Editorial: Partidos en crisis, democracias en la encrucijada…

Es tiempo de tomar conciencia, de ser críticos pero no destructivos

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Sin duda la democracia como sistema político está en situación crítica  y los  diversos estudios reflejan el desencanto y la desilusión de las gentes, producto de un lento pero eficaz deterioro con respecto a sus resultados;  cada vez más distantes del bienestar colectivo. Quizás el factor medular de esta circunstancia se halle en el estado de los partidos políticos al abandonar estos su impulso generador de ideales y representar hoy pequeños y fragmentados intereses.  Los buenos liderazgos  parecen haber desaparecido y el vacío que dejan es cada vez más evidente. Hace un tiempo los partidos políticos podían ser considerados de izquierda, de centro y de derecha porque la cuestión era en realidad vertientes ideológicas de inspiración europea; aunque en  otro contexto histórico.

Así en tiempos recientes, paralelo al debilitamiento de las organizaciones políticas,  hemos visto sucumbir democracias, desdibujadas de su propósito principal,  quedando en  manos de comediantes, tiranuelos y oscuros personajes. Los ejemplos son muchos e incluyen a quien establece diálogos con pajaritos para inspirar a sus incondicionales,  o al tipo fortachón que inspira al supremacismo blanco e transpira xenofobia contra los migrantes pobres, o aquel cuyo ajedrez es desestabilizar otros gobiernos en su beneficio, a la vez que incita al culto a su personalidad.

Y es que los decepcionados y frustrados han optado por todo lo que aparece a la mano, incluido el recurrir a estos extremos populistas, porque es su venganza expresa a la democracia y a su institucionalidad que les ha vuelto la espalda. No en balde estos tenebrosos liderazgos se valen de su verbo para denigrar y desprestigiar la democracia y a su endeble institucionalidad.

Endulzar oídos de masas frustradas y emitir cantos de sirena, es la característica política más notoria de este comportamiento en la etapa de la historia que nos encontramos.  Así lo sugiere también el politólogo Sergio Araya en un diálogo reciente con su colega Claudio Alpízar en el programa de este último: Café y Política. El advierte, que alcanzar el poder y mantenerlo ojalá indefinidamente  es el propósito cierto de estos populistas. La aspiración de cambio de un positivo rumbo se convierte en la vana utopía social,  a  ser manipulada a los impulsos emocionales de estos nuevos y nocivos liderazgos.

Por eso es grande la mofa que hacen estos sujetos  de la institucionalidad, de las formalidades del sistema y de la división misma de poderes, que buscan gradualmente suprimir bajo el mando del poder absoluto. Es decir de todo aquello que estorbe al inmediatismo emocional de sus intereses.  De lo que se trata es de denigrar con toda el alma a la institucionalidad y de rebote a todo lo que esté funcionando en la democracia, porque sino hay contención institucional, lo emocional y subjetivo lo pueden destruir todo.

Todo aquello que le llegue al alma de la ciudadanía desencantada, ocupa un espacio importante en la maniobra del populismo en su ascensión al poder, engendrándose un nuevo círculo vicioso, por cuanto detrás de un liderazgo de este tipo viene por lo general otro peor.

La idea es sentenciar a muerte a las democracias. Costa Rica puede ser que se encuentre en esa misma encrucijada, con sus partidos políticos tradicionales y no tan tradicionales en coma, con una profunda fragmentación política y el notable abandono de la educación política en los partidos y sin el remozamiento de sus cuadros dirigentes; cada vez con mayor espacio  para el subjetivismo.

El peligro está a la vuelta de la esquina y las condiciones dadas, con personajes que poseen fórmulas mágicas para atender las necesidades del  pueblo y cuyos atisbos los hemos vivido en la última campaña.

Rescatar los partidos políticos a través de la más sana y transparente participación es por tanto un imperativo histórico, tanto como proteger y fortalecer la institucionalidad democrática, ese muro de contención necesario que permite dar respiro y sostenibilidad a la democracia.

Las organizaciones políticas deben asumir esa tarea y responsabilidad sin ambages. Es tiempo de tomar conciencia, de ser críticos pero no destructivos, de ser soñadores pero responsables a la vez en el quehacer partidario, de lo contrario seremos arrastrados, al  igual que otros, a las redes de ese populismo maldito y despiadado.

 

 

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