Eduardo Amador: Desorientados

Estamos sin rumbo, estamos a la deriva, no sé si ya llegamos al fondo del precipicio y no sé si seré demasiado dramático, pero muchas veces me he puesto a pensar, parodiando al gran compositor de la isla del Encanto, Rafael Hernández, con su Lamento borincano: “Qué será de mi Costa Rica mi Dios querido, , que será de mis hijos y de mi hogar”.

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Eduardo Amador Hernández, Periodista.

Al igual que el país, estoy desorientado, no se a quién y en qué creer

Vivo una permanente crispación, estoy nervioso, asustado, preocupado, intranquilo, ansioso; no me acuerdo a mis casi siete décadas haber vivido una situación como la de hoy.

Igualmente, creo que este es el sentir de la inmensa mayoría de los costarricenses que observamos, cómo, poco a poco el país se crispa, se divide, se polariza, se resquebraja, se nos hace añicos sin que el capitán o los capitanes a cargo del barco estén en capacidad de hacer algo por solucionar los problemas que un día sí y otro también aparecen casi por arte de magia.

Acostarse y ver las redes sociales y los noticieros de televisión da miedo; levantarse y hacer el mismo acto de ocho horas antes, también causa zozobra; hacia dónde vamos, cuál o cuáles serán las noticias que nos sacudirán durante el día: es impredecible, la liebre salta por cualquier parte.

Que los educadores están en estos momentos en una actitud pasiva, pero que en cualquier momento vuelven a la huelga; que los sindicatos del sector salud derrotaron al Gobierno y que los privilegios de sus asociados continuarán.

Que el acuerdo del Gobierno con los sindicatos del sector salud, no fue consultado con la ministra de Hacienda quien dio su “enorme lucha” por aprobar un plan fiscal y que ahora siente que le movieron las ramas y, por lo tanto, según se ha especulado, podría dejar el cargo.

Que, si esto ocurre, a quién nombraría el gobierno pues tiene que ser una persona de confianza de los sectores empresariales y que en Partido Acción Ciudadana (PAC) no está ese potencial ministro o ministra.

Que el Gobierno decida retirar del conocimiento de los diputados una serie de proyectos que tienen que ver con restricciones a pensiones de lujo.

Que los taxistas con sus diatribas nos anuncian potenciales bloqueos, que los transportistas harán lo mismo en las zonas fronterizas, que algunos grupos estudiantiles no quieren la educación dual y también amenazan con medidas de fuerza.

Que hay una gran cantidad de edificios vacíos, que, en los grandes centros comerciales, se ven muchos espacios sin ocupar; que en los diferentes barrios se observan rótulos en las casas donde se dice: se vende, o, se alquila y pasan los días y los rótulos no se cambian, o sea ni se venden ni se alquilan.

Todo esto me causa desorientación, estrés, angustia porque obviamente no está en mis manos ni en las de la mayoría de los costarricenses resolver esos y otros problemas graves que agobian al país, tales como el desempleo y la inseguridad.

Veo con preocupación como se ha multiplicado la cantidad de personas que tocan las puertas de las casas ofreciendo sus servicios para limpiar jardines y hacer otros arreglos. Los veo uno con su mirada perdida y triste; parece que la esperanza de llevar algo al hogar se esfuma porque normalmente se les dice no.

Veo los postes llenos de papeles donde un persona o empresa pequeña ofrece sus servicios para trabajos eléctricos, de fontanería, de carpintería, arreglo de computadoras, de refrigeradoras, cocinas etc.

Veo como, donde se construyen algunas grandes obras (edificios) a cierta hora, especialmente las primeras de la mañana llegan muchas personas deseosas de trabajar con la esperanza de que alguien haya faltado y él o ellos poderlos sustituir.

He visto anuncios grotescos, duros, impactantes que conmocionan y que se ubican al frente de las construcciones: “NO HAY TRABAJO”, o sea, ni se acerque, no nos haga perder el tiempo.

Para nadie es un secreto que la construcción, que es uno de los motores que mueve la economía, está desacelerada.
La realidad es muy dura. Hay 300 mil personas desocupadas y, según las cifras oficiales, casi un millón vive de la informalidad, esa informalidad yo también la calificaría como desempleo, así de duro.

Hace pocos días, un canadiense expresó a un conocido mío, no sé con qué grado de certeza, que en ninguna otra parte del mundo había observado tantos ”Uber eats” o “globo” o cualquiera de esas aplicaciones que “contratan» jóvenes para que lleven comidas desde restaurantes hasta casas u oficinas, en nuestro país. Ese es un trabajo durísimo, pues es andar en bicicleta en una geografía como la nuestra llena de montañas, desniveles y curvas con poca protección. Pregunto, estarán estos trabajadores asegurados; ellos se arriesgan manejando su bicicleta con el inclemente sol o la fuerte lluvia, o la oscuridad de la noche y, por lo tanto, los riesgos de un accidente se multiplican. Sí creo que ellos forman parte de los informales.

Para todos es notorio la enorme cantidad de gente que hoy se para en rotondas, o esquinas con semáforos ofreciendo sus productos. Son muchas, miles las personas que se dedican a esta actividad. También en su rostro se pinta con fuerza la desesperanza, el temor, la tristeza.

Y cuando cualquier empresa u universidad anuncia una feria de empleo, son muchos, pero muchos miles los que, con algún halito de esperanza, asisten para dejar su hoja de vida, esperando ser llamados, aunque sea para un trabajo ocasional. Sin embargo, ahí mismo, cuando los medios de comunicación los entrevistan, se nota que, si bien dejaron su currículo, la esperanza es reducida, máxime cuando se superan los 35 años.

Voy donde mi mecánico y me dice que la cosa “está pelis”, que hay mucho trabajo pero que la gente no paga; el señor que hace arreglos en la casa llama para ver si hay algo qué hacer, porque “la calle está muy mala”.

En fin, en la vivencia diaria, estamos en una situación calamitosa, lo que no significa que haya sectores que puedan estar en buena situación como el turismo y algunas otras actividades. Por ejemplo, tal vez por el Día de la Madre, el comercio se activó. ¿Cuánto?, esa es la gran interrogante que a partir de mañana verán los comerciantes tras hacer sus cuentas.

Está este mundo nuestro tan disparatado, tan dividido, tan loco que llama la atención que hasta el nombramiento del director del Semanario Universidad provoque fricción en muchos sectores.  Jamás me imaginé, por ejemplo, que el diario La Nación, que nunca ha visto con buenos ojos al Semanario, pese a que muy buenos periodistas que pasaron por la redacción universitaria también lo hicieron en la de Llorente, hasta editorialice por este tema y tomando partido.

La verdad, no me interesa a quien hayan escogido. Cualquiera de los dos hubiera llevado al Semanario por el mejor camino. Creo que Laura Martínez lo hará correctamente tal y como lo hizo Ernesto Rivera. No veo razón alguna para la discrepancia, para la crispación sobre un tema que es de resorte exclusivo de la UCR.

No sé si me quedo corto en el planteamiento de situaciones que hoy vive el país y que no me gustan. Al final de cuentas lo que quiero con esta larguísima nota es sacar de mi pecho algo que desde hace tiempo vengo sintiendo y que creo se agravará con el paso del tiempo. No tengo ninguna razón para pensar positivamente sobre el futuro del país. ¿Muy negativo? Sí. Espero que si alguien se atreve a leer esta larga historia me dé una razón para cambiar.

Estamos sin rumbo, estamos a la deriva, no sé si ya llegamos al fondo del precipicio y no sé si seré demasiado dramático, pero muchas veces me he puesto a pensar, parodiando al gran compositor de la isla del Encanto, Rafael Hernández, con su Lamento borincano: “Qué será de mi Costa Rica mi Dios querido, , que será de mis hijos y de mi hogar”.

 


El autor ha trabajado para medios de comunicación como La Nación, de La República y Semanario Universidad fue su director, como también de Radio Universitaria, adicionalmente es docente y consultor en comunicaciones.

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