Editorial: Los diversos síntomas de la realidad y el nuevo rumbo de las cosas…

Pensar en el Bicentenario de la independencia patria, es tan importante como reorientar el rumbo, para apuntar la brújula hacia ese Norte.

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Las cuarterías y los casos de COVID-19 que en ellas también parecen multiplicarse, han dejado al desnudo otra faceta de la realidad, expresada como una pequeña planta cuya semilla cayó en las rendijas del deterioro social y  que ha venido creciendo con el tiempo, hasta convertirse en un árbol robusto, cuyas raíces se aferran a lo impensable.  Junto a ello el desempleo ha venido multiplicándose tanto en zonas rurales como en las zonas urbanas; también en el Gran Área Metropolitana, con la consecuencia ineludible, de su impacto en el porcentaje de pobreza que en el país ya supera el 20%.

Todo aquello que se ha venido escondiendo debajo de la alfombra a nivel nacional, pero también a nivel local, ante la mirada indiferente de los gobiernos locales y de las instituciones, irrumpe ahora con fuerza inusitada.  Mientras tanto en hospitales y clínicas del país, los médicos y en general los trabajadores sanitarios, luchan e insisten en hacer llegar su mensaje a la población y en especial a un sector que luce inmune a todo acto de responsabilidad solidaria.  Para muchos, debe reconocerse sin embargo, que su primera necesidad se llama sobrevivencia,  de modo que el COVID-19 y el clamor del Ministerio de Salud, no forma parte de su agenda, porque ni siquiera está escrito en su manual de supervivencia cotidiana. Claro está que en otros casos prevalecen la ignorancia y el resentimiento social, cuyas raíces son igualmente profundas. Ellos  asumen el desafío  y la rebelión como forma de expresarse. Todo sin embargo forma parte de una misma realidad  y de un mismo problema; cara y canto, como hemos dicho en alguna otra ocasión, de la misma moneda. Estamos frente a un Estado (a lo mejor mal llamado Democrático y Social de Derecho para algunos) en peligro de sucumbir, dándose paso a manifestaciones violentas de muy distinta índole.El tapón sanitario no parece resistir más, porque estos otros aspectos de la realidad están ahí presentes y se van manifestando poco a poco, o bien de forma intensa. A pesar de ello, el mensaje sanitario cala poco a poco, pero más por la bofetada de la realidad, que por los llamados a la cordura, la cautela, y  la precaución que hacen las autoridades.

Hay una extraña dualidad de las cosas: por un lado se encuentra un sector de la población confinado, siguiendo las indicaciones y actuando con la prudencia que ameritan las circunstancias, pero por otro entonces, quienes por necesidad o negligencia, se tiran a la calle a realizar su quehacer, dando la espalda a las advertencias y a los consejos, convirtiéndose a la vez, en peligrosos agentes de contagio, que transitan por las ciudades y en el campo. Es el reflejo mismo de las dos Costa Rica, aquella de los que pueden “guardarse” voluntariamente y la de los necesitados; de los excluidos y marginados de  mejores oportunidades que les permita seguir  adelante. Unos se manifiestan en la calle; la gran mayoría, mientras los demás esperan en casa, por un mejor momento que les permita retomar su actividad.

Otro síntoma que el país experimenta; aunque de naturaleza diferente, es el maniqueísmo exacerbado y la repartición de culpas entre unos y otros para señalar quienes son los buenos y quienes los malos en este momento para Costa Rica. Este comportamiento se agudiza, ante la ausencia de un verdadero Norte; un sentido razonable, o bien de un rumbo claro el cual pareciera imposible de señalar y en todo caso no tan sencillo de apuntalar.

La pandemia es una especie de hoyo negro que atrae todo a su magnética fuerza destructiva, llevándose hacia sí toda manifestación pusilánime e incauta que se manifieste a su alrededor. La institucionalidad por su parte, empieza a dar tumbos y ahora sí enfrenta algo que en efecto amenace la morriña burocrática y su crónica arterioesclerosis. Amenazada aún más, por los improvisados zarpazos del Poder Ejecutivo en su necesidad de echar mano a todo, y particularmente a lo más fácil, más no así al sector financiero, ni a la voraz industria farmacéutica, ni a los evasores crónicos, ni a los dueños de locales y negocios que han convertido las cuarterías, en la mina de una malhabida riqueza, tampoco a puesto en jaque a otros grupos que se han venido engordando gradualmente de ese estado de cosas, injusto y desigual.  Nos encontramos ante un problema mayúsculo de gigantescas proporciones, que no se resolverá en días, por cuanto en años no ha sido posible, y mientras la basura se acumule por años, debajo de la alfombra democrática.

Son tiempos de “me salvo yo y que se hundan los demás”, lo cual se manifiesta con excesiva crueldad, ante la mirada desesperada de los más conscientes y particularmente de aquellos que se encuentran en la famosa primera línea, atendiendo el impacto de la pandemia. “Porta a mí“ y “vaya échele la culpa al gobierno” son ese tipo de indicadores que nos revelan sin duda el nivel de desorientación por el que actualmente atravesamos los costarricenses. Al Gobierno, que ya venía dando tumbos desde antes, este nuevo mal le cayó de forma tan intempestiva que sólo ha atinado a dar manotazos, los demás sólo se recuestan sin asumir responsabilidad por sus propias decisiones. Los poderes del Estado han dejado de serlo y brillan pero de opacidad, o simplemente no están a la altura de las nuevas circunstancias.

Es cierta la afirmación, expresada recientemente por el Presidente Alvarado de que “o nos unimos o nos hundimos”. Se la hemos escuchado también a los empresarios, a los dirigentes sindicales, y a los economistas responsables, como lo ha hecho el Arzobispo Salazar al elevar su voz, pensando en voz alta por el sector responsable de la jerarquía eclesiástica. Se lo hemos escuchado a los dirigentes sindicales y hasta a legisladores de muy diferentes fracciones político partidistas. Entonces la pregunta que surge es, ¿de quién es la responsabilidad?   Sin duda es de todos. No hay que esperar a ser llamados, también hay que ponerse a la orden. No hay que sentir que la solidaridad se da cuando se pida, sino que hay que ejercerla sin ambages.

La bendita pandemia ha venido a evidenciar todas las carencias y debilidades del modelo de desarrollo económico, político y social. El futuro nos ha llegado por anticipado. Acostumbrados a una gradualidad perniciosa, la pandemia de repente nos ha dado una bofetada que aún tiene a la mayoría en estado de shock. En efecto el momento es ahora y la obligación de adaptarse es un imperativo nacional.  Es como sí los riachuelos, formados de muy distintas corrientes e intereses, buscan de alguna manera llegar a un punto de confluencia donde  las aguas puedan juntarse y formar un importante caudal. Ese es el rumbo que parecen o bien que debieran estar tomando las cosas, o al menos es la forma en que inevitablemente deberíamos verlo.

Es indiscutible  que hay que recomponer el deteriorado pacto social; esa forma de convivencia pacífica entre grupos sociales que permitió la Costa Rica conocida por su paz y desarrollo. Ese pacto se encuentra hoy en alto riesgo, en términos muy criollos “en alitas de cucaracha”.  Los actores sociales, han descubierto que en tiempos de escasez es más fácil recurrir a la ley de la selva y al canibalismo, para salvaguardar intereses propios, que hacerlo solidariamente con los demás. Bajo esta premisa sin duda, lo que puede ocurrir es que nadie se salve, pero explicar eso es posiblemente igual de  inútil.

Por eso, pensar en el Bicentenario de la independencia patria, es tan importante como reorientar el rumbo, para apuntar la brújula hacia ese Norte. Es la única forma de que la sociedad costarricense llegue a   puerto seguro, y por eso es imprescindible detenerse abruptamente y reflexionar sobre los delicados síntomas que experimenta el país. Debemos asumir la responsabilidad correspondiente para rectificar y navegar en la dirección correcta, para salvar al mayor número y preservar el futuro de las nuevas generaciones; ya muy golpeadas por estos caprichos del destino.

No todos, pero sí los más conscientes debemos constituir esos riachuelos cuyas aguas tengan pronto que juntarse para poder hacer que la nave social pueda navegar hacia esa nueva tierra, no prometida, pero si anhelada y en armonía con la naturaleza. Claro que esto es posible, pero  depende para ello de las mentes más lúcidas, y también de aquellas conciencias mayormente comprometidas con los más elevados ideales en aras de una sociedad mejor. Sí, claro que es posible y  a pesar de las penurias y las circunstancias que nos afligen como colectividad.

 

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