A nivel interno sobre el manejo de políticas públicas desde principios de este año, luego de pasados los meses del primero; que incluyen la lógica curva de aprendizaje, los desaciertos se han hecho muy evidentes en seguridad social, educación, infraestructura, seguridad ciudadana…entre otros temas, sin dejar de lado el tema de la corrupción. Para ello, han sido dados a conocer en estos días, algunas de las formulaciones establecidas por el Gobierno en su Plan Nacional de Desarrollo, que a todas luces muestran una importante brecha entre la formulación de las propuestas y los logros por supuesto graduales. Y no es que no se trate de algo nuevo, sólo que en este caso los constantes cambios de jerarcas, la pobre gestión de las iniciativas puestas en la corriente legislativa, y los errores o bien factores que evidencian una paupérrima gestión de las instituciones, nos revelan un problema mayor.

Una característica notable durante este período ha sido el énfasis en una ruidosa y agresiva narrativa, raras veces acompañadas de propuestas que en el plano operativo tiendan a ser coherentes. Es fácil distraerse en los propósitos de las iniciativas, con las que por lo general habrá poca disidencia por su obviedad. El problema sin embargo se encuentra a la hora de concretar u operativizar las iniciativas que se proponen. Es característica la torpeza y los errores sea que se trate de listas de espera, de decretos en materia migratoria (remember Honduras), el hospital de Cartago y la propuesta en terrenos del Tecnologíco, las contrataciones del SINART, la relación del BCIE con el tema de Ciudad Gobierno o las oscuras contrataciones de generadores privados, sin dejar de lado la ruta de la educación inventada por la ministra del ramo, o el manejo de la tecnología 5G, sólo para mencionar algunas de las más conocidas y posiblemente con omisiones.

El hecho de que el Gobierno asumiera responsabilidad sin una estructura partidaria, ni un equipo conocedor de la materia pública, hacían un tanto predecible las circunstancias en las que hoy se encuentra el Estado costarricense, el cual ya arrastraba vicios y situaciones no deseables, señaladas a pasadas administraciones. Sólo que se crearon importantes expectativas por parte de la población y ahora sólo una parte de ella se casa con los argumentos que aún esgrime el Gobierno de la República en forma muchas veces resonante por parte de su máximo jerarca y de su mejor intérprete la Diputada Cisneros para subrayar esas argumentaciones, por lo general carentes de contenido técnico en torno al no cumplimiento. Esto sin dejar de lado el pretender imponer su voluntad a como haya lugar, dándole una interpretación muy sui generis a los asuntos públicos.

Y aunque bajo las condiciones esbozadas lo que ha venido ocurriendo era previsible, la incertidumbre sobre los temas estructurales que afectan al país, pesa como un nubarrón cargado de granizos, o un mar agitado cuyas olas revelan un sismo profundo, que acechan el territorio que de la nación. Como sociedad, producto de lo mismo, y con la creatividad que provocan los antagonismos partidistas, nos estamos desgastando en ataques que van y vienen; con o sin fundamento, así como en polarizar y dividir antes que unir o construir; factores que sí marcarían la diferencia ante un futuro por ahora incierto en cuanto a su impacto real, pero eso sí no deseable.

Es por ello, empezando por el Presidente de la República y siguiendo la parlamentaria Cisneros; sin excluir a legisladores de la oposición, a quienes corresponde también poner el ejemplo para establecer el diálogo inicial y necesario en el país, pero ante todo para iniciar un proceso distinto; del que todos los actores sin excepción, aporten la cuota que les corresponde.

Esta disposición, es imperativa para trazar la ruta por la cual debemos transitar civilizadamente, como característica de nuestra idiosincracia, los costarricenses. De lo contrario el futuro incierto nos caerá en forma de ciclón o de tsunami, sin estar muy lejos de cuando ocurra.

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Por Redacción

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