Editorial: Ucrania, reflexión sobre esta nueva guerra

Lo cierto es  que el mundo por el resto del Siglo XXI ya no será el mismo, y  luce  inevitable, como ha ocurrido tantas veces en la historia, que en el mediano plazo haya que parar a Putin. El costo para el mundo, al frenar a  este tipo de personajes; dondequiera que surjan,  siempre será menor en la Historia, al de permitirles jugar con el destino de la humanidad.

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Cómo si la pandemia y el cambio climático no fuesen suficientes para la humanidad, ahora viene el juego de la guerra con sus múltiples intereses en juego. Ayer con Bush, hoy con  Putin, y mañana a saber quién…donde la megalomanía  sin duda juega también un papel importante. Las guerras continúan siendo la manifestación del poder de algunos pocos, con la capacidad de  poner a las mayorías en condición de vulnerabilidad, provocando terror, destrucción y muerte por doquier. También los conflictos bélicos de esta magnitud, provocan el inevitable desplazamiento y desarraigo de su hogar, a cientos de miles de personas, para enfrentar un futuro temible e incierto. El pueblo ucraniano es en esta oportunidad la víctima de tantos intereses  en juego, y aunque siempre haya un punto de inflexión;  como también lo hay en las guerras; para entonces, la realidad será cruel y desgarradora, por sus daños irreversibles y prolongadas secuelas.  

Pero hay otra dimensión de las cosas que ha sido notable en esta oportunidad, y  es la guerra de la desinformación. Rusia se encuentra incomunicada del resto del mundo, pero  al mismo tiempo sujeta su población a la manipulación de la información en torno a la realidad de los acontecimientos por parte de los detentadores del poder.  Es desesperanzador escuchar a ucranianos, pelearse telefónicamente con sus padres y hermanos o hijos en Rusia, que niegan totalmente la realidad de lo que está sucediendo estos días en Ucrania, por no tener acceso a la información que la libre expresión brinda; un derecho por el que debemos luchar siempre dándolo todo. Y es que acá estriba el otro drama, el de  admitir que hoy en día la población rusa ignora e invisibiliza el dolor  ucraniano, en virtud del arsenal de falsa información que emplea el déspota  de turno y sus acólitos.

Es desgarrador ver, en este caso a David, enfrentando a Goliat, en tiempos en que las hondas no parecen dar los mismos frutos que los misiles  ni contra ese impresionante poderío, en una lucha evidentemente desigual y en donde lo humanitario no parece suficiente para equilibrar las fuerzas. Esto sin subestimar al ejército ucraniano ni a la cooperación militar que recibe de sus aliados.

Es claro que las potencias tratan, calculadamente, de alejarse de los botones que pueden llevar  esta guerra a una nuclear de consecuencias aún más temibles para la humanidad, y  en lo que luce ahora como un complejo juego de ajedrez, donde cada quien va moviendo las fichas y planeando las jugadas, de acuerdo a sus propias conveniencias.  Lo que ocurre nos evoca  los momentos más crudos de la Guerra Fría, donde lo que prevalece es el equilibrio denominado Pax Atómica, o el del Equilibrio del Terror, lo cual significa que la paz finalmente dependa del balance por  mutuo terror, de que cualquiera pueda conducirnos al apocalipsis.

Lo cierto es  que el mundo por el resto del Siglo XXI ya no será el mismo, y  luce  inevitable, como ha ocurrido tantas veces en la historia, que en el mediano plazo haya que parar a Putin. El costo para el mundo, al frenar a  este tipo de personajes; dondequiera que surjan,  siempre será menor en la Historia, al de permitirles jugar con el destino de la humanidad.

 

 

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