El pensamiento crítico, la discusión, el análisis sereno y la lectura reposada del entorno, son condiciones fundamentales para ser mejores. Esa es la obligación de quienes participamos en la construcción democrática, y respuesta a la vez ante la extraña actitud de “tirar golpes”, insultar, mancillar, y fomentar resentimientos y odio. Estas actitudes hay que combatirlas de forma racional e inteligente, por cuanto la confrontación insulza nos aleja de progresar y ser mejores. Máxime cuando se trata de gobernantes, dirigentes políticos y funcionarios públicos, cuya tarea es educar con su palabra y mediante el ejemplo ante el resto de la ciudadanía.

Hay otra tendencia, no menos nociva paralela al rencor, que es buscar chivos expiatorios; fruto quizás de  la frustración que otorga la impotencia  desde el poder formal, y entonces denigrar se agrega a la receta contra quienes se oponen al relato oficial. Se estigmatiza a comunicadores, a medios, a ciudadanos y también a instituciones completas. Hay por eso que detener la circulación de mensajes de odio, así como las argumentaciones manipuladas y malintencionadas. Y es que también hay una conducta realmente curiosa en muchas personas, quienes al ver replicados sus propios prejuicios y valoraciones subjetivas del mundo que les rodea, se encargan de repetir, reiterar y circular todo aquello que coincida con su forma peculiar de ver el mundo.

Ahora la tecnología se encarga de eso, pero en realidad no se vale hacer eco de prejuicios y comportamientos, que a fin de cuentas sólo ensanchan las propias pequeñeces. Para detener de raíz el problema de la desinformación y la manipulación de la comunicación, se debe tener firmeza, conciencia y mucha responsabilidad ante toda agresión. El tema es entonces, cómo reeducarnos para ser ciudadanos honestos que podamos contribuir al bienestar de la colectividad. Pareciera que debemos luchar contra la tendencia fácil de estar “ viendo la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio”.  Admitamos que hoy en día existen muy diversas formas en que atrofiamos nuestra capacidad de discernir, o al menos debatir nuestras tesis, siendo este uno de los mayores desafíos de los tiempos.

Con respecto a la acción del  Gobierno actual, se podría concluir que ya éste asomó todas sus herramientas, así como su forma de gestionar. El equipo de trabajo de Presidencia ha sido sumamente volátil, además de fragmentado. Podríamos decir que ya esta Administración está en proceso de salida en forma más temprana de lo que hubiésemos esperado, sobre todo en virtud de las expectativas que había generado en la población que votó contra las fórmulas tradicionales.  La bronca se ha diluido en una serie  de pequeñas escaramuzas semanales que no parecen conducir tampoco a rumbo cierto.

Ahora reinicia un proceso político a raíz de las elecciones municipales del próximo año. Es una excelente oportunidad para reflexionar y participar además de contribuir a construir el futuro de la sociedad costarricense, a raíz del abordaje de los temas estructurales que le afligen. El dilema es que ahora el país se encuentra en una situación mucho más comprometida y los desafíos entonces son mucho mayores en el corto y mediano plazo. Una cuestión sin abordar, es cómo hacer reaccionar a los sectores más jóvenes de la población, que se comportan de manera inercial ante las vicisitudes que el país enfrenta. Los más viejos están en la obligación de transmitir su pensamiento y fundamentalmente su compromiso como quizás antes no lo habían hecho. Los más jóvenes por su parte están obligados a asumir la responsabilidad que les corresponde para trazar su propio futuro en el lienzo del Siglo XXI.

Es una necesidad recíproca que no es etaria ni de género en particular. Es de todos.

 

 

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