Editorial: Vulnerables

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Recientemente varios redactores del Semanario Universidad (23 al 29 de Enero) realizaron un excelente reportaje al que llamaron “Crónicas vulnerables”. Álvaro. Murillo, Ernesto Rivera, Hilda Miranda y María Fernanda Cruz, hacen, cada uno de ellos, un amplio relato sobre personas que sufren las consecuencias de un Estado que violenta los derechos de ciudadanas y ciudadanos en áreas, las cuales constituyen la columna vertebral de nuestro orgullo democrático: la educación, el trabajo, la justicia y la salud. La cuestión es que en el ejercicio de sus derechos fundamentales, hay personas excluidas y marginadas, mediante el trato frío y burocrático de una institucionalidad que en muchos casos se evidencia añeja e insensible.

Este fenómeno se manifiesta con mayor o menor crudeza, dependiendo de los estratos sociales y también del espacio geográfico del que provienen.  Humildes trabajadores del campo o desempleados de la periferia urbana, que cuentan con escasos recursos o seres estigmatizados por la prostitución o algún tipo de adicción. La etiqueta que parece colgar de sus maltratados semblantes les hace ser atendidos de otra formación indiferencia y hasta desprecio por quienes sienten ostentan algún tipo de autoridad.

El relato de una prostituta en manos de jueces inescrupulosos y de una pobre defensa publica, o bien el de aquellos que cuentan solo con una cleta y un celular para sobrevivir en tiempos difíciles, o el de de personas estudiosas y trabajadoras que provienen de un centro unidocente en el área rural, convirtiendo su mañana  en un callejón sin salida a sus aspiraciones para la superación o la historia de un adulto mayor, residente del campo, lejos del Valle Central,  a quien la seguridad social deja tirado, postergando indefinidamente su cirugía necesaria, son unos cuantos rostros de una realidad ingrata y de mayores dimensiones en la Costa Rica de la cual nos jactamos. Ni por asomo una justicia pronta. Tampoco acceso real o de calidad a la educación superior, mientras se privilegia la educación privada y los centros públicos de educación superior  acumulan miles de millones en superávit con recursos que el mismo Estado les provee. Ni un atisbo de seguridad social u oportunidades laborales que posibiliten movilidad social a quienes realmente lo necesitan.

El cuadro descrito por estos excelentes comunicadores, quienes evidentemente hicieron propias las vivencias de los entrevistados, representa la Costa Rica de hoy que nos rehusamos estúpidamente en aceptar como real. Nuestro orgullo como nación es por tanto de caricatura ante estas semblanzas.

Quizás estas situaciones hagan mella en la conciencia de tantos y ojalá de la arterioesclerotica institucionalidad . Es tiempo quizás para  revitalizar el espíritu nacional o tiempo de asumir responsabilidad para construir cada quien a partir del simple respeto al otro y aunque parezca difícil para dibujar una nueva identidad colectiva, donde estas imágenes acaso, sean tan solo producto de una vieja pesadilla.

 

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