Eduardo Brenes: Diplomacia de pepinillos, sardinas y salsas

Así pasó a la historia ese, uno de los últimos episodios de la dictadura tinoquista, que mientras preparaba su salida para París con bolsas llenas de billetes, también tuvo que hacer campo en sus maletas, para unos frascos de pepinillos y unas latas de sardina y salsa, que muy amablemente le había dejado el representante de la casa comercial Morton, a quien él y los suyos casi habían convertido en cónsul estadounidense.

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Eduardo Brenes Jiménez

El 14 de junio de 1919 sucedió un hecho bastante cómico en las postrimerías de la dictadura tinoquista. Un ridículo de marca marca mayor que protagonizó el ya desesperado Federico Tinoco que preparaba su salida del país, no sin antes asegurar su exilio expoliando las ya de por sí debilitadas arcas públicas. Tal evento involucró a un agente comercial de una empresa enlatadora londinense y al servicio consular estadounidense.

Los últimos meses de la dictadura de los Tinoco fueron especialmente trágicos. El régimen se encontraba muy debilitado, la situación financiera del gobierno era apremiante, no sólo por los efectos de la Gran Guerra, que había terminado oficialmente en noviembre de 1918, sino porque desde el golpe, en 1917, los acreedores internacionales no le prestaban dinero a Costa Rica por la negativa de los gobiernos de Estados Unidos, Francia e Inglaterra en reconocer al de Tinoco. La represión militar y la persecución eran cosa de todos los días y la dirigía con especial crueldad el «hermanísimo» Joaquín Tinoco, Secretario de Guerra y jefe máximo de todo el aparato represor estatal.

En mayo de 1919, Julio Acosta García, al mando de las tropas revolucionarias, había invadido el país desde Nicaragua y se mantenía en la zona norte de Guanacaste enfrentándose con las tropas gobiernistas. Desde San José, un hiperventilado, histérico y paranoico cónsul de los Estados Unidos, Benjamin Chase —acérrimo enemigo de la dictadura— mandaba telegramas diarios al secretario de estado en funciones del presidente Wilson, Frank Lyon Polk, pidiéndole que enviara lo antes posible a los «marines» a invadir Costa Rica, mientras le pintaba un panorama esperpéntico de lo que acontecía en la nada plácida ciudad josefina de esos días. Para Chase las vidas y bienes de los estadounidenses estaban en inminente peligro y soñaba con ver entrar a los marines por la avenida central cantando la popular tonada de guerra de esos días «Its a long way to Tipperary».

Y aunque la situación, sobre todo para los opositores del gobierno, era angustiante, el cónsul Chase exageraba bastante en sus comunicados y ya había despertado sospechas en el Departamento de Estado en Washington acerca de su estabilidad mental. Por esa duda, dicho departamento había decidido mandarle ayuda al atribulado cónsul. Había girado órdenes para que el cónsul en Ciudad de Guatemala, Ezra M.Lawton, se apersonara en San José y diera una visión un poco más objetiva de lo que acontecía en tiquicia. Tinoco se entera de eso y cree que es una oportunidad de oro para hacer las paces con los estadounidenses y causar una gran impresión al nuevo cónsul y así obtener el tan ansiado reconocimiento del gobierno de EE.UU.

En el mes de junio, aparte de las constantes escaramuzas guanacastecas entre revolucionarios y gobiernistas, los estudiantes y maestros empezaron a atreverse a mostrar su descontento de forma pública. El Ministerio de Educación, a cargo en ese momento de Anastacio Alfaro, hacía listas de adeptos y opositores del régimen para purgarlos y querían obligar los del magisterio a donar parte de su sueldo para sufragar los gastos de la campaña del Guanacaste. Todo eso mientras Tinoco y los suyos se llenaban los bolsillos con lo poco que quedaba de dinero en las esquilmadas arcas públicas. El 13 de junio los maestros y estudiantes, muchísimas mujeres entre ellos, dicho sea de paso, se lanzan a las calles y en turba crean caos y desorden, y terminan quemando el Diario La Información, periódico-pasquín gobiernista.

Tinoco se asusta, recrudece la represión y por las noches, en concurridas sesiones espiritistas, consulta a su médium de cabecera, Ofelia Corrales, quien le aumenta su paranoia al decirle que un espíritu juguetón le informa que hay tres mujeres que quieren la muerte de su hermano Joaquín. Sospecha de las esposas de varios opositores encarcelados que lo odian a muerte (al parecer no eran las únicas) y paga a prostitutas citadinas para que sigan a esas señoras, posibles victimarias, durante el día y las vigilen y si pueden las insulten. Por la noche podían pasar por su pago por los servicios prestados.

En aquel ambiente lleno de rumores, golpes, encarcelamientos, el histérico Chase logra que uno de sus telegramas llegue a un barco artillado de la marina estadounidense que está apostado en Bluefields, Nicaragua y su capitán, que no conoce del histrionismo de Chase, se asusta y se imagina que en San José están a punto de crucificar a los gringos y decide, sin autorización, dirigirse a Limón con su barco «El Castine», para desembarcar cuando así se lo ordenen. Tinoco se entera de eso y urde una trama que involucra a varios encargados diplomáticos de América del Sur, para apaciguar al exaltado capitán del Castine , y así dar tiempo a que llegue el ansiado cónsul gringo que viene de Guatemala en barco y que está supuesto a llegar a Puntarenas pronto.

Alguien le informa a Tinoco que el día 14 llegará el cónsul Lawton a la perla del pacífico. Con los nervios de punta por lo acontecimientos del día anterior, un exultante Tinoco, que seguramente ve su última posibilidad de que los gringos lo acepten, manda a toda una comitiva en un tren express desde la capital hasta el puerto para que lo reciban con todos los honores. Seguramente le asignó un vagón sólo para él, ordenó lo atendieran a cuerpo de rey, lo trajeran a la capital y lo alojaran en la más lujosa de las habitaciones del mejor hotel josefino del momento, para que una vez descansado y acicalado, luego de los nada salubres calores puntarenenses, se lo llevaran al Castillo Azul, sede de la residencia presidencial, para poder hablar con él.

No hay ninguna descripción de la foto disponible.Al parecer todo se hizo tal cual lo mandó el dictador, quien impaciente, lo esperaba en su despacho, cuando se lo anunciaron. Un hombre de evidentes rasgos norteamericanos entró por la puerta acompañado, lo más seguro, por alguno de los lamebotas de rigor que forman parte de las cortes de las dictaduras. Tinoco, en perfecto inglés, que había aprendido en sus años mozos de estudio en Inglaterra, donde había conocido casualmente a su esposa «Mimita», lo saluda y le presenta sus respetos. Trata de iniciar «ipso facto» una conversación sobre la grave situación diplomática que le provoca insomnio, pero rápidamente es interrumpido el campechano gringo que le han llevado al despacho presidencial, quien le informa que él no sabe de qué le habla, que le da mucha pena, pero que él no se llama Ezra, y que menos es de apellido Lawton, sino que es un simple representante de la casa comercial inglesa de productos enlatados «C & E Morton» y que viene en viaje de negocios a traer algunas muestras de pepinillos y salsas que han tenido mucho éxito a los comerciantes locales. Tinoco, con ganas de ahorcar a alguien, lo mira estupefacto, mientras el representante comercial abre la maleta que lleva en sus manos y le pone unas latas y frascos de pepinillos, sardinas y salsas en el escritorio, justo a la par del discurso que preparaba minutos antes para presentarle al Congreso una solicitud para mantener la suspensión de garantías individuales.

Resulta que a Tinoco, ni a nadie se le había ocurrido mandar a alguien que al menos mascullara el inglés, y era tal la premura por quedar bien con el jefe, que al primer gringo que desembarcó en Puntarenas le vieron cara de cónsul y sin muchas preguntas lo recibieron con honores, seguramente lo invitaron a un ceviche en el puerto antes de montarlo en el vagón express para San José y se lo llevaron a su jefe con cara de satisfacción creyendo ser parte de un momento histórico para el país. El gringo, no se si por tonto o por taimado, se dejó agasajar tal vez creyendo que era cierta aquella leyenda de la amabilidad de los ticos. Y no fue sino hasta que puso los pepinillos y salsas en el escritorio presidencial que Tinoco y los suyos, tan dados a la pompa y el protocolo, se dieron cuenta del tremendo fiasco.

Por suerte para el régimen, en esos días no había periódicos y el cómico episodio no llegó a ser del conocimiento de nadie. Tampoco se sabe cómo le habrá ido a los funcionarios encargados de tan ridícula misión. Lo que sí se sabe es que el cónsul Lawton, avisado de la posibilidad de una empalagosa bienvenida de la dictadura, y queriendo informarse sin que fuera el régimen el que lo llevara donde quisiera, había retrasado su viaje un día y llegó de incógnito y subió a San José por sus propios medios manteniendo un perfil bajo.

Así pasó a la historia ese, uno de los últimos episodios de la dictadura tinoquista, que mientras preparaba su salida para París con bolsas llenas de billetes, también tuvo que hacer campo en sus maletas, para unos frascos de pepinillos y unas latas de sardina y salsa, que muy amablemente le había dejado el representante de la casa comercial Morton, a quien él y los suyos casi habían convertido en cónsul estadounidense.

 

 

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