Editorial: Una bola, un jugador y un gol…

La magia del fútbol nos abre ahora muchas otras puertas. Es curioso pero positivo.

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Una pelota empujada apenas por un jugador entra en los tres tubos que hay en un estadio lejano y ese gol, que define el resultado final, altera el curso de las emociones de todo un pueblo también lejano a Catar. La manifestación irracional, es el grito colectivo de festejo y desahogo,  liberando durante horas  la energía; sumatoria de frustraciones, enojo, y sinsabores del cotidiano trajinar acumulados quizás por semanas, meses y posiblemente años. “Hasta el último minuto” simboliza en forma subyacente la manifestación de una lucha colectiva e individual frente a la adversidad. Es un sí se pudo que llega hasta el corazón de las masas. El condicionamiento colectivo inducido ha sido exitoso; es por tanto el éxito de la comercialización de un deporte que sin duda también le pertenece a las mayorías.

El grupo instrumental que provoca tal magia está conformado por viejos y jóvenes futbolistas, quienes también cargan no sólo sus propias historias de esfuerzo, sino además las esperanzas y los anhelos de evasión de cientos de miles. El equipo ha logrado nuevamente encantar y esperanzar a una nación que como tantas otras “ama el fútbol” sobre todas las cosas. Lo extraordinario es que no sólo se reavivan las inquietudes y los afanes de gloria de un país, sino que además se reactiva la economía de forma impensable. Basta mirar tantas  banderas, las  rojas camisetas de la Sele, las familias viajeras, los bares y restaurantes repletos, las calles colmadas de entusiasmo. Las botellas y latas de cerveza en las manos son parte de la fiesta. En términos de un pensador mexicano se trata de un orgasmo masificado que también dinamiza economías.  Se diluyen las diferencias sociales, religiosas, económicas, de cualquier tipo, y la gente se suma bajo una misma consigna, un mismo equipo, una misma bandera, y es porque a lo mejor  la magia no ha muerto.

Niños, jóvenes y mayores de todos los lugares del país y de todas las condiciones, se aprestan a celebrar sin reparos el pase de Costa Rica al  mundial de fútbol, para enfrentar ahora en lo que luce como tarea imposible, la sobrevivencia en el tal “grupo de la muerte”. Todo lo simbólico juega sin duda ahora su papel trascendental. Ahora significa enfrentarse ante lo supuestamente imposible e igualmente, que toda lucha con sufrimiento puede al final valer en oro la pena, y  que es posible superar lo impensable.

Hasta el Gobierno obtiene réditos de este grito nacional, porque todo enojo se transforma de repente en sensación de triunfo, y en lo político aunque en el fondo sea “un gol” a favor de lo irracional y de  la enajenación de un pueblo, también lo es, en beneficio de nuevos espacios de esperanza. No ha sido en vano el decreto del par de horas para ver el partido. Todo ha valido la pena, porque ahora muchas miradas de afuera regresan a la pequeña galaxia utópica, ya bendecida en muchos otros sentidos. Así, lo malo y lo feo dan espacio por un momento a la bueno y ya sólo eso es un hecho revitalizador tanto del entusiasmo nacional como quizás hasta  de la economía.

La magia del fútbol nos abre ahora muchas otras puertas. Es curioso pero positivo.

 

 

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