Editorial: Un tal Juan Santamaría (Incluye podcast)

Por eso hacer un alto y recordar, es tan imperioso, como  encomendar a Santamaría, que su tea   más que para quemar un  nuevo mesón de guerra, sirva al menos para iluminar el  entorno y encontrar de nuevo el camino, del cual simplemente nos hemos extraviado.

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Quizás ya casi nadie se acuerde.  A las generaciones mayores seguro aún  les produce nostalgia aquellas idas a la Ciudad de Alajuela y les evoca sin duda,  el recuerdo de aquel hermoso desfile por sus calles, hasta alcanzar el pedestal de la impresionante estatua de bronce del soldado,  que se yergue con la mirada desafiante hacia el horizonte y la fulgurante tea en su diestra.

Era indispensable entonces, estudiar la historia,  para saber de dónde veníamos y en procura de escudriñar respuestas  sobre nuestro futuro. Los maestros lo sabían y lo tenían claro. Nos enseñaron que ese muchacho llamado Juan; en la batalla en Rivas, luego de los vanos intentos de otros quienes perdieron la vida, arriesgaba también la suya, para dar fuego  a la casona donde se atrincheraba el enemigo. Lo haría bajo  la sola promesa de que velaran por su madre. Su acto obedecía entonces, a una idea superior de patria y libertad.

Se ha dicho, que sin saber de dónde se viene, difícilmente se puede saber hacia dónde se va. El pasado  es entonces; desde ese punto de vista, una ineludible referencia de lo que hoy somos, al tiempo que nos ayuda a precisar el rumbo hacia el mañana. La vida de toda generación  y generaciones posteriores, descansa sobre el cúmulo de realizaciones de las anteriores. Ello incluye sus anhelos y más aún sus sacrificios, con beneficios ineludibles  para quienes habitamos en  la casa del hoy.

Sin embargo pareciera que hoy día, el pasado no interesa y mucho menos importa. Extrañamente y por consecuencia, tampoco tenemos la mínima noción de mañana. El tiempo bajo esta forma de ver el mundo del presente, se reduce a una especie de eterno ahora, donde sólo hay tiempo para estar en una burbuja de emociones sucesivas, producto a la vez de hechos inocuos en su mayoría,  que de forma permanente y pasajera exaltan las sensaciones.

Estamos como parqueados en un prolongado ya, acostumbrándonos cada vez más a la frecuencia donde abundan las malas noticias, al desencanto, la perversión y corrupción circundantes, que aunque sea sólo el mal fruto de un sector pequeño de la población, tiene un impacto ineludible en la colectividad.  Al parecer abundan los filibusteros y el filibusterismo. Precisar al enemigo en las nuevas circunstancias y condiciones, es una tarea cada vez más difícil.

Por eso mismo, al desempolvar los libros de historia y cívica; abandonados por la indiferencia  y el olvido, podemos encontrar hechos ocultos extraordinarios que nos reivindiquen. Y no es que se pretenda sugerir la necesidad de vivir o suspirar pasado, sino la importancia de tener noción de que mirar atrás, es algo así como encontrar un árbol en la espesura del bosque, al  cual se debe ascender para ubicarnos y saber hacia dónde dirigirnos. Es recordar, que el  hoy es también un resultado, con consecuencias hacia el mañana y  no tan solo un diminuto “big bang” de  acontecimientos sensacionales de oscuro origen y manipulados, que surgen como de la nada.

¿Qué hacemos sin un Santamaría? ¿Qué ha sido de los buenos maestros? ¿Qué ha sido de la compasión y la solidaridad?  ¿Adónde fue nuestro pasado?  Nos hemos quedado sin brújula, ni  Norte.

Por eso hacer un alto y recordar, es tan imperioso, como  encomendar a Santamaría, que su tea   más que para quemar un  nuevo mesón de guerra, sirva al menos para iluminar el  entorno y encontrar de nuevo el camino, del cual simplemente nos hemos extraviado.

 

 

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