Editorial: Una nueva realidad

Reconocer finalmente ojalá, que el Planeta es nuestro único hogar y bajo esta nueva realidad le somos merecedores como especie, aun siendo la más depredadora. 

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Una cosa, pero con la capacidad para multiplicarse y provocar un daño terrible en la salud, debido a su capacidad de replicarse, ha sido capaz de estremecer a la humanidad en el joven Siglo XXI. Su impacto en el orden establecido; ese largo y lento proceso  conducente a un modelo económico ni tan justo ni tan deseable, ha sido de tal magnitud que ha venido cambiando todo de forma acelerada, sin que podamos vislumbrar aún sí esa nueva realidad será para bien o no.  

La pandemia, nos hace ver a todos vulnerables; no sólo a los más viejos, vulnerables, como está siendo demostrado en estadísticas recientes. La aldea global se ha estremecido y sociedades altamente industrializadas; percibidas como ejemplos de progreso económico y social, han dejado al desnudo sus prioridades, siendo claro que éstas no son la salud ni el bienestar colectivo. 

Lo estructural

El sistema económico por su parte recibe el embate frontalmente, cuando millones de trabajadores alrededor del mundo y que en las grandes ciudades constituyen la base sobre la cual pesa la producción de riqueza material se alejan de sus fuentes de trabajo. Se estremecen las bolsas de valores; bolsas a propósito, llenas de extraños valores. Las economías más frágiles en estos días han golpeado también con fuerza a las mayorías sociales. Vemos a esos sectores de la población indefenso ante la deshumanización, de quienes han hecho del lucro el propósito de  vida. En las plantas de producción de carne en el Norte por ejemplo, una vez contagiados los trabajadores son abandonados a su suerte, sin tener a quien ni dónde recurrir.  

Las relaciones sociales están siendo modificadas por el distanciamiento y por la desconfianza hasta con los propios, alejando aún más a las personas de sus seres queridos. Las calles en las grandes metrópolis se han visto desiertas, provocando un ansia de retorno a la libertad impresionante, lo cual se nota apenas se liberan las restricciones que mantienen confinadas a las gentes. Los besos y los apretones de mano se han ido y no sabemos aún por cuanto tiempo, pues el afecto convertido en adversario, es quizás el peor mal que aflige la colectividad. 

La sociedad tiende a ensanchar ahora la brecha, entre quienes tienen y los que no tienen. Entre quienes tienen acceso a la salud y aquellos para quien, recurrir a un hospital, es un lujo demasiado prohibitivo. Por eso prefieren morir sin desear enfrentarlo, o por temor a ser deportados, como ocurre en Estados Unidos o por el temor de morir solo, sin la cercanía de sus seres queridos, para ser descartados rápidamente con prisa y sin ceremonia. 

Hay una curiosa estandarización de la cultura en el mundo, con respecto al coronavirus, se da en la distancia, en las medidas higiénicas, en el uso de equipo. También hay un comportamiento culturalmente aceptado con respecto a los conglomerados, a las restricciones sobre lo que se puede  o sobre lo que no se puede hacer en estos tiempos. También en torno al viajar o al acudir a sitios públicos o privados. No habría choque intercultural de ninguna especie en el mundo de hoy, por cuanto las personas podrían fácilmente reconocer el sistema de señales que deben ser seguidas y dictadas como homogéneas en todo el planeta. 

La política misma ha cambiado y los liderazgos han quedado desnudos en su esencia con la pandemia. Tiranuelos y populistas, han encontrado una hermosa veta para satisfacer ansias de poder, por cuanto pueden utilizar sobre  los demás (en tiempos de justificados temores), su forma más perversa de emplear el poder. Los líderes ineptos igualmente han quedado expuestos a merced de la Covid-19. Las endebles democracias por su parte luchan, para que la institucionalidad pueda dar respuesta a este enemigo voraz e implacable, que mina en forma acelerada los sistemas sanitarios y consume cantidades excesivas de recursos. 

La crisis climática, curiosamente pasa de repente como a un segundo plano, aunque en la conciencia colectiva, la relación con la Naturaleza es el tema subyacente. Es quizás nuestra relación y en particular su manipulación, causantes de los principales males que aquejan a la humanidad. Sabemos todos de algún modo, que haber alterado gradualmente nuestra relación con el ambiente y sobre todo con sus seres vivos, lo que nos mantiene en esta situación acongojante. Ahora experimentamos como víctimas y ya no como victimarios. La realidad, producto de tantas acciones insensatas cometidas como especie, nos ha venido sin duda  poco a poco a transformar. 

Lo existencial

No sólo la política, la sociedad, la cultura, el ambiente y la economía misma van modificándose lentamente, sino también hay factores que en la especie humana lo van haciendo. El concepto del Tiempo por ejemplo viene evolucionando. Ahora el futuro no luce tan importante como el mañana en el sentido más literal, la sobrevivencia en el hoy va adquiriendo una fuerza inusitada, y entonces ya el futuro no se trata de una cuestión lejana sino algo que debe ser capturado y aprovechado en el menor lapso de tiempo posible. Y es que al sentirse la muerte como algo cada vez más familiar, porque de eso nos dan cuentan las noticias todos los días y a toda hora, entonces se altera igualmente el sentido de lo que realmente es importante, de aquello que no lo es del todo. 

Con esa sensación de la importancia del tiempo hay algo más que viene evolucionando en la nueva realidad, es el sentido de la Fe, ahora alejada de los templos contaminantes, de algunas conglomeraciones hipócritas que se reúnen ritualmente, para cumplir con su concurso de repeticiones. Ahora sin intermediarios muchos deben contemplar hacia lo alto o bien hacia el horizonte, en búsqueda de su propio Dios, en procura de las respuestas propias y no ajenas. Sólo queda la dependencia con la energía propia, con el espíritu en soledad, o con la fe puesta sin reservas hacia el infinito. 

El miedo por su lado, se convierte en nueva realidad, en un visitante mejor valorado, y provoca que las personas aunque distantes se sientan cada vez más cercanas a la otredad, desarrollando una nueva conducta hacia la compasión y la solidaridad, como ocurre con las grandes guerras. No hay duda que el miedo ha venido a ablandar las voluntades individuales y colectivas de una forma ciertamente única e interesante. 

Lo importante bajo el prisma de la nueva realidad, se distingue mejor de lo no importante, así como lo material de lo esencial, lo tangible de lo intangible. Se da una especie de reconversión en los valores propios y colectivos. El derroche y el consumismo para muchos, pierde ya su pasado atractivo. Lo sustancial fácilmente se dimensiona sobre lo adjetivo. Es un fenómeno transformador que toca prejuicios y valores, provocando una especie de alquimia para transformar la materialidad en un artículo de segunda mano. 

Avenidas de esperanza

Y es que también es a partir de estos fenómenos del cambio, manifiestos en la nueva realidad, que se vislumbran esperanzadoras avenidas sobre las que habrá de transitar la especie. Tal vez seamos capaces de darnos cuenta que hay un imperativo para construir un modo de vida diferente, en austeridad, con respeto a la naturaleza, y mediante una interacción más saludable con los demás. Hay atisbos importantes de que algo de eso quizás ya esté ocurriendo. 

La ausencia de contacto también puede haber creado ya, la conciencia de que lo más terrible que pueda existir no sea la muerte sino la soledad y entonces valorar a los demás nos permita adquirir un tipo de comportamiento diferente. Tal vez haya una redimensión del valor sobre las diferentes generaciones y que entonces se pueda crear un puente intergeneracional, bajo la convicción de que todos somos necesarios en la construcción del mañana posible. Los problemas a fin de cuentas son sociales no generacionales.

La tecnología se nos ha venido convirtiendo en finalidad antes que en instrumento. Debemos comprender que es en efecto un medio significativo, pero de ninguna manera el sustituto de la relación entre personas. Quizás las nueva realidad nos pueda hacer comprender que la única manera posible de salvarnos, es redimensionando el valor de la especie humana como instrumento de la Naturaleza. Tal vez entonces podamos cambiar como nunca habíamos podido hacerlo.  

Finalmente

El mundo ha variado radicalmente ante nuestros ojos, ahora sólo falta que lo asimilemos y podamos cambiar nosotros. Debemos adaptarnos a las nuevas circunstancias, valorar lo antes desvalorizado por nosotros mismos. Dimensionar lo esencial sobre lo adjetivo y amar el sentido de la vida junto a los nuestros y a los demás, reconociendo eso sí que ya el viejo orden dejó de existir y no será posible volver a él. Este es el futuro. Reconocer finalmente ojalá, que el Planeta es nuestro único hogar y bajo esta nueva realidad le somos merecedores como especie, aun siendo la más depredadora. 

 

 

 

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