Editorial: Sobre pedir perdón por el pasado.

Quizás es mejor, lograr gradualmente la transformación cotidiana de la realidad social y cultural de los pueblos, en donde la política juega un papel indispensable. Para ello sin embargo hay que transformar la era de la violencia, en una de paz y armonía con la naturaleza, es decir con nosotros mismos y donde prevalezca como eje el respeto a los demás y a lo distinto.

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Andrés Manuel López Obrador, acaba de provocar corto circuitos en México y en el mundo, al pedirle a los reyes de España y al Papa Francisco,  pedir perdón por los acontecimientos que dieron lugar a la masacre  en  la América de la conquista  y de forma implícita a la odiosa imposición cultural y religiosa a los pueblos indígenas, en detrimento de su propia cultura y valores.

Pedir perdón en todo caso se ha convertido en una práctica frecuente. Perdón por las atrocidades que condujeron al el exterminio judío en Europa,  perdón por los crímenes de los militares en el Sur, perdón por los abusos sexuales cometidos por sacerdotes, perdón por la violencia contra determinadas etnias, sólo para mencionar algunos.  En fin perdón como acto de contrición, que permita la libertad de seguir haciendo lo mismo.

Vargas Llosa, reconocido y laureado escritor peruano, también de forma reciente ha dicho que la solicitud, recientemente hecha por el mandatario mexicano, y ello tendría de alguna forma relación con los demás perdones, es cínica, por cuanto López Obrador debió haberse dirigido la carta asimismo, al igual que a otros mandatarios de la América Latina. Indica Llosa que  crímenes y abusos contra las poblaciones indígenas se han venido cometiendo hasta nuestros días, sin excepción, con la complacencia de los gobiernos.  El afán sin embargo no es comparar pasado con presente, pero ciertamente, una mirada a la situación de pueblos indígenas en América Central o en América del Sur y por supuesto en América del Norte, nos da cuenta de situaciones realmente lamentables. Habriá entonces que pedir perdón al toque del ángelus, cada día y en cada pueblo del Continente.

El escritor y dramaturgo Arthur Miller escribió, en su recopilación de escritos “Echoes Down the Corridor” que la era de la conciencia había sido sustituida por la era del entretenimiento y que este era una especie de esponja que absorbía todo alrededor. Bajo esa analogía y pensándolo bien a lo mejor estamos en una nueva era,  la de la violencia, y pedir perdón es de algún modo contemplarse dando la espalda al espejo, que siempre muestra la realidad. Hoy la violencia es esa esponja que lo absorbe todo y con ella una especie de comportamiento cínico de la especie humana, que trivializa con absoluta normalidad,  los actos más espeluznantes del acontecer cotidiano. Pedir perdón entonces equivale a una mueca de ironía.

Y  es que la época en realidad antes que pedir perdón demanda un comportamiento nuevo y distinto donde las acciones evidencien una actitud honesta y transparente de transformación, cuya luz al final del túnel, no termina aún de aparecer. En los tiempos complejos de la postmodernidad en que transcurren situaciones críticas no para un grupo o sector, sino a toda la especie, es indispensable crear una era de esperanza fundamentada en la acción noble y transparente de cada célula del cuerpo social.

Pedir perdón entonces es entendible y noble, sí este se manifiesta como un acto genuino, pero  quizás es mejor, lograr gradualmente la transformación cotidiana de la realidad social y cultural de los pueblos, en donde la política juega un papel indispensable. Para ello sin embargo hay que transformar la era de la violencia, en una de paz y armonía con la naturaleza, es decir con nosotros mismos y donde prevalezca como eje el respeto a los demás y a lo distinto.

¿Por qué costará tanto?

 

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