Editorial: Tres grandes luchas del momento

Contar con una ciudadanía activa y responsable,  implica por tanto un alto nivel de educación, de cultura y de formación; que garantice a la vez, el ejercicio de valores que estimulan la superación personal y colectiva hacia un objetivo superior.

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Si pudiéramos resumir al menos tres grandes luchas de nuestro tiempo; entrelazadas entre sí por ser asimismo la causa de otros grandes males; y las cuales debiéramos asumir las organizaciones públicas y privadas, pero también la institucionalidad y la ciudadanía consciente; serían posiblemente las siguientes:

La lucha contra la ignorancia, relacionada con la crisis en el sistema educativo formal, y con el acceso  a la información indiscriminada; superficial y perversa, que deambula por las autopistas de la información sin filtro alguno, igualmente ligada a la ausencia de formación política en el seno de los partidos que procuran dirigir los destinos del país. Estos son todos  factores  que ahondan el actual estado de postración en que se encuentra la conciencia colectiva. Un pueblo sin educación está condenado a la pobreza y a la miseria: los mayores flagelos sociales. Es lo luminoso versus lo tenebroso como lo refiere Víctor Hugo en su obra Los Miserables El fortalecimiento del sistema educativo  formal y el papel de la educación no formal,  son antídotos contra la ignorancia. La reivindicación de la cultura excelsa, el fomento a la lectura que construye y la activación del pensamiento crítico son indispensables para dar esta lucha.

La lucha contra la indiferencia; esa que señalaba el laureado escritor portugués José Saramago, como el mal que ahoga nuestro tiempo. Es la actitud caracterizada por dar la espalda a los problemas sociales y políticos, para dejar que sean estos quienes forjen camino y destino. Es el comportamiento que inmoviliza a la ciudadanía de su responsabilidad para contribuir en democracia. Es a la vez un estado de postración ante lo que acontece, permitiendo asumir que la sociedad no es más que una jungla, donde simplemente prevalece el más fuerte y donde todo tiene además un precio de compra. Es la pasividad ante los crímenes que se cometen; también por parte del Estado. Es  el silencio por temor ante los avances de la corrupción y de los poderes fácticos sobre nuestros jóvenes y barriadas, pero es también la actitud de dar la espalda a la crisis climática y su afectación en nuestras vidas.  La participación activa, el liderazgo, el involucramiento en la organización comunitaria y ciudadana, son quizás respuesta efectiva a la indiferencia.

La lucha contra la intolerancia. Debemos combatir ese comportamiento cotidiano, donde por el sólo hecho de pensar diferente se insulta, se maldice, se amedrenta y hasta amenaza la integridad del otro.  La intolerancia se manifiesta sin tapujos en las redes sociales;  y actúa contra las minorías. Se refleja en el deporte; principalmente en el fútbol cuando se enfrentan barras de equipos rivales, incentivando la violencia. La intolerancia permite hacer prevalecer la vileza sobre cualquier otra cosa o valor. Es indispensable contar con una cultura de paz a nivel comunitario y en otros ámbitos. Debemos estimularla forjando al mismo tiempo un culto a la humildad.

Contar con una ciudadanía activa y responsable,  implica por tanto un alto nivel de educación, de cultura y de formación; que garantice a la vez, el ejercicio de valores que estimulan la superación personal y colectiva hacia un objetivo superior. Significa desarrollar un nivel de elevada tolerancia para construir con otros, un proyecto superior de sociedad al servicio de los más vulnerables.

 

 

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