Editorial: Los partidos políticos y su imperativa actualización (Podcast)

Revitalizar los partidos es depurar la democracia misma, así como al Estado necesario en tiempos que más lo necesita la colectividad. Esto continúa siendo cierto en cualquier sociedad que se jacte de ser democrática, y para la nuestra ni se diga.

Es cierto que a la ciudadanía le interesan organizaciones políticas conectadas a sus necesidades reales y que los partidos políticos, lamentablemente, se alejan cada vez más de esas necesidades y es de ahí o producto de eso también; que se generan los vacíos donde aparecen maromeros políticos, y esos que ahora hemos dado en llamar populistas o autócratas. Además, las distracciones hoy día son múltiples, merced a la tecnología y sus avances, y entonces muchos consideran que ya no necesita más de otras fuentes para el conocimiento, opinión e incluso formación, que no sean las tecnológicas; medios convertidos en fines y nutrientes de todo pretendido saber. Ciudadanos neutralizados voluntaria o involuntariamente por tanta información aceptada al momento como real: acontecimientos y tanta mezcla de verdades con mentiras o mentiras absolutas, que dan una forma de ver el mundo, y donde los hechos se subordinan a la interpretación mágica y absurda de manipulados expertos, quedando toda interpretación sujeta al arbitrio de su alquimia.

 

Dar sentido a las organizaciones político partidistas en este contexto de la época, es por consecuencia un reto mayor, asociado a las responsabilidades de cada quien y particularmente al de quienes no se cansan de leer libros para ejercer su intelecto, o de quienes constantemente procuran fuentes frescas y confiables de información para beber de ellas. La tarea no es sencilla aunque es posible generar una narrativa actualizada para la formación ciudadana, la cual demanda evolucionar y desarrollarse bajo las excepcionales circunstancias de nuestro tiempo.

Experimentamos esa extraña transición de un mundo y una sociedad que ya no es, y de otra que procura adaptarse en un entorno que no deja entonces de cambiar. De ahí la preocupación misma de científicos y estudiosos por tratar de controlar la vertiginosidad con que se desarrolla la inteligencia artificial, esa que poco a poco va separándose abismalmente de la inteligencia humana, para sustituir los cambios que la especie demanda, en su anhelo por evolucionar y crecer de forma armónica con la naturaleza misma.

Las personas conscientes deben agruparse, deben discutir y analizar en espacios donde le sea posible a sus ideas consolidarse y expandirse, retomar el liderazgo de las organizaciones políticas y cuestionarlas a fondo. Asegurarse de que están teniendo, mediante su inquietud intelectual o de conocimiento, una noción mínima sobre los grandes cambios que se están experimentando, o al menos, poseer una noción clara de su propio entorno y de las debilidades de los partidos políticos ante lo que realmente ocurre en el entorno. No deben cesar en darle un sentido humanitario, o en creer honestamente en el bienestar social como indispensable para el futuro de cada quien, porque esa es también responsabilidad de estas organizaciones.

La crisis de los partidos políticos es también necesaria e indispensable, para reiniciar el camino por el que inequívocamente transita la democracia. Los partidos políticos continúan siendo la esperanza para ese cambio necesario, pero para ello deben abandonar sus viejos ropajes, sus vetustos liderazgos, y asumir con nuevos bríos la ruta que les garantice no sólo la sobrevivencia, sino también la posibilidad de nuevos derroteros para la colectividad. Bienvenida sea por eso, la crisis de las organizaciones partidistas, porque de ellas debe emerger la energía suficiente y necesaria de esos ajustes inevitables en este entorno agitado y convulso. Los partidos políticos no están pasados de moda, pero posiblemente sí los liderazgos que rechacen aceptar la urgencia de su transformación, y por eso es importante distinguir los medios colectivos de los fines individualistas.

Revitalizar los partidos es depurar la democracia misma, así como al Estado necesario en tiempos que más lo necesita la colectividad. Esto continúa siendo cierto en cualquier sociedad que se jacte de ser democrática, y para la nuestra ni se diga.

 

 

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