Eduardo Brenes: De las «Crónicas coloniales» de Ricardo Fernández Guardia

Estoy hablando de su primera crónica "Versos y azotes" en las que Fernández Guardia retrata lo mal que le sienta a quienes ostentan el poder la libertad de expresión. Y lo hace al echar mano de los archivos históricos de las primeras décadas de fundación de Cartago como nuestra primera capital colonial.

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Eduardo Brenes Jiménez.

Hay un episodio en nuestra historia patria que aunque el gran historiador de principios del siglo XX, don Ricardo Fernández Guardia, plasmó de forma exquisita en sus «Crónicas Coloniales» de 1921; casi nadie conoce o recuerda porque desgraciadamente se ha dejado de leer en escuelas y colegios y a pocos interesa hoy entender cómo se formó eso que hoy llamamos Costa Rica.

Estoy hablando de su primera crónica «Versos y azotes» en las que Fernández Guardia retrata lo mal que le sienta a quienes ostentan el poder la libertad de expresión. Y lo hace al echar mano de los archivos históricos de las primeras décadas de fundación de Cartago como nuestra primera capital colonial.

Era 1574,apenas habían pasado trece años desde que Juan de Cavallón hubiera iniciado la conquista del Valle Central y once desde que Vázquez de Coronado hubiese fundado el primer Cartago entre los Ríos Coris y Purires en el Valle del Guarco.

Mandaba en Cartago don Alonso Anguciana de Gamboa, que había llegado luego de poner mucho dinero y empeño en esa empresa de pacificar y colonizar esta indómita tierra que, pese haber sido descubierta desde 1502, se resistía a dejarse domeñar por esos ambiciosos españoles que en vano buscaban un oro que les habían contado existía, y que no aparecía por ningún lado.

Anguciana de Gamboa no era un gobernador muy amable que dijéramos, se encontraba en un apuro personal, había invertido mucho dinero para venir a Costa Rica y saliendo de Granada para estas indómitas tierras, le avisaron que el rey le había dado la gobernación de Costa Rica a otra persona, a don Diego de Artieda y Chirinos, que tomaría posesión del cargo como en dos años, por lo que ya habiéndose embarcado en esta empresa, le quedaba poco tiempo para recuperar su inversión. Eso hacía que el apuro por recuperar el dinero invertido lo pusiera de pocas pulgas.

Ese año de 1574, Domingo Jiménez, escribano de la ciudad de Cartago, había sido encarcelado por escribir unos versos que Anguciana calificó como libelo contra su persona. Jiménez logró escapar de la cárcel y en su camino a Nicaragua se había refugiado en el poblado de Aranjuez, cerca de la actual Puntarenas, porque sabía que los habitantes de ese lugar eran poco afectos a Anguciana luego de que este trasladara esa población a un nuevo sitio y la renombrara como Espíritu Santo, en lo que hoy se conoce como Esparza.

Anguciana se enteró que Jiménez estaba en ese poblado al abrigo de unos frailes franciscanos y mandó detenerlo. Pero como no querían a Anguciana por matón y arbitrario, más bien le dieron cobijo al escriba y le ayudaron a partir para Nicaragua, no sin antes escuchar, junto a varios vecinos de Aranjuez, unos versos que compuso glosando una estrofa de una canción popular compuesta por Juan Rodríguez del Padrón, un popular cantante de la España del pre renacimiento.

Al principio de esos versos Jiménez trataba a Anguciana de faraón y como uno de los presentes era amigo del gobernador, se fue de soplón y le dijo quiénes habían celebrado tales versos. El «faraón» se sintió ofendido y mandó a aprehender a los que escucharon y celebraron los versos del escriba.

Los castigados por burlarse del gobernador contrataron a otro escriba, Francisco Muñoz Chacón, para que los defendiera durante el proceso. Muñoz, fue muy hábil en la defensa y mandó un memorial a la audiencia de Guatemala denunciando los actos arbitrarios de Anguciana y «como los tiranos vulgares, Anguciana le tenía ojeriza a la gente de pluma» mandó a detener también al que hacía de abogado de los procesados y en un juicio exprés en 1575, lo condenó a «doscientos azotes por las calles, caballero en un rocín de albarda, y con pregón de su delito, a seis años de destierro para galeras, y en caso de que lo quebrantase a doce años al remo». Solo para que vean lo desproporcionado de la pena impuesta al escribano, en esas mismas épocas se condenaba a 8 años a galeras por una violación, y en este caso el infame gobernador lo condenaba a 6 por defender a unos hombres que habían celebrado unas décimas escritas por un fugitivo.

De nada valieron los ruegos de los hombres principales de Cartago que intercedieron por Muñoz Chacón, pues Anguciana —inflexible— hizo cumplir la condena y Muñoz Chacón fue azotado en doscientas ocasiones por las calles de Cartago por ejercer la defensa de unos pobladores cuyo único delito fue reirle una gracia a un poeta que trató de ejercer, «avant la lettre», una libertad de expresión que todavía no se veía como un derecho de los individuos.

No contento con la humillación causada a Muñoz Chacón, Anguciana elevó el caso a la audiencia de Guatemala y lo despojó de las encomiendas de indios que tenía y se las otorgó al soplón que le había avisado de los versos de Jiménez. Ya en Guatemala, Muñoz Chacón pudo defenderse y logró que revocaran todo lo actuado por el infame gobernador, aunque ya los doscientos azotes los había recibido.

Y para que vean que para sentirse ofendido solo basta que quien se cree sujeto de la ofensa, así lo sienta, les compartiré los versos que causaron tanta alharaca en el Cartago de esos años y que fueron a dar hasta la mismísima Capitanía General. No sin antes contarles que para cuando la sentencia restauradora de la honra de Muñoz Chacón vino, ya había nuevo gobernador, don Diego de Artieda y Chirinos; y Anguciana de Gamboa se había ido más pobre y sin oro, como el viejo Perafán de Rivera, su antecesor, pero dejando una fama de arbitrario y tirano para la posteridad.

Estos son los pobres versos que causaron la ira del poder de aquel momento:

«Por no ver mi perdición,
Parto desta tierra aflito,
Huyendo de Faraón,
A tierra de promisión,
dejando aquesta de Egito;
Y sin duda esta partida,
Me da pena sin compás;
Sólo de verte afligida,
Más tú, vida de mi vida,
Vive, Leda, si podrás.»

 

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