Editorial: Navidad y la tradición cristiana

Deberíamos recuperar el verdadero espíritu que conlleva la tradición,  porque podría hace renacer la fe en nosotros mismos, y hasta quizás hallemos el camino que buscamos en tiempos nuevos.

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Nadie sabe a ciencia cierta, aunque todos lo sospechemos, cómo y cuándo fue que Colacho empezó a llegar a Costa Rica, porque obviamente no teníamos chimenea en nuestras casas y cómo diantres entonces llego a poner los regalos junto al árbol de navidad, en cajas envueltas con papeles de figuritas y lazos muy lindos, para que aparecieran con sus llamativos colores. Más misterioso aún la forma en que los muñecos de nieve, fueron a dar a los techos de las viviendas tropicales, y a los jardines. Inclusive los hay en los calurosos puertos, y hasta en la pampa.

De acuerdo a nuestra tradición cristiana, esa que vivimos durante la infancia una generación de costarricenses, era el niño quien nos traía alguna cosita por medio de nuestros tatas: un carrito de madera, un muñeco, un trompo metálico de la Avenida Central, unos “yaxes” y cromos, una bola o hasta un velocípedo. Todo ello coincidiendo con su nacimiento. Teníamos entendido que la tradición  dio inicio en un pesebre, el niño al lado de sus padres;  en un sitio abundante en paja, bajo un techo humilde, donde además había una mula y un buey (un animalito terco y otro plácido para emparejar). Había además y con suerte, un arbolito de ciprés, con un mágico aroma que penetraba al alma, unas poquitas luces de colores sobre las vedes ramitas y quizás alguna escarcha. Posiblemente por ahí en la sala, había un tronco de guitite cubierto con blanco yeso, con un venadito encima, y un par de bolitas, azul una roja la otra, sobre la supuesta nieve…

No sólo se ha dado un cambio profundo y significativo en aquel importante acontecimiento en la Pascua, sino que hoy muchos guilas pudientes, salen desaforados a ver que les ha dejado Santa. Antes la tradición señalaba acudir a misa con la familia a misa de gallo en la iglesita del barrio o del pueblo, para dar gracias por las bendiciones y también para pedir por salir delante de las congojas y los infortunios de la casa.  Aquel momento espiritual de la época; luego del inicio de las vacaciones escolares, se fue transformando en uno de majadera materialidad, de modo que la felicidad y la paz de las familias, se plasma en la cantidad y calidad de las ofrendas recibidas, generándose una distorsionada perspectiva de aquella  legada por nuestros padres y abuelos.

Hablamos de tradición cristiana, porque esa fue la que nos dejaron hace varios siglos quienes trajeron su cultura, imponiéndola sobre la nuestra; de la nativa, orientada en aquel entonces a agradecer al sol, a la lluvia y a las manifestaciones excelsas de la naturaleza, por sus bondades a la especie humana. Desde la conquista heredamos otra perspectiva cultural y por ello se celebra el nacimiento, al que los nuestros ancestros también dieron buen significado. De ahí los reyes magos de Oriente, unos padres humildes, pastores con sus ovejas y hasta un ángel; representaciones que también han sido vaciadas de su significado.

No es de extrañar entonces que esa evolución de la tradición nativa y la cristiana, se oriente ahora; no a la meditación sino hacia el consumo, a la caridad calculada y a la elaboración de promesas egoístas. Se ha hecho abandono del significado y de la fe, de quienes con su ejemplo, nos enseñaron el valor simbolizado en aquel viejo portal. Deberíamos recuperar el verdadero espíritu que conlleva la tradición,  porque podría hace renacer la fe en nosotros mismos, y hasta quizás hallemos el camino que buscamos en tiempos nuevos.

 

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