Editorial: Sobre encuestas y formación política

Hoy sin embargo, basta con ver los titulares de los medios en general o de analizar y valorar la información, para darse cuenta del tipo de insumos “vaciados” en la cabeza de la opinión pública, y desde donde se producen tantos juicios de valor, insultos  y opiniones superfluas a granel

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Las encuestas son por lo general una radiografía de dos cosas, por un lado  de la percepción de la realidad inmediata, como lo son los  huecos en las calles, los asesinatos a la vuelta de la esquina, las perforaciones en la obra vial recién arreglada, los precios en la feria del agricultor o “el super”, el trabajo que no se consigue, el asalto al negocio de la esquina,  los motociclistas que se matan todos los días y  tantos sucesos que indiscutiblemente afectan e indignan.

Estos hechos inciden de forma directa e inequívoca en la opinión sobre estos temas (seguridad, empleo, infraestructura).  Pero por otra parte se encuentra el fruto de la información y comunicación brindada por los medios masivos, las redes sociales, el trabajo de los grupos de interés y de presión, o bien de la propaganda y el exhaustivo trabajo de periodistas, analistas y  “todólogos”, quienes procuran y de hecho inciden en la opinión de las personas.

Ello sin embargo, no se puede decir que está mal, porque en realidad forma parte del juego democrático y contribuye de algún modo al debate público. Lo que sucede en realidad, es que al retroceder el país tanto en la calidad de la educación como en la formación ciudadana, la manipulación termina teniendo un profundo impacto en las opiniones de las personas, por cuanto  se carece del instrumental para valorar, con criterio razonablemente objetivo lo que acontece.   También incide en la sociedad como un todo sin lugar a dudas.

Posiblemente le sea más fácil a mucha gente opinar de fútbol, porque puede ver los partidos y sacar sus propias conclusiones, aún sin escuchar al millón de directores técnicos que abundan en la radio, en la televisión y también en la calle, como también opinar sobre curas, sexo  y religión. El dilema continúa sin embargo, siendo el mismo, cómo se puede opinar sobre medidas que la sociedad necesita tomar en una coyuntura particularmente difícil, sin contar las personas, con los instrumentos de análisis más elementales?. Claro está que pesa también la desilusión provocada en la ciudadanía, por partidos y liderazgos políticos de uno y otro signo.

Bajo estas condiciones es sin lugar a dudas, más fácil criticar y proceder en forma negativa, contra la institucionalidad, los liderazgos y las voces de  quienes procuran construir en un entorno complejo, que tomarse el tiempo para informarse o instruirse como corresponde. En otros casos debe considerarse, que tiempo y oportunidades no es algo de lo que dispone la gente excluida o marginada por la dinámica económica y social, y es parte del dilema.

Bajo estas condiciones mencionadas,  es muy fácil profetizar lo que la gente siempre va a opinar, no sólo sobre el empleo, infraestructura,  salud o corrupción,  es decir en temas que les afectan frontalmente en la vida cotidiana, sino también, pero sin mayores elementos de juicio, sobre  otras materias tan importantes como democracia, institucionalidad, cambio climático, políticas públicas o relaciones internacionales, sólo para citar algunas.

El punto es que la formación política es una cuestión muy seria, la cual ha sido abandonada totalmente por los partidos políticos y en general por medios de comunicación colectiva. En algún momento la  misma educación no formal jugaba un papel importante en la formación y toma de conciencia;  y era posible encontrarla en la organización juvenil, comunal o estudiantil, incluso religiosa.

Hoy sin embargo, basta con ver los titulares de los medios en general o de analizar y valorar la información, para darse cuenta del tipo de insumos “vaciados” en la cabeza de la opinión pública, y desde donde se producen tantos juicios de valor, insultos  y opiniones superfluas a granel.

La cuestión es cómo retomar el camino de la formación y la calidad de la educación, esa que permita a las personas emitir criterios o brindar juicios de forma razonada, antes que reproducir opiniones y prejuicios a diestra y siniestra, porque de no abordarse en forma seria la formación y la educación política, siempre estaremos supeditados y condenados a opinar lo peor de lo mejor y lo mejor muchas veces de lo peor.

Este es sin duda alguna, uno de los más importantes desafíos de una democracia en transición: educar y formar con criterio político responsable,  para poder no sólo opinar sino más importante aún, para construir la sociedad deseable.

 

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