal “mitote” a decir de los Toltecas, y poder ver la luz al final del túnel. Lo que la sociedad está recibiendo, quizás no sea otra cosa que las señales de los tiempos y que nos evidencian a través de sus manifestaciones, el daño que infligimos a la Naturaleza.

Cada sociedad debe usar entonces sus mejores armas para hacer frente a los presagios, creando quizás una forma de ver y hacer las cosas de un modo diferente, por lo menos a partir de este momento del Siglo en adelante. La colectividad ha de sacar las mejores reservas de sí para poder al menos contener los golpes recibidos de Natura. Ante esto, la conciencia individual, necesita más que nunca entrelazarse con la de los demás para en forma colectiva, reconstruir el dañado tejido social y espiritual, porque de lo contrario poco será lo que se pueda hacer.

Costa Rica, mantiene signos vitales en su aguerrido espíritu del pasado, del que heredamos de padres y abuelos, de amor, de compasión, de solidaridad, pero sobretodo de fe ciega en una fuerza superior a la cual se suma la propia. El aberrante individualismo y el escepticismo no son de mayor ayuda a las señales de estos tiempos. Para que renazca algo distinto, debemos tener una fe superior en nosotros mismos y en algo más que en las necedades vanas y los inocuos refugios materiales. Estamos destinados para algo superior, siempre y cuando sepamos leer estas señales de los tiempos que sin duda alguna, nos harán pagar una seria penitencia antes de poder resurgir y salir adelante de estos momentos difíciles que estamos viviendo.

 

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