Editorial:  ¿Y acá de qué color son los chalecos?

Nuestros chalecos de inconformidad en las calles, pueden igualmente llegar a ser amarillos, azules o negros, con o sin el rostro cubierto de los inconformes. La verdad es que da igual. Lo importante es percatarnos que tenemos opciones y que sepamos leer sabiamente las señales del entorno, pero antes que sea demasiado tarde.

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Macron, ha podido descifrar que detrás de los ya muy famosos “chalecos amarillos” existe un verdadero descontento social que amalgama, sectores medios, campesinos, obreros, pequeños y medianos empresarios, pero también jóvenes desempleados y adultos mayores frustrados a quienes por supuesto no alcanza la pensión, entre otros grupos. A  fin de cuentas se trata de una sumatoria de sectores, excluidos de una u otra forma por  un fenómenos económico  imperante a nivel global.  Es decir que no se trata de simples revoltosos,  ni de “fascistoides” o de  un movimiento de xenófobos, organizados sólo contra migrantes que en su criterio, les roban  fuentes de trabajo.

Al parecer, se trata en síntesis los perdedores de un modelo transnacional,  que prometió el oro y el moro, pero que a fin de cuentas no brindó los beneficios ni los frutos, predicados por políticos y  presuntuosos economistas. La dinámica de los últimos años y si se quiere de las últimas décadas, ha dejado claro la presencia de dos bandos: una elite concentradora de riquezas y privilegios y por otro una masa social diversa, cada vez más maltratada y desposeída.

Cierto también es, que la desigualdad ha crecido en distintas regiones del país, en donde la cascada de beneficios económicos y sociales,  se produce en regiones privilegiadas; sin llegar a todas de forma equitativa y dejando por consecuencia a la periferia, privada de importantes beneficios económicos y sociales.  Ha comprendido  la elite en el poder además, que el desencanto político y cultural opera en un amplio sector de la sociedad, poniendo en jaque al sistema como un todo y por ende a una democracia que luce cada vez más endeble. Es como si se tratara de una olla de presión cuya válvula de escape no funciona, mostrando así la disfuncionalidad del Estado por restablecer el equilibrio necesario.  Lo político se convierte en algo malo e inconveniente para las mayorías y en esto precisamente estriba la crisis contemporánea. Por otra parte, los liderazgos carecen de la confianza y credibilidad necesarias por parte de la ciudadanía, como para garantizar la estabilidad social.

Y es que comprender esto es realmente importante, porque si tomamos el caso de Costa Rica y observamos la inevitable reacción contra el incuestionable vandalismo, en el caso de los “estudiantes” de las universidades públicas, vemos que se trata en realidad de un fenómeno, cuyas causas se encuentran mucho más allá de lo que vemos. Lo peor por lo tanto que se puede hacer, es combatirlo  de forma represiva,  confundiendo así síntomas con causas. En esto las autoridades policiales han sido inteligentes, al evitar la confrontación que aquellos andan buscando.

Debe recordarse entonces que un sistema político, y tal es el caso de la democracia, depende en buena medida de la estabilidad económica de la sociedad, y en el caso de Costa Rica ese modelo político está estrechamente ligado, a la propia suerte de nuestra clase media, hoy estrujada a delicados niveles de riesgo, al tiempo que la pobreza  sin duda alguna se ha incrementado.  Resulta quizás,  como ha señalado el Dr. Walter Coto en una reciente entrevista de la periodista Amelia Rueda que “Hoy en día ya el Estado no está en función del ciudadano sino más bien éste en función del Estado, el cual es cada vez más represor”

Por otro lado hay una especie de culto al individualismo y  lo público ya ha perdido trascendencia, sobre todo para las generaciones más jóvenes, según lo advierte el politólogo Rotsay Rosales en una interesante entrevista realizada en días recientes en el Diario Extra. El problema principal a fin de cuentas, consiste en desconocer las características reales de la sociedad contemporánea, así como los profundos cambios que ésta ha experimentado, en virtud del fortalecimiento de ley de la selva (mercado), sobre cualquier  otra. Se estruja entonces, gradualmente,  a las grandes mayorías, que hoy dicho sea de paso no sólo están conformadas por quienes viven en pobreza, sino también por sectores medios cada vez más insatisfechos y “cabreados”.

No hay acceso a una verdadera formación ciudadana, cívica o como desee llamarse, Se educa únicamente para competir en el mercado; la solidaridad social y los procesos asociativos para beneficiarse de manera mutua  a través de la acción colectiva, están siendo borradas por el nuevo comportamiento social inducido por el mercado. Eso genera a su vez una nueva dimensión valorativa y conceptual de la sociedad, cuya principal tendencia es la eficiencia y la eficacia sobre lo demás. Dicho de otra manera, se valora la capacidad para generar dinero y ver en ello una cualidad de éxito en la vida,  mucho más que la compasión o la solidaridad social.  El individuo contabiliza sólo como código de barra y no como persona, tal es la perversidad construida desde un modelo economicista y deshumanizante por excelencia.

Desde esta perspectiva, nosotros también estamos sentados sobre un barril de pólvora. La democracia civilista tal como la conocimos, o la educación y la salud de calidad que ostentamos tener en el pasado,  pueden llegar a este paso, a convertirse en un recuerdo lejano. El mundo ha cambiado demasiado; arrastrado por esa dimensión economicista a ultranza,  y con ello nuestra democracia y los valores que la sustentaron. La clase media costarricense está siendo igualmente estrujada a niveles de elevado riesgo. Los mecanismos de movilidad social que caracterizaron a Costa Rica, prácticamente han venido  desapareciendo. La tendencia de los servicios públicos a la privatización, sin generar los debidos mecanismos de compensación social, nos están llevando a un callejón sin salida.

Nuestros chalecos de inconformidad en las calles, pueden igualmente llegar a ser amarillos, azules o negros, con o sin el rostro cubierto de los inconformes. La verdad es que da igual. Lo importante es percatarnos que tenemos opciones y que sepamos leer sabiamente las señales del entorno, pero antes que sea demasiado tarde.

 

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