Editorial: ¿Qué refrescamiento?  Reaccionar o tocar fondo

Estos días el Gobierno, la Asamblea, los empresarios, los trabajadores organizados podrían dejar de lado cálculos y pequeñeces, podrían quizás comprometerse al menos con las nuevas generaciones, con sus propios hijos, con sus sobrinos o con sus nietos.

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La situación fiscal imperante; deteriorada por negligencia durante muchos años, ha conducido gradualmente a un callejón sin salida, el cual  nos pone como colectividad, ante el imperativo histórico de asumir decisiones estructurales, o de acercar al país a la situación que todos saben pero que nadie desea; ese punto de no retorno, renunciando de una vez por todas a las conquistas más preciadas de la sociedad costarricense. Tenemos al frente casi  la última oportunidad para reaccionar o bien para tocar fondo.  Es cierto que la pandemia ha venido a agravar la situación económica a nivel global y local, pero también lo es que ya era difícil  y  el nuevo problema sólo ha venido a generar peso adicional a la situación en que realmente nos encontrábamos. 

Por eso la primera responsabilidad le corresponde hoy en día en primera instancia,  al Gobierno de la República, a quien corresponde articular y atender las necesidades de los distintos sectores de poder, que permitan en su conjunto señalar el Norte a la colectividad.   Y si bien las autoridades de salud, han hecho un trabajo meritorio, esas manos  son insuficientes cuando el capitán conduce la nave en dirección incierta, evidenciando con indecisión, ambigüedad, y desatino quizás la ausencia de capacidad que nos aleja de buen puerto.   

Hay un cierto desvarió en la gobernanza, que tiene su raíz en un discurso pletórico en contradicciones, con una mezcla de miedo, ímpetus localistas, inmediatismo y ante todo ausencia de capacidad para asumir en un momento de gran envergadura para el país.  Y es que gobernar en tiempos de estabilidad política y económica no es lo mismo que hacerlo cuando las condiciones exigen determinación, temple y también visión. Así las cosas, nos encontramos ciertamente ante un significativo invierno histórico; fenómeno que ocurre cíclicamente, sin que en nuestro caso, se evidencie ahora el liderazgo que las circunstancias están determinando. 

Pero también la Asamblea Legislativa ha venido renunciando a enderezar el rumbo del país, y han prevalecido los cálculos político electorales, o los intereses de los pocos que influyen mediante esas poderosas fuerzas que mueven hilos desde afuera, convirtiendo a la mayoría de los legisladores en instrumentos de objetivos ajenos al bienestar colectivo. Debe quedar claro que no es una cuestión de señalar la voluntad o  la conducta política a nivel individual,  sino lo que simplemente los hechos a fin de cuentas evidencian, una vez que las decisiones son consumadas en el plenario legislativo. Al  principio el timón se había tomado con cierta fuerza, a pesar de la diversidad de pensamiento y actitudes. Se hizo de la mano de la Presidencia de la República, pero poco a poco;  conforme fue arreciando la tempestad, se abandonó el deber y prevaleció el temor, se abrazó además el inmediatismo  y resurgieron como consecuencia lógica los cálculos electorales. No hay otra explicación.  La Presidencia hace cambios absurdos e inoportunos y se manifiesta que se deben a un refrescamiento en el Gabinete…vaya argumentación tan paupérrima para momentos tan cruciales.

El país que nos heredaron liderazgos visionarios, ha venido dando tumbos y aunque se vislumbran destellos de hidalguía, la nave social en su conjunto se extravía en la niebla, conducidos por  esas manos pusilánimes y movida en el fondo por quienes sólo buscan la rentabilidad en todo. Es tan increíble como cierto pero  no parece existir otra explicación. Es un momento acongojante para el país, cuando la incertidumbre es lo único que parece progresar en este difícil panorama. 

Hemos dicho que se carece de una narrativa superior, de una gregaria razón de ser, una fuerza inspiradora la cual nos permita renovar las debilitadas fuerzas, para continuar. Los nuevos males comienzan a hacer mella no sólo física sino mental y espiritualmente a la colectividad, y particularmente en aquellos grupos vulnerables donde la marginalización y la exclusión es la única constante.  Es como si se hubiese decidido ya, que la única forma de arreglar la situación y corregir el rumbo, es mejor dejar que lo haga la ley de la selva,  las fuerzas del mercado, o bien los organismos multilaterales como el FMI;  cuyos medios y fines por obvias razones, son estrictamente materiales. 

Algunos quisieran entonces que sean los hombres de negro; esos de maletín ejecutivo con millones de dólares dentro, quienes vengan con su carta y pliego de intenciones, para someternos a condiciones y términos, como fórmula única ante nuestra incapacidad de reaccionar. Y sucede como en aquel famoso cuento de la profecía auto-cumplidora, escrito por Gabriel García Marquez,  cuya frase final pronunciada por la  vieja partera es lapidaria: “Ve se los dije, que habría un gran desastre”. Ahora esos liderazgos con cierto desdén procuran que el desastre, que dijeron querer evitar, han soñado ocurra en realidad,  pase con su  propio consentimiento.Y   a pesar de todo ello, hay todavía algún espacio para reaccionar, para asumir responsabilidad como corresponde, aunque el tiempo y el espacio para ello se agotan. Todavía es posible enmendar y realizar con dignidad, bastaría pensar en los que vienen y quienes aún no han nacido. Eso requiere sin embargo de un comportamiento colectivo distinto, y se trata de la colectividad como un todo,  con el concurso de la mayor cantidad de actores. No es sólo una tarea que compete al Sector Público sino también al Sector Privado y también a la ciudadanía. 

Cuando nos damos cuenta que por empresarios inescrupulosos en algunas regiones del país, no existe el menor interés de cuidar a sus trabajadores del flagelo de la pandemia, porque el afán de lucro prevalece sobre cualquier otra cosa, es fácil darse cuenta de que hechos como estos van a incidir directamente en el maltratado sistema de seguridad social con que cuenta el país. Cuando muchos ciudadanos insisten en violar las restricciones sanitarias o las vehiculares, es que nos damos cuenta que el comportamiento generalizado conduce a una cultura de “porta a mi”, que incide a fin de cuentas en el rumbo del país.  Al debilitar con nuestro comportamiento normativa establecida para ordenar y mejorar, todos contribuimos de alguna manera en hacer huecos al bote.  Igualmente se debilita la institucionalidad democrática, cuando grupos y sectores sólo procuran sean atendidos sus derechos y privilegios, soslayando los deberes de forma igualmente irresponsable. 

Las crisis ciertamente constituyen oportunidades, siempre y cuando se les vea como eso. No pareciera ser nuestro caso en Costa Rica. Nuestra imagen todavía cuenta y nos sigue dando réditos, pero es tan pero tan superficial que con sólo arañar un poquito se nos desinfla el globo. Aunque hay factores de la vieja Costa Rica que dan la cara, la investigación, la salud, la educación, y de ello en realidad sólo utilizamos lo que nos ha quedado de reserva. Esa reserva cualitativa y la reserva moral, es la que debiéramos emplear a fondo para asegurar que las soluciones a nuestros problemas las atendemos nosotros mismos, sin esperar o justificar que venga alguien de afuera a ordenar lo que nuestra incapacidad parece impedir. 

Es hora ciertamente de reaccionar o de sucumbir y entonces tocar fondo. Por qué tenemos que llegar a ese punto ? Qué nos impide darnos cuenta de los errores cometidos y levantarnos con la dignidad que caracterizaron a nuestros abuelos?, aquellos para quienes sellaban su compromiso y honestidad con un pelo del bigote.  

Estos días el Gobierno, la Asamblea, los empresarios, los trabajadores organizados podrían dejar de lado cálculos y pequeñeces, podrían quizás comprometerse al menos con las nuevas generaciones, con sus propios hijos, con sus sobrinos o con sus nietos. Tener un país mejor sólo requiere de amor, compromiso y por supuesto coraje para tomar buenas e importantes decisiones. Por tanto o reaccionamos o tocamos fondo. 

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