El fenómeno de la violencia en Costa Rica, sin soslayar la problemática del crimen organizado, la delincuencia y por supuesto del narcotráfico con sus ramificaciones, tiene sus raíces en situaciones mucho más profundas. Podría hablarse de la pobreza y de la falta de oportunidades, pero el tema de los valores; asociado a las personas de diversos grupos sociales, es uno que no puede ignorarse de ninguna manera. En las calles por ejemplo se manifiesta a diario una agresión que ya sistemática, y hace experimentar al resto de la ciudadanía, una significativa impotencia y vulnerabilidad. No sólo ahí sino en muchos otros espacios.  Los centros educativos, tanto a nivel escolar, de secundaria pero también en las universidades, nos relaciona con la violencia como un fenómeno lamentablemente familiar a nuestra existencia. Esta situación nos lleva a la necesidad en hurgar de forma responsable, sobre las causas de los problemas fundamentales que experimentamos en estos tiempos.

Es muy posible que la desintegración familiar, el deterioro educativo, la forma en que hoy se educa dentro de las aulas y fuera de ellas, sean una posible respuesta a este fenómeno, el cual experimenta la sociedad en su conjunto.  Anteriormente los padres y abuelos educaban a su estilo pero lo hacían. La escuela llamaba por medio de sus maestros la atención a quienes no se comportaban adecuadamente, e igualmente los jóvenes organizados en sus comunidades parecían manejarse con un código importante de comportamiento ante la colectividad. Ser pobre o ser rico no hacía a nadie ser más ni mejor y la relación entre pares parecía bastante diferente a la forma en que lo es en la actualidad.

La pregunta es adónde fue que nos perdimos, porque lo cierto es que el irrespeto, la vulgaridad, el desprecio hacia los demás y el comportamiento violento de muchas personas sólo puede atribuirse a una ausencia de valores de todo tipo. El temor a Dios, o bien al castigo de los mayores, o de las autoridades educativas eran factores que funcionaban en el comportamiento de los educandos. Todo eso sin embargo ya se ha perdido. El irrespeto y la violencia, la indiferencia ante los derechos de los demás, son comportamientos cotidianos en la Costa Rica de hoy.

La cuestión es que si no alcanzamos a comprender y aceptar, o bien que sí no inculcamos o reforzamos valores en los tiempos difíciles que vivimos, será muy difícil entonces erradicar todas las formas de violencia, actualmente presentes.  Esto significa que sí no hay un código moral mínimo para relacionarnos con los demás y para la convivencia, entonces es difícil esperar un cambio significativo del peligroso rumbo que llevamos como sociedad en decadencia.

El problema de la seguridad no podemos atenderlo solamente en sus manifestaciones sino que es fundamental leerlo en sus causas y naturaleza, porque forma parte de un todo entrelazado, el cual debemos aceptar y entender en su real magnitud. Por eso mismo es que asignamos a la formación y al proceso de socialización un rol fundamental. Debemos diseñar hoy día, la forma creativa de inculcar valores que nos recuerden la importancia del otro, así como de nuestra propia responsabilidad con los nuestros y los demás. No es posible que la violencia sea un instrumento de relacionamiento social como parece serlo hoy en día.  De esto deriva el hecho que consideremos que el primero y mayor esfuerzo debe estar orientado a diseñar una nueva escala de valores, la cual permita una revaloración no sólo sobre el entorno, sino también con respecto a los demás. Cómo inculcar relaciones sanas y con profundo respeto a los derechos humanos en  las nuevas generaciones, y en todos los ámbitos es la cuestión.  La verdad es que vienen tiempos difíciles, pero por algún lado debemos comenzar, sentir fe, dar confianza, generar amor, lealtad, principios y respeto absoluto por los demás…Será que tan elemental propósito se haya convertido en una quimera?  Sí empezamos de nuevo por donde debe ser, le iremos ganando terreno a la violencia en todas sus manifestaciones y nuestra propia seguridad habrá sin duda mejorado. Será que podemos lograrlo?

 

 

 

EDITORIALES ANTERIORES