Editorial: Ley de empleo público. Más allá de los pretextos (Incluye podcast)

La pandemia nos desnudó y nos da la oportunidad de las grandes e impostergables decisiones. El momento realmente es ahora y esta decisión integral es también necesaria.

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El sistema de empleo público es otro de esos grandes temas que se ha venido arrastrando sin mayor interés político por atenderse, y con el paso del tiempo ha venido a incidir de forma severa en las finanzas públicas, con un impacto gradualmente grosero entre empleados del mismo sector estatal. No se trata tan sólo de la atomización del sistema de empleo público, y de la opacidad en su manejo integral, sino además de la desigualdad e inequidades impresionantes que se ha  venido generando.

Esto es un problema de vieja data que algunos han querido relacionar con la situación coyuntural del convenio con un organismo multilateral, al que dicho sea de paso hemos llegado en este país, por miopía o inacción. Hay sectores que apelan a usar el viejo cuento del “Coco” para distraer el problema de fondo, del cual diferentes gobiernos  han sido cómplices de una u otra forma, sea por omisión, inercia o por ventajosa comodidad. Lo cierto es que la valiosa descentralización del poder, y las importantes autonomías para proteger las instituciones, fruto de las más significativas conquistas sociales; engendradas por una guerra civil,  posibilitó a la vez y en forma gradual con el paso del tiempo, que la institucionalidad fuera vaciando de contenido el valor y el propósito de ese legado. Como tantas otras cosas, el sistema de empleo público ha degenerado en una cosa con vida propia muy alejada de su propósito inicial.

Se creó un Servicio Civil, adscrito a la Presidencia de la República, para modernizar el Estado en materia de empleo público; lo que ciertamente se logró en sus primeros años y que a la postre, por su limitado radio de acción (Poder Ejecutivo) culminó y contribuyó más bien a una especie de arteriosclerosis del régimen de empleo público, manipulada sin duda alguna a conveniencia de los patronos y también por distintos gobiernos. Al final el empleo público, se tradujo en un sistema anacrónico sin control alguno sobre casi una veintena de diferentes regímenes concebidos y fortalecidos a lo interno de la institucionalidad; algunos precisamente apelando entonces a las autonomías. Éstas sin embargo se han pervertido y convertido en “licencias para matar” generando privilegios espantosos a grupos de funcionarios. Ojo sin embargo que una Ley de Empleo Público, va mucho más allá de la cuestión salarial.

La anarquía en los distintos regímenes ha venido quedando al descubierto.  Este despropósito  incide: en el reclutamiento, en la escogencia, en la selección, en la capacitación, en la calificación, en la penalización del funcionario y además en su inmovilidad pétrea. Una camisa de fuerza que con el tiempo le ha extraído el alma al propósito del constituyente sin duda alguna, sobre el valor del empleo y del servidor público, convirtiéndolo en finalidad.

Este problema, es uno más que caracteriza hoy en día la situación integral del Estado Costarricense que se nos está cayendo a pedazos, es un factor más de la ecuación y por supuesto no el único. De ahí que sea fundamental que los costarricenses aprendamos a ver los problemas de forma integral, con visión país y con una ruta estratégica clara hacia el futuro. La idea es lograr el alineamiento de los diferentes grupos de interés y presión, sean estos laborales o empresariales, cada quien con su propia agenda de intereses. Es el llamado urgente a un nuevo acuerdo social para salvar entre todos, perdiendo cada quien una parte de sus privilegios u omisiones en beneficio del estado de bienestar de la colectividad.

Todo esto pasa sin embargo, también; aunque no exclusivamente,  por una Ley de Empleo Público moderna y lejos de los ruidos agoreros y sobretodo distractores de los temas de fondo. La Ley del Empleo Público es un imperativo, pero ojalá sin excepciones y es el legislador quien lo decide. Retardar esta decisión, como algunas otras de orden estructural, incidirá con gran impacto en las generaciones venideras. Ya eso está ocurriendo.

La pandemia nos desnudó y nos da la oportunidad de las grandes e impostergables decisiones. El momento realmente es ahora y esta decisión integral es también necesaria.

 

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