Este parece ser un grito silencioso que brota en todos los espacios: en las organizaciones, en las instituciones, en las empresas, en los partidos, en las asociaciones culturales y filantrópicas, pero también para conducir el rumbo del país. No se puede revitalizar el sistema democrático de manera integral, sin contar para ello con los liderazgos visionarios y orientadores, o para enfrentar estos momentos, en los cuales se demanda un rumbo distinto al que llevamos como sociedad.

Existe una buena cantidad de costarricenses, trabajadores buenos en su mayoría; tanto en lo público como en lo privado, que a través de diferentes agrupaciones ven y atienden desde ellas, el alcance de sus objetivos mediante un trabajo noble y honesto, en procura de lograr sus comunes anhelos e intereses. Ciudadanos que se percatan de que algo extraño está sucediendo en el país; a prácticamente todos los niveles, y sienten entonces la necesidad de articular de algún modo sus esfuerzos con otros. Todo ello con la peregrina idea de enfrentar con mayor determinación el futuro y los obstáculos a enfrentar. Arribar entonces al futuro, con optimismo, es parte importante de la tarea.

Y es que debe tenerse claro que el lamento, no es un recurso suficiente, aunque haya una debida catarsis entre iguales; es decir de personas que piensan y sienten que el país se nos está yendo de las manos. La cuestión es más bien el cómo unir su energía y esfuerzo a otros, para emprender una contención importante ante los liderazgos autoritarios e irracionales, cuya finalidad es el poder por el poder. Hay algo superior: una conciencia ciudadana necesaria para reaccionar y procurar alianzas, sean estas tácticas o estratégicas; pero todo bajo la premisa superior, de detener o contener el acelerado deterioro democrático que el país está experimentando. La obligación por tanto, es recurrir a la conciencia individual de personas con la actitud, la determinación y el conocimiento necesario como para comprender las complejidades de la actual coyuntura, y más importante aún, saber lidiar con ellas.

La vocación para el liderazgo hasta ahora al menos, ha sido concebida como una propiedad especial y particular de ciertos individuos, cuya forma de incidir en otros es notoria. Personas dispuestas a dar la milla extra, a recurrir a los sacrificios necesarios, y quienes permitan con su propia luz, iluminar el camino. Carismáticos o no sí poseen capacidad de influencia para lograr cosas mejores, no sólo a nivel colectivo sino también a nivel país.

Estamos a dos años de terminar la gestión de este gobierno, cuya capacidad ha sido alejarnos del diálogo constructivo, de la visión certera, de la solidaridad, de la paz social necesaria y de todo aquello cuanto nos ha permitido ser la sociedad civilista que conocimos. El resentimiento, la venganza, el malestar, la polarización, han sido escogidas como armas para la gestión y con ello lo único que se ha logrado es alejarnos cada vez de la concepción como sociedad pacífica y civilista que heredamos de nuestros mayores. Ahora sin embargo, la tarea es hilvanar, tejer, construir y avanzar más nunca retroceder. Y ante la posible incomprensión que padezcan las nuevas generaciones, estamos seguros de que los liderazgos buenos, honestos y constructivos no tardarán en aparecer; y porque también en el fango de las circunstancias: florecen las plantas.

La sociedad costarricense demanda esos nuevos liderazgos, esas mentes brillantes que a la vez posean las condiciones éticas para el cambio necesario. Hay tiempo y a la vez no lo hay, por tanto debe aprovecharse al máximo para que emerjan, nutrirlos, cuidarlos y asegurar que se manifiesten. Se necesitan a todo nivel y en todas las organizaciones y por supuesto en el país. Ese momento es ahora.

 

Por Redacción

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