Editorial: Un padre, dos hijos y un guarda privado

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Lo acontecido en días pasados, que fue noticia de conmoción nacional,  el intento de asalto que culminó con la muerte del padre y los hijos en manos de un oficial de seguridad privado, y otras personas heridas, pone en evidencia con mucha claridad varias cosas:

La primera, el nivel de riesgo social en áreas de exclusión y marginalización que incide de forma tal que delinquir luce como una opción obvia ahí donde la educación, los valores, las tradiciones y las costumbres familiares y de convivencia social, han sido simplemente tirados ya por la borda. Esto acompañado de una pasmosa indiferencia colectiva. Debe reconocerse que el modelo político, económico y social vigente no da para atender esta  realidad.

La segunda, que la violencia se ha convertido en una manifestación cotidiana ineludible y que la Costa Rica pacífica y civilizada, es  tan solo un hermoso y mítico recuerdo del pasado reciente.

La tercera que las armas de fuego abundan y son hoy en día tantos, en proporción a la cantidad de  delincuentes, policías y agentes privados de seguridad, que dejaron atrás aquello, hoy casi mítico, de “más maestros que soldados”. El crimen organizado; ese poder fáctico innegable, ocupa muchos espacios, pero igualmente la cantidad de policías y  oficiales de seguridad privada, generándose en pocos años dos oficios ineludibles de la nueva realidad.

La cuarta es que las mafias internacionales, el tráfico de armas, el narcotráfico, el sicariato,  la delincuencia local y el crimen organizado, son todos componentes; en mayor y menor grado de una nueva realidad social, política y económica. Se han convertido en una forma de sustento, que gana tantos espacios como adeptos, sólo que en esta forma de ganarse la vida, eso es tan viable como perderla de forma violenta. La última es que la sociedad política perdió de vista el rumbo del país y es indispensable forjar nuevos y sanos liderazgos formales e informales a la brevedad posible, responsabilidad que es imperativa.

La sociedad costarricense ante esta realidad y contexto, parece tener  igualmente dos únicas opciones: la de armarse hasta los dientes y acelerar el círculo de la perversidad  y destrucción de toda forma de convivencia social o invertir con todas las fuerzas restantes, en la prevención y la atención de la marginalidad y la exclusión, en la educación de valores, pero también en el empleo digno.

De nada vale a muchos refugiarse en templos, en nuevos grupos religiosos y predicadores, que surgen como antes salían los abejones de mayo. Tampoco   en opciones políticas vacía y obsoletas. Hoy en día es indispensable contar con la responsabilidad de cada persona y  familia responsable de su role constructor y protector, para formar un nuevo contingente de fuerza, que con su labor y ejemplo contribuya, de forma positiva el presente y el futuro, que incluya y participe del bienestar y la esperanza, a la mayor cantidad posible de miembros de la comunidad nacional.  No hay de otra. En esta tarea cada gobierno de turno tiene una responsabilidad mayúscula e ineludible.

 

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