Editorial: Un gran silencio sin respuesta aún

El Estado y los gobernantes, pero también la ciudadanía, está en obligación de ese necesario repaso para asegurar que las políticas públicas y el comportamiento colectivo, conllevan una elevada dosis de humanismo y compasión. 

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El negocio de las armas siempre es floreciente, y la desintegración de la identidad humana junto al indescriptible dolor de muchos  le hace yunta. Lo acontecido en La Escuela primaria de Robb en Uvalde Texas, donde fueron muertos a tiros tantos niños y niñas así como dos de sus educadoras y otros gravemente heridos, es tan macabro, como la pérdida de vidas de tantos civiles con la guerra en Ucrania por causa de la irracionalidad con forma de fusil, o de las muertes en nuestros países que se dan día con día, producto de las balas asesinas de tantos jóvenes sicarios.  Todas estas situaciones se relacionan de algún modo, a la vez que se traducen en espeluznantes sucesos, producto  de la maldad que persiste en el lado oscuro del ser humano.

Qué está ocurriendo hoy en día cuando esta tragedia se repite por allá o por acá, cada vez con mayor frecuencia… ¿cuál es la raíz de la desenfrenada violencia?  ¿a qué se debe que el sitio; donde se supone que los infantes y los jóvenes están más seguros, sea más bien el sitio donde su corta vida concluya? ¿Quién podrá poner coto a esta demencia?,  o bien ¿cómo frenar el lobby de las armas en el mundo?… y  más esencial aún: ¿cómo rescatar el aprecio,  el amor y la solidaridad humana?

Las noticias siempre nos hablan en estos casos, no sólo de las víctimas sino también de los victimarios como personas que han tenido alguna historia traumática durante su infancia y juventud, en donde la incomprensión de su entorno o el matonismo de sus pares, juega un rol clave,  en el deseo de venganza y odio, que se va acumulando en el  fuero interno. Por eso es indispensable la urgencia de prestar atención a estas señales así como a su atención, para impedir que se generen condiciones que permitan a potenciales victimarios acceder al resentimiento y acceder a las armas como instrumento para canalizar su instintos de destrucción más profundos.

Claro está que no hay fenómenos aislados ni causas únicas a los problemas sociales, todos están de alguna forma articulados y las soluciones no pueden ser fragmentarias ni las respuestas únicas. Estamos obligados a reflexionar con mayor responsabilidad y objetividad sobre estos fenómenos que conllevan la autodestrucción social. El Estado y los gobernantes, pero también la ciudadanía, está en obligación de ese necesario repaso para asegurar que las políticas públicas y el comportamiento colectivo, conllevan una elevada dosis de humanismo y compasión.  La pobreza y el desempleo son además caldo de cultivo en este tipo de situaciones, donde el ocio, el desafecto y la pérdida de los valores más elementales, lo cuales garanticen el respeto por el otro y los otros, están de por medio.

¿Hasta cuándo? sigue siendo la pregunta más importante. Posiblemente su respuesta conlleve tener la conciencia de lo que implica la enorme responsabilidad de ser persona en cualquier parte del mundo, así como la urgencia de que el espíritu de cada quien se nutra de afecto y respeto por la otredad, antes que dar espacio a tanto odio y resentimiento.

 

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